De Valladolid al cielo

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De Valladolid al cielo
El autor esJavier Calles-Hourclé
Javier Calles-Hourclé
Lectura estimada: 2 min.

Lo fascinante de ir conociendo los secretos de Valladolid de a poco es que siempre hay algo nuevo por descubrir. Esta ciudad atesora historia y cultura como para darse un banquete, y hace algunos días tuve el privilegio de disfrutar de una muestra de ello. Lo que ocurrió en la iglesia de San Pablo podría describirse como la convergencia entre lo antiguo y lo moderno, lo religioso y lo artístico, la tradición y la innovación; todo resumido en un concierto extraordinario.

La excusa -aunque la música nunca la necesite-, o la ocasión que impulsó el evento, fue proporcionada por la suma de varios centenares de años de historia y de tradición religiosa: la conmemoración del 425º aniversario de la primera procesión documentada de la talla de Jesús Nazareno en Valladolid y los 350 años de su actual iglesia. Pero la dimensión de la propia ópera religiosa, La Pasión de Jesús Nazareno, habría bastado.

La obra fue compuesta por el vallisoletano Ernesto Monsalve, mago y dueño de la batuta, que dirigió la representación con la potencia que la ocasión requería. Y los detalles técnicos son sobrecogedores: más de doscientos intérpretes poblaron el ábside, incluidos los coros de la CLA Pepe Eizaga (La Rioja), Sacro Jerónimo Aguado (Zamora), Aumisán (Valladolid) y Cónclave (Madrid); la Joven Orquesta Sinfónica de Valladolid; el contratenor Olivier Benoit (San Juan); el tenor Alain Damas (Jesús Nazareno); el barítono David Gascón (San Pedro y Poncio Pilatos); y la soprano Aurora Peña (criada de Caifás y Virgen María).

Como si la calidad artística no hubiese sido suficiente, la elección de San Pablo como escenario, la talla de Jesús Nazareno, la utilización de recursos audiovisuales mediante videomapping y la posterior procesión de Sábado Santo por -si no lo escribo, reviento- la vieja capital imperial hicieron que la solemnidad del evento no renunciara a la espectacularidad que la magnitud de la obra merecía. Y si la ofrenda fue generosa, la retribución del público le hizo justicia: un aplauso sostenido, intenso y sincero que repicó en las rejuvenecidas piedras de la iglesia.

Pero ¿saben una cosa? Lo que me parece realmente emotivo fue la respuesta de los vallisoletanos: que un hecho artístico y cultural haya sido capaz de cruzar las fronteras de la fe, atrayendo a creyentes y no creyentes para rendir homenaje a su historia; que la belleza de la música y de las voces haya sorteado la distancia del latín, transmitiendo tristeza y regocijo a los presentes; y que en San Pablo no cupiera un alma.

Tal vez haya sido porque la Semana Santa de Valladolid sea patrimonio de sus calles, iglesias, museos y bares; porque viva en todos y cada uno de sus vecinos; porque, simplemente, esta especie que constituyen los vallisoletanos esconda, bajo su discreción, un fuerte apego por sus costumbres que los hace ser tan suyos; o porque, para ellos, no haya tanta distancia de Valladolid al cielo.

X, Ig: @javcalles

Canal: @ReflexionesDeCafeOk

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