¿Ya no necesitamos la clase media?
Las democracias modernas se construyeron sobre un supuesto casi invisible: que el futuro era un bien común. No en el sentido romántico de la utopía, sino en el sentido práctico y material de que existía un estrato social lo suficientemente amplio y lo suficientemente estable como para proyectarlo, habitarlo y disputarlo colectivamente. Hoy ese supuesto se ha roto. Y la ruptura no es, como a veces se dice, que el futuro haya desaparecido. Es algo más inquietante: que sigue existiendo, pero ha dejado de pertenecernos.
Como el agua, como la sanidad, como la educación, como el espacio urbano, el horizonte ha pasado a manos de quienes pueden pagarlo. Las grandes plataformas tecnológicas, los fondos de inversión que controlan el mercado inmobiliario, los grupos tecnológicos que anticipan y modelan comportamientos mediante algoritmos: todos ellos operan desde el futuro. Lo construyen, lo diseñan, lo venden a plazos. La desigualdad que produce ese proceso no es sólo económica. Es una desigualdad de acceso al tiempo: quienes acumulan capital acumulan también horizonte, capacidad de anticipación, poder de diseño. Quienes no acumulan capital gestionan la urgencia. Y la urgencia, por definición, no deja margen para proyectar.
Lo que ha ocurrido en las últimas décadas no es un accidente ni el resultado inevitable del progreso. Branko Milanović, economista especializado en desigualdad global, documentó con precisión cómo la promesa de la globalización se transformó en divergencia interna: mientras el uno por ciento más rico acumulaba una riqueza creciente, amplios sectores de Europa y Estados Unidos experimentaban estancamiento salarial y pérdida de poder adquisitivo. Pero el dato más revelador no es la brecha de renta. Es la brecha de horizonte: unos diseñan el futuro, otros lo reciben como condición dada, como entorno que no eligieron y que no pueden modificar.
Guy Standing, economista británico, denomina "precariado" a quienes quedan atrapados en ese sistema: una clase definida por la inseguridad constante y la ausencia de identidad colectiva. Pero el precariado no es sólo una categoría laboral. Es una categoría temporal: son quienes han sido expropiados del futuro como recurso. Y esa expropiación tiene una consecuencia que la economía no mide: sin horizonte propio, sin la experiencia de que lo que uno construye hoy tendrá valor mañana, la identidad se fragmenta. No cabe relato de vida posible cuando el mes siguiente es incierto. No hay proyecto colectivo cuando la mayoría percibe que el sistema no fue diseñado para ella sino a pesar de ella.
La clase media no era sólo un escalón entre la pobreza y la riqueza. Era la infraestructura social que hacía posible otra relación con el tiempo: el tiempo libre para pensar más allá de la supervivencia, la seguridad suficiente para sostener un proyecto, la capacidad de imaginar que el esfuerzo tendría recompensa diferida. Cuando esa infraestructura se destruye, algo tiene que ocupar su lugar. Y lo que la ocupa es más sofisticado y más difícil de combatir que la pobreza: es la falsa felicidad como sustituto del bienestar.

No es lo mismo. El estado de bienestar garantizaba condiciones materiales colectivas -sanidad, educación, vivienda, tiempo-. La falsa felicidad que lo reemplaza es individual, portátil y vendible. Sostiene que el problema no es estructural sino tuyo: que te falta resiliencia, propósito, mentalidad de crecimiento. Convierte la precariedad en oportunidad de desarrollo personal. Ofrece bienestar interiorizado donde antes había derechos garantizados. Y mientras lo consumes no disputas lo que perdiste. La expropiación del futuro se vuelve invisible porque se ha llenado de presente emocional. Es el mecanismo más eficaz del sistema: no suprime la aspiración, la privatiza.
Cartier-Bresson llamó instante decisivo al breve momento en que la realidad se ordena en sentido. La clase media fue ese instante en la historia de la democracia moderna: el equilibrio fugaz en que las condiciones materiales y la promesa política coincidieron. No lo reconocimos hasta que pasó. Pero hay un segundo instante, todavía abierto: el momento en que uno distingue con claridad la felicidad que le venden del bienestar que le quitaron. Ese instante no dura. Y si se cierra sin que actuemos, también se habrá perdido.
Franco Berardi, filósofo y teórico cultural italiano, habla del fin del futuro para describir la erosión de nuestra capacidad colectiva de imaginar alternativas. Tiene razón en el diagnóstico, pero la causa que señala -la aceleración tecnológica, la saturación informativa- es sólo la superficie. El fondo es la expropiación consentida. No es que ya no sepamos imaginar: es que hemos sido sistemáticamente despojados de las condiciones materiales que hacen posible la imaginación, y nos han dado a cambio un sucedáneo emocional lo suficientemente convincente como para no echar en falta lo que nos falta. La hegemonía no opera ya sólo sobre los contenidos del pensamiento. Opera sobre el deseo de pensar.
La pregunta que titula esta tribuna no es retórica. Hay quienes han respondido implícitamente que no: que una sociedad puede funcionar con una minoría que diseña el futuro y una mayoría que lo consume a plazos emocionales. Que la estabilidad compartida fue un paréntesis histórico, no una conquista. Que la democracia puede sobrevivir sin el sustrato que la hizo posible. Esa respuesta es, también, una elección política. Y conviene nombrarla como tal, porque nombrarla es el primer acto de resistencia frente a ella.
Lo que está en juego no es la nostalgia por una clase media que fue. Es algo más preciso y más urgente: la exigencia de que el futuro vuelva a ser un bien disputado colectivamente. Eso requiere políticas concretas __EMDASH__redistribución del tiempo, fiscalidad sobre la concentración de capital, servicios públicos que devuelvan horizonte donde hoy sólo hay gestión de la urgencia__EMDASH__. Pero requiere algo previo y más difícil: capturar el instante en que todavía es posible distinguir la felicidad que nos venden del bienestar que nos quitaron. Son cosas distintas. Y mientras no las distingamos, seguiremos comprando a plazos lo que una vez fue nuestro.








