Reconocen la responsabilidad patrimonial al no existir registros sobre la sedación, la monitorización ni la reanimación durante la CPRE practicada en el hospital
Un Valladolid de crímenes: el niño de La Seca que sobrevivió a 27 agujas
La estremecedora historia de José Amalio, el caso que conmocionó a la provincia de Valladolid en el invierno de 1971
Diciembre de 1971. En los pasillos fríos de la antigua clínica Onésimo Redondo de Valladolid, los médicos observaban incrédulos una radiografía imposible. Sobre el cuerpo diminuto de un bebé de apenas once meses aparecían decenas de sombras metálicas. No era un error del aparato ni una anomalía médica. Eran agujas de coser. Veintisiete. Clavadas en la cabeza, el cuello, el tórax y el abdomen de José Amalio, el niño que desde entonces sería conocido en toda España como "el niño de las agujas".
La historia comenzó en el pequeño municipio de La Seca, una localidad agrícola marcada entonces por la dureza del campo y el silencio de la España rural del tardofranquismo. El pequeño lloraba sin descanso. Vomitaba. Apenas comía. La familia lo llevó primero al médico del pueblo y después a la capital vallisoletana. Allí llegó el descubrimiento que heló a los sanitarios: varias agujas habían penetrado incluso en el cráneo del bebé y algunas rozaban el cerebro.
Los cirujanos no daban crédito. Lo lógico habría sido una hemorragia fatal o daños neurológicos irreversibles. Sin embargo, José Amalio seguía vivo. Aquel niño desnutrido y febril parecía desafiar cualquier explicación médica. Durante semanas fue sometido a delicadas intervenciones quirúrgicas para extraer, una a una, las agujas alojadas en órganos vitales y tejidos profundos. Cada operación era una carrera contra el tiempo.
La investigación judicial se abrió de inmediato bajo un estricto secreto. Los médicos tenían claro que aquellas lesiones no podían ser accidentales. Las sospechas recayeron pronto sobre el entorno familiar. Finalmente, la madre del niño confesó haber introducido las agujas de manera sistemática. En el pueblo comenzaron a circular rumores de todo tipo: brujería, rituales, locura, supersticiones. La realidad, según apuntaron después los especialistas, estaba más cerca de una grave enfermedad mental agravada por un contexto de pobreza y aislamiento.
La noticia recorrió España como un relámpago. Los periódicos nacionales enviaron reporteros a La Seca y el caso pasó a formar parte de la crónica negra más impactante del país. En una época en la que apenas se hablaba de salud mental, malos tratos infantiles o depresión posparto, la tragedia de José Amalio abrió una grieta incómoda en la conciencia colectiva.
Pero la historia no terminó en el quirófano. Contra todos los pronósticos, el niño sobrevivió. Creció arrastrando secuelas físicas y psicológicas, aunque logró rehacer su vida lejos del foco mediático. Durante décadas, en Valladolid y su provincia, el caso siguió transmitiéndose casi como una leyenda oscura, mezcla de horror y milagro.
Más de medio siglo después, el nombre de José Amalio continúa estremeciendo a quienes recuerdan aquel invierno de 1971 en el que un bebé apareció atravesado por 27 agujas y, aun así, consiguió sobrevivir. Porque a veces la realidad supera cualquier relato imaginable.
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