Volver a ser de derechas
La democracia necesita una derecha intelectualmente sólida para funcionar. No es una afirmación generosa sino una constatación democrática: un sistema político en el que solo uno de los dos grandes proyectos tiene densidad intelectual y proyecto cultural propio es un sistema que tarde o temprano se desequilibra. Lo que tenemos hoy en España y en buena parte de Europa no es una derecha fuerte: es una derecha que ha cambiado el proyecto por la crispación y las ideas por la destrucción del adversario. Y eso es un problema para todos, empezando por quienes la votan.
La tradición conservadora europea no siempre fue lo que es hoy. Su fundador intelectual más influyente, Edmund Burke, no defendía la tradición por inercia sino como depósito de sabiduría acumulada que ninguna generación tiene derecho a dilapidar en nombre de la novedad o del rédito electoral. Esa tradición produjo intelectuales, instituciones y una visión del mundo capaz de dialogar con sus adversarios desde posiciones propias y bien fundamentadas. La democracia cristiana europea de posguerra, con todas sus limitaciones, fue capaz de construir estados del bienestar, defender libertades y sostener un proyecto civilizatorio compartido. Burke no era un agitador: era un constructor. Lo que resulta difícil hoy no es entender su legado sino encontrar a alguien en la derecha actual dispuesto a reclamarlo.
Existe una distinción que el pensamiento liberal conservador europeo estableció con precisión y que la derecha actual ha decidido ignorar: la diferencia entre el conservadurismo auténtico y la derecha reactiva. Raymond Aron, que dedicó su obra a trazar esa frontera, lo formuló con claridad: una derecha que renuncia al pensamiento para instalarse en el resentimiento no conserva nada. El conservadurismo auténtico conserva algo: un orden, unos valores, una visión de la convivencia que merece ser defendida con argumentos. La derecha reactiva destruye, crispación mediante, el espacio común en el que la política democrática es posible. Es lo que Aron llamaba la tentación de la antipolítica, y es exactamente lo que estamos viendo.

La democracia liberal no es patrimonio de ninguna familia política sino el marco dentro del cual todas pueden competir sin destruirse mutuamente. Esa es la tesis central de Karl Popper, y su vigencia es hoy más urgente que cuando la formuló. Una derecha que instrumentaliza las instituciones, que convierte la oposición en obstrucción sistemática y que confunde la victoria electoral con el derecho a redefinir las reglas del juego no está ejerciendo política conservadora: está erosionando los fundamentos sobre los que cualquier proyecto político, incluido el suyo, puede sostenerse. La sociedad abierta no se defiende sola; requiere que quienes compiten dentro de ella la valoren más que la victoria coyuntural.
Conservar y destruir no son lo mismo: una derecha que confunde la crispación con la firmeza y el miedo con la convicción no está defendiendo a sus votantes ni a sus ideas. Está confesando, ante quienes la votan y ante quienes la combaten, que ha dejado de tener las dos cosas. La derecha democrática construyó su mejor argumento sobre una idea que Isaiah Berlin definió con precisión quirúrgica: el Estado no debe invadir la esfera individual, y las instituciones existen para proteger esa esfera, no para colonizarla. Es una idea poderosa y legítima. Pero una derecha que utiliza el lenguaje de la libertad para proteger privilegios, que invoca las instituciones cuando le convienen y las erosiona cuando no, y que convierte la libertad individual en coartada para desmantelar los bienes comunes, no está defendiendo a Berlin: lo está traicionando. Y esa traición tiene un coste democrático que va mucho más allá de la coherencia ideológica.
Una democracia sana necesita una izquierda con proyecto y una derecha con proyecto. Necesita que ambas compitan desde posiciones intelectualmente fundadas, que se interpelen mutuamente con argumentos y que reconozcan en el adversario un interlocutor legítimo antes que un enemigo a destruir. La derecha que aquí se reivindica no es la derecha existente sino la derecha posible: la que recupera a Burke sin fundamentalismo, a Aron sin nostalgia, a Popper sin ingenuidad, a Berlin sin hipocresía. Pero hay algo que ninguna referencia intelectual puede sustituir: la decisión de mirar a los propios votantes a los ojos y decirles la verdad, aunque esa verdad no quepa en un titular ni genere adhesión inmediata.
La reciente defensa de la "prioridad nacional" por parte de las derechas españolas -la idea de que los derechos y el acceso a los servicios públicos deben ordenarse según el origen de quien los reclama- es exactamente la dirección contraria a todo lo que Burke, Aron, Popper y Berlin defendieron. No es conservadurismo: es la negación de los fundamentos sobre los que se construyó la tradición que dicen representar. Una derecha que gobierna con miedo, que opone en lugar de proponer y que confunde la crispación con la firmeza no está sirviendo a quienes la votan: los está utilizando. Volver a ser de derechas, en el único sentido que importa, exige reconocerlo.
NOTA. Como complemento de esta lectura aconsejo la lectura de mi anterior artículo en TRIBUNA.








