Mis ilusiones

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Mis ilusiones
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

Leí hace tiempo en un hermoso poema unos versos que se me quedaron grabados:

"Ahora triste comprendo que son mis ilusiones

quimeras que se alejan al acercarme yo,

y sin embargo en el tronco de mi angustiado pecho

brota cada día una nueva ilusión."

No los he olvidado. Quizá porque todos, en algún momento, hemos sentido algo parecido. Esa mezcla extraña entre lo que se aleja y lo que, pese a todo, vuelve a nacer.

Hace poco, sin darle mayor importancia, escuché un comentario al pasar. Uno de esos que no van dirigidos a nadie en concreto, pero que acaban encontrando su sitio. Venía a decir que, a cierta edad, convendría ajustar las expectativas. Ser más realista. No aspirar a determinadas cosas.

No era un reproche. Era, probablemente, un consejo. Y sin embargo, se me quedó dentro. No por lo que decía exactamente, sino por lo que activó. Porque casi sin darme cuenta, apareció esa voz que todos llevamos dentro. La que duda. La que mide. La que, en nombre del sentido común, empieza a poner límites. La que susurra: "¿de verdad?"

Y ahí entendí algo. Que no siempre hace falta que otros nos recorten las ilusiones. A veces nos bastamos nosotros mismos, nos anticipamos, nos frenamos y nos explicamos, con argumentos razonables, por qué no merece la pena intentar según qué cosas. Con lógica impecable. Con ese realismo que parece sensato y que, en el fondo, se parece demasiado a la renuncia.

No deja de ser llamativo. Porque esa forma de pensar no es solo nuestra. La vemos constantemente. En padres que, con la mejor intención, invitan a sus hijos a no arriesgar. En amigos que recomiendan prudencia. En compañeros que ajustan expectativas.

Siempre con buena voluntad. Siempre desde el cuidado. Pero con un efecto parecido: el de estrechar el horizonte. El de decir, sin decirlo, hasta dónde es razonable llegar. Y no hay derecho a eso. Ni cuando viene de fuera ni cuando nace de dentro.

Porque las ilusiones no son un pronóstico, no son una garantía de éxito. Son el motor. Lo que nos empuja a empezar, a probar, a equivocarnos y, pese a todo, a seguir. Son también una forma de estar en la vida, de no conformarse del todo, de no dar por cerrado lo que todavía puede abrirse, de seguir mirando un poco más allá de lo inmediato, incluso cuando lo razonable invitaría a no hacerlo.

Y eso no tiene edad, ni calendario, ni fecha de caducidad.

Las ilusiones cambian, claro. Se transforman. Se vuelven más discretas, quizá. Más íntimas. Menos ruidosas. Pero no desaparecen. O no deberían. Porque cuando desaparecen del todo, algo importante se apaga. Y eso sí que no tiene remedio.

Por eso conviene tener cuidado. No solo con las propias. También con las de los demás. Y sobre todo con esa voz interior que, a veces, pretende convencernos de que ya no toca. De que ya es tarde. De que ya no.

Porque quizá lo único que realmente no toca... es dejar de intentarlo.

Por cierto, el poema que da pie a esta columna lo escribió mi abuelo materno en abril de 1927. Quizá por eso entiendo tan bien que, incluso cuando una ilusión se aleja, siempre merece la pena dejar que nazca otra.

Pedro Berbel Hernández

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