30/05/2026
Maitechu mía
Foto: Gabriela Torregrosa
Lectura estimada: 8 min.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, muchos jóvenes de áreas del norte de España con salida al mar zarparon a hacer las Américas, espoleados por la pobreza y con los bolsillos llenos de sueños y determinación. Solo una minoría lograría retornar a su tierra natal, años después, convertidos en ricos 'indianos', para construirse palacetes y desarrollar una obra social que dio prosperidad a su gente. La mayoría, sin embargo, vieron sus ilusiones juveniles truncadas, por un motivo u otro.
Ese es el caso de la historia que relata una de las canciones más conmovedoras que se hayan escrito en el siglo XX español, 'Maitechu mía', curiosamente nacida de una apuesta. Y que, a pesar de recrear personajes y elementos vascos, surgió de dos autores oriundos de otros lugares.
Francisco Alonso López era un maravilloso músico granadino aficionado al mar, que solía veranear con su familia en la localidad guipuzcoana de Fuenterrabía, donde alquilaba una casa llamada Villa Etxola, cuyo equivalente castellano es choza o cabaña. En 1927, su amigo el alcalde de Zarauz le retó a componer una canción tradicional vasca. El maestro aceptó y pidió a uno de sus colaboradores, el madrileño Emilio González del Castillo, que en ocasiones pasaba sus vacaciones estivales allí, redactarle una letra de ambiente vasco. Una vez se la proporcionó, Francisco Alonso se sentó ante el piano y en apenas una hora dio forma a esta magnífica canción, que está a punto de cumplir un siglo.
'Maitechu mía' es un zorcico, cuyo ritmo sigue una métrica de 5 x 8, pues zortzi en vasco es ocho. El título emplea la palabra en euskera maitetxu, que consta de 'maite', que significa amada, y el diminutivo cariñoso '-txu', de modo que 'maitechu mía' equivaldría a amor mío. No tiene relación con el hipocorístico Maite, proveniente de María Teresa, una asociación natural para castellanohablantes.
El suceso que se narra musicalizado, en primera persona, es el de un muchacho que abandona el País Vasco para tratar de obtener fortuna más allá del océano, dejando en su población natal a una novia desconsolada, de la que no se aporta el nombre, y a quien se dirige con el vocativo 'maitechu mía'. Le promete volver enriquecido años después y desposarla. Y, aunque cumple su palabra, y regresa dueño de una cómoda posición económica, a su llegada al pueblo le aguarda la infausta noticia de que su enamorada ha muerto en su ausencia. El indiano comprende que ha fracasado su proyecto vital ("el oro conseguí, pero el amor perdí", razona), y concluye su alocución afirmando "No he de vivir sin ti", frase que se ha interpretado como indicativa de que alberga ideas suicidas. Además de la expresión 'maitechu', en el texto hay otros dos detalles característicos vascos: la alusión al caserío donde ella moraba, y el emigrante doliéndose de que ya no volverá cantarle zorcicos.

La primera edición de la partitura, para tenor y piano, fue publicada por Faustino Fuentes en Madrid, hacia 1930. Se han realizado muchas grabaciones de la canción, comenzando ese año por la de Juan García para la discográfica Parlophon, y existiendo otra de 1931 con voz de Marcos Redondo acompañado de orquesta, para Odeón. En algunas grabaciones, con el paso de los años, se altera la letra y se asignan los primeros versos a un narrador, en vez de al protagonista, pronunciándose en tercera persona. Una versión muy famosa es la de Alfredo Kraus en 1959, ya fallecido el autor.
Francisco Alonso, en el momento de la composición de 'Maitechu mía', ya gozaba de celebridad en España. Había nacido en Granada en 1887, en una familia proclive a la música: su padre tocaba la guitarra, su madre y su hermana el piano, y un hermano, el acordeón. Por deseo paterno, inició estudios de medicina, pero pronto los abandonó al sentir que no era su vocación. "Entre matar a mis pacientes o dejarlos sordos, prefería esto último", escribió.
Desde muy joven empezó a componer y mostró un inagotable talento, ganando con solo 16 años la plaza de director del orfeón y la banda de música de los obreros de El Fargue, la fábrica militar de pólvora de Granada.
Tras morir en 1905 su madre y en 1908 su padre, en 1911 se decidió a mudarse a Madrid para intentar hacer carrera en el teatro lírico, portando sus ahorros de 600 pesetas.
Su primer gran éxito lo cosechó con la revista Las Corsarias, estrenada el 31 de octubre de 1919 en el Teatro Martín de la capital, con libro de Enrique Paradas y Joaquín Jiménez, y que acumuló más de 1.000 representaciones consecutivas en Madrid y más de 3.000 en Buenos Aires. En Valencia, ocupó la cartelera de dos teatros a la vez.

Dentro de la revista se encuentra el pasodoble de la bandera, conocido como 'Banderita', que conquistó el estatus de fenómeno social: se escucharía en calles y cafés y hasta Alfonso XIII confesaría que lo cantaba al afeitarse. Le valdrá al compositor la concesión de la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII, que llevaba anejo el tratamiento de Excelencia. La canción hace referencia a la bandera de pequeñas dimensiones que cada soldado llevaba en su mochila, con la que se cubría a quienes morían en combate, de ahí la letra: "El día que yo me muera, si estoy lejos de mi Patria, sólo quiero que me cubran con la Bandera de España".
En el verano de 1921, en Marruecos ocurre el desastre de Annual y la masacre de Monte Arruit. En este contexto, el pasodoble 'Banderita' se convirtió en un himno y fue la marcha tocada en las despedidas a las tropas que partían para Marruecos. Hoy, aún ayuda a marcar el paso en desfiles.
El maestro Alonso contrae matrimonio en 1920 con la almeriense de Berja Julia de la Joya Redondo, con quien tiene cinco hijos: en 1921 Julia, en 1922 Pilar, en 1925 María de Gádor, en 1927 Francisco y en 1937, María del Carmen.
En 1928 alumbra la zarzuela La Parranda, cuya primera función tuvo lugar en el madrileño Teatro Calderón. Su estribillo "Murcia, qué hermosa eres", del 'Canto a Murcia', se ha elevado hasta el día de hoy a la categoría de emblema de esa tierra.
En 1929 dirigió en Sevilla la interpretación del Himno de la Exposición Iberoamericana compuesto por él, acto que contó con la asistencia de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia y del Gobierno.

Alonso fue un precursor de la moda del llamado 'género frívolo' que triunfó en España durante los felices años veinte, lo que se definía como "humorada cómico-lírica". En 1931, estrena en el Teatro Pavón de Madrid Las Leandras, una revista en dos actos, con libreto de Emilio González del Castillo y José Muñoz Román, que contiene dos célebres piezas que aún permanecen en la memoria popular española: el pasacalle 'Los nardos', sobre la florista de la calle de Alcalá "con la falda almidoná" que lleva estas flores apoyadas en la cadera, y el chotis 'El Pichi', "el chulo que castiga", creaciones concebidas para la gran vedette Celia Gámez. Fue un éxito arrollador que alcanzó 1.800 representaciones sucesivas.
También Alonso fue uno de los pioneros en escribir bandas sonoras para películas en España. En 1932, en los albores del cine sonoro, funda en Madrid, junto a figuras tan relevantes como Carlos Arniches, Jacinto Guerrero, los Álvarez Quintero, Eduardo Marquina o Juan Ignacio Luca de Tena, los estudios Cinematografía Española Americana (CEA), que continuarían su actividad hasta 1966. Ese mismo año de 1932, el maestro se hace construir su casa de estilo andaluz 'El Carmen' en San Lorenzo de El Escorial, en la ladera del monte Abantos, con planos del arquitecto Joaquín Otamendi. Da una idea de su descomunal éxito el dato de que en 1932 llegó a ganar 273.108 pesetas en derechos de autor.
Fue director artístico del Teatro Novedades de Madrid. Vinculado durante años a la Sociedad General de Autores de España (SGAE) en calidad de tesorero y vicepresidente, llegó a presidirla el año de su muerte (1947-1948), siendo el primer compositor en desempeñar esa responsabilidad.
Su prestigio y fama fueron en aumento a lo largo de su vida, llegando a tener en 1947 simultáneamente cinco títulos en cartel. Su última premier, el 30 de abril de 1948, fue el musical A La Habana me voy, en el Teatro Albéniz de Madrid. El 18 de mayo de 1948, a las 10 de la mañana, moría de un ataque al corazón en su domicilio madrileño de la calle Sagasta, número 30. Ese día en los escenarios se representaban tres obras suyas y se estaba ensayando Un pitillo y mi mujer, que subiría el telón del Teatro Fuencarral de la capital solo dos días después de su fallecimiento. Tres jornadas antes de su deceso, concluía la postrera obra salida de su pluma, el pasodoble del sainete Cayetana, la rumbosa, que lograría llevarse a las tablas en el teatro Calderón en 1951 gracias al empeño de su viuda.
Al día siguiente al de su muerte, por la tarde, partía el multitudinario cortejo fúnebre de su residencia, que recorrería las calles madrileñas, encabezado por el ministro de Educación Nacional, José Ibáñez Martín, y el alcalde de Madrid, José Moreno Torres. Hicieron una parada ante el Teatro de la Zarzuela, donde la Banda Municipal interpretó algunas de sus partituras más icónicas. Fue enterrado en el cementerio de La Almudena. Su mujer le acompañaría en esa última morada 10 años después. Sobre el mausoleo familiar, un precioso ángel de mármol blanco toca una lira.

Poco después de la desaparición del artista, el 20 de septiembre de 1948, vecinos de San Lorenzo de El Escorial sufragaron por suscripción popular una placa que descubrió su hija pequeña, Carmen, a la sazón de 11 años, en la pared de su jardín, con el rostro del artífice, del escultor José María Palma Burgos. Se nombró la vía en cuyo número 22 se encuentra el inmueble como Paseo del Maestro Alonso.
Obtuvo éxitos incontestables con su magno corpus de 881 obras que comprende, además de los géneros mencionados, música sinfónica, opereta, comedia musical, cuplés y hasta música cofrade, habiéndosele apodado 'rey del pasodoble'. Logró materializar su deseo de que, al salir del teatro, el público cantara y bailara sus melodías, alegres y pegadizas. Su popularidad fue tal, que se le dedicaron vitolas de puros y sellos de correos. Se le dispensaron numerosos tributos: designado en 1922 hijo predilecto de Granada, se bautizaron calles en su honor en variopintos rincones de la geografía nacional como Madrid, Granada, Alicante, Málaga, Murcia, Castellón, Salamanca, Andújar (Jaén) o Requena (Valencia).
En 1987, con motivo del centenario de su nacimiento, recibió homenajes en los lugares a los que más ligado estuvo: organizaron sendos conciertos conmemorativos los teatros Manuel de Falla en Granada y de la Zarzuela en Madrid, este con la Orquesta Sinfónica madrileña. La SGAE puso una placa en su casa de la capital, y el Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial le concedió la Medalla de Plata del Real Sitio. Daría también su nombre a la Escuela Municipal de Música y Danza del Centro Cultural Matadero en noviembre de 2001.
Costeado por familia y amigos, el Ayuntamiento de Madrid inauguró el 3 de junio de 1987 su busto, del autor José Luís Parés Parra, en la confluencia de las calles Alcalá y Sevilla; instalado allí por evocar a la florista de su obra Las Leandras que iba por la calle de Alcalá, mención inscrita en el monolito.
En Granada, el Paseo del Salón en que vino al mundo lo recuerda con una lápida en mármol blanco, y en 2014 se denomina Teatro municipal Maestro Francisco Alonso al antiguo salón de actos de Beiro.
Poco antes de cumplirse el centenario del natalicio del creador, en 1983, Mocedades y Plácido Domingo realizaron un dueto de 'Maitechu mía' que gozó de enorme repercusión, demostrando que los clásicos de calidad siempre están vivos y de moda, por mucho tiempo que transcurra.
Fotografías actuales: Gabriela Torregrosa
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