Volver a ser de izquierdas

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Volver a ser de izquierdas
Política.
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.

Salvo en algunas cuestiones de política exterior y social, cada vez son más quienes observan en la izquierda contemporánea un patrón difícil de ignorar: el de una fuerza política que imita gestos, ocupa espacios y asume símbolos de su adversario creyendo que eso es pragmatismo. No lo es. Es la confesión de haber perdido la confianza en sus ideas más exigentes, en aquellas que invitan a pensar, que interpelan, que no caben en una foto. Esa confesión, repetida y amplificada en cada decisión de representación pública, es el diagnóstico más preciso del estado actual de la izquierda española y europea. Comprender cómo se llegó hasta aquí es tan urgente como entender adónde conduce.

La izquierda europea tuvo durante gran parte del siglo XX una relación orgánica con la cultura, el pensamiento crítico y la construcción de un proyecto civilizatorio propio. La socialdemocracia y las tradiciones de izquierda no solo gestionaban el Estado: producían intelectuales, instituciones, marcos simbólicos y una visión del mundo capaz de interpelar a quienes estaban más allá del núcleo militante. Esa relación empezó a erosionarse con la derrota ideológica que siguió al colapso del socialismo real y se aceleró con la hegemonía del pensamiento único neoliberal en los años noventa. La izquierda que emergió de ese proceso no era más pragmática ni más eficaz: era más insegura. Y la inseguridad ideológica, en política, siempre busca refugio en el aislamiento y en el gesto del adversario.

La derecha ha entendido desde hace décadas algo que la izquierda se resiste a asumir: la política es antes que nada una batalla cultural, y las batallas culturales se ganan construyendo hegemonía simbólica con consciencia y constancia. Antonio Gramsci, el pensador político italiano cuya obra sigue siendo la referencia más lúcida sobre cultura y poder, lo formuló con precisión: la hegemonía no se conquista por la fuerza sino por la capacidad de hacer que los propios valores, marcos y símbolos se conviertan en sentido común compartido. Lo que observamos en la derecha española y europea es exactamente esa lección aplicada con cierta eficacia: el uso de símbolos religiosos, tradiciones y rituales colectivos no necesariamente como expresión de una fe genuina sino como instrumentos de cohesión identitaria y de ocupación del espacio público. Es una estrategia consciente, sostenida en el tiempo y culturalmente productiva. Y ha funcionado precisamente porque la izquierda ha renunciado a construir la suya.

El mimetismo no es una táctica: es un síntoma. Una izquierda que ha abandonado la convicción en nombre de la responsabilidad electoral y que, al hacerlo, ha perdido las dos. El cálculo implícito, si ocupo los espacios simbólicos del adversario, quizás conquiste a quienes de otro modo no me considerarían, no ha funcionado. Los electores conservadores no han migrado, y los electores propios han percibido con desconfianza creciente la distancia entre lo que sus representantes dicen ser y lo que demuestran ser en cada decisión de representación pública.

Chantal Mouffe, filósofa política belga y una de las pensadoras más influyentes en la renovación de la teoría democrática, ha argumentado que sin antagonismo no hay política real, solo administración del consenso. Una izquierda que renuncia a nombrar con claridad su diferencia frente al adversario no está siendo más inteligente ni más inclusiva: está dejando de ser izquierda en el único sentido que importa, el sentido práctico. No el de las etiquetas sino el de las decisiones, los símbolos y los marcos desde los que se interpreta la realidad. Y cuando esos marcos se abandonan, el espacio no queda neutral: lo ocupa quien tiene la disciplina de mantener los suyos.

Stuart Hall, teórico cultural británico, demostró que la identidad política no se declara: se construye o se destruye en cada decisión cotidiana. Un partido que elige siempre el gesto seguro sobre el arriesgado no está siendo prudente: está dejando de ser lo que dice ser. Y una izquierda que pierde su identidad no solo pierde votos: deja sin representación a quienes no se reconocen en la derecha pero tampoco encuentran ya en ella un lugar desde el que pensar y actuar. Ese vacío lo ocupa siempre el populismo, la desafección o la derecha más radical.

La derecha no necesita que la izquierda la imite: necesita que siga haciéndolo. Cada gesto de mimetismo que se observa es una victoria simbólica del adversario, una confirmación de que su marco cultural es el único legítimo y que cualquier proyecto político serio debe transitar por él. La izquierda no necesita conquistar los espacios ajenos: necesita tener el valor intelectual de construir los propios con suficiente solidez y convicción para que resulten atractivos más allá del núcleo ya convencido. Una política laica, culturalmente exigente y dispuesta a defender lo arriesgado frente a lo consolidado no es un lujo ideológico: es la única forma de construir una alternativa real.

La Global Progressive Mobilisation que estos días reunió en Barcelona a la izquierda mundial sitúa la cultura como frente ideológico y pilar democrático. Es exactamente el diagnóstico correcto. Ahora falta el paso más difícil y necesario: que esas reflexiones desciendan de la cumbre global a los ayuntamientos, las comunidades autónomas y los centros culturales donde la política se convierte en realidad cotidiana. Si Barcelona sirve para eso, habrá valido la pena.

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