El tsunami de azúcar que asoló Boston
Pocas cosas dulces a lo largo de la historia resultaron tan amargas como el tsunami provocado por una oleada de melaza, que sembró el pánico en la ciudad norteamericana de Boston hace algo más de 100 años, y cuya memoria aún sigue latente en el lugar.
La melaza es el líquido, espeso y oscuro, que resta como residuo en el proceso de elaboración del azúcar. ¿Cómo pudo algo aparentemente tan inocente desencadenar una auténtica pesadilla?
En 1915, la compañía Purity Distilling, filial de United States Industrial Alcohol (USIA), había erigido un enorme tanque de 15 metros de altura y 27 de diámetro, con capacidad para almacenar cerca de 9 millones de litros de melaza. Estaba ubicado en el 529 de Commercial Street, en el área llamada North End de Boston, Massachusetts, en su paseo marítimo, colindante a las vías del ferrocarril elevado. Era un barrio obrero densamente poblado, en su mayoría por familias inmigrantes italianas y algunas irlandesas, que habitaban pequeñas viviendas.
La melaza, procedente del Caribe, llegaba en barcos, se canalizaba desde el muelle de Copps Hill hasta el tanque a través de 67 metros de tuberías y quedaba depositada hasta ser enviada a la planta de la vecina ciudad de Cambridge para su tratamiento. Era el edulcorante más habitual en Estados Unidos. Además, se fermentaba en etanol para usos industriales como fabricación de bebidas alcohólicas, munición y armamento. Resultaba especialmente rentable entonces porque, al estallar en 1914 la Primera Guerra Mundial, la demanda de productos bélicos aumentó exponencialmente.
Eso motivó que en 1915 aflorase un ciclópeo tanque de acero construido en tiempo récord y puesto en funcionamiento de forma inminente, sin inspección previa. Nunca se probó su resistencia, ni siquiera con agua. Desde el principio, residentes de la zona alertaron de que en sus paredes se habían abierto grietas de las que escapaba parte del fluído, y crujía cada vez que lo rellenaban. Pero más de la mitad de los extranjeros afincados en North End carecían de ciudadanía legal y no fueron tenidos en cuenta. Como única solución, la empresa pintó el contenedor azul de color marrón para disimular las fugas. Los niños de las inmediaciones solían allegarse con envases para recoger algo del sirope derramado y alegrar su humilde dieta.
Al concluir la Gran Guerra en noviembre de 1918, la necesidad de melaza descendió drásticamente. Sin embargo, como los Estados de Norteamérica se disponían a ratificar la XVIII enmienda de la Constitución que vetaba la producción de alcohol y sería promulgada un año después, en enero de 1920, Purity se apresuró en utilizar sus ingentes existencias de melaza para manufacturar ron y venderlo antes de entrar en vigor la Ley Volstead, que se conocería como "Prohibición" o "Ley Seca", ya que se esperaba que en los próximos meses mucha gente hiciera un acopio extraordinario de la mercancía para abastecerse de cara a los tiempos de escasez. La regulación estaría vigente un largo período, hasta su abolición en 1933.
Alrededor del mediodía del 15 de enero de 1919, cuando North End, aprovechando las temperaturas más benignas que las usuales del duro invierno de Boston, bullía de viandantes y trabajadores que salían a almorzar durante su descanso, se oyó un horrible estruendo. El inmenso tanque había cedido, desbordando una gigantesca ola de melaza, pues se hallaba repleto hasta el borde al recibir dos días antes un cargamento del barco Miliero, llegado desde Cuba. El producto almacenado podía llenar tres piscinas olímpicas.
La onda descontrolada, de 5 a 12 metros de altura y 49 metros de ancho, cambiante según avanzaba, atravesó North End a una velocidad de 56 kilómetros por hora y anegó las dos manzanas circundantes, desprendiendo con su fuerza irrefrenable el puente ferroviario elevado que bajaba por Commercial Street y haciendo descarrilar un tren. A su paso, dejó un reguero de desolación: demolió seis edificios, apisonó casas de madera, derribó la estación de bomberos de ladrillo, dañó automóviles y causó la muerte a personas y animales.
Un testigo describió "una enorme pared de líquido espeso y oscuro que ennegreció el cielo y extinguió la luz del día". Boston sufría uno de los mayores desastres de su historia reciente, que pasaría a la posteridad con el nombre de "La Gran Inundación de Melaza".

Efectivos del Departamento de Policía de Boston, los 116 cadetes del buque escuela de la Armada USS Nantucket atracado en las cercanías, la Cruz Roja y el Ejército acudieron de inmediato al lugar, esperándoles una escena dantesca. Si un rescatista permanecía quieto un minuto, se quedaba adherido al suelo. Los bomberos tuvieron que tender sus escalas horizontalmente sobre el suelo para poder caminar sobre ellas. Durante meses, objetos como pomos, auriculares, barandillas o asientos de transportes, continuaron pegajosos. Las aguas del puerto de Boston conservaron un tono marrón hasta el verano.
Aunque la inundación cesó en cinco minutos, acabó con la vida de 21 personas e hirió a otras 150. La mayoría de fallecidos eran obreros, herreros, estibadores y conductores que trabajaban en una planta de pavimentación y en el muelle. También dos niños de 10 años que recogían leña y un bombero de la Unidad 31.
Algunos murieron a consecuencia de las lesiones sufridas en el impacto inicial, aplastados por objetos derrumbados, escombros de bloques o vehículos. Otros fallecieron en el puesto de socorro de Haymarket, donde se trasladó a decenas de afectados, o sucumbieron a heridas e infecciones en las jornadas siguientes. Una víctima fue arrastrada por la oleada hasta el puerto. Otros más se asfixiaron o ahogaron en la propia sustancia. El aire frío invernal espesaba y endurecía el vertido a medida que progresaba el día, complicando el salvamento. Los miembros de las brigadas precisaron hachas y palancas para acceder hasta donde había seres humanos atrapados entre cascotes.
El sirope en la calle llegaba hasta la cintura en algunos puntos, sumergidos en una capa de casi un metro. Muchos caballos en los alrededores encontraron la muerte como moscas pegadas en papel insecticida, entre ellos una docena perteneciente al Departamento de Obras Públicas.
Algunos cadáveres estaban tan cubiertos de fluido que su identificación resultó difícil. Cinco días después de la inundación, los soldadores comenzaron a cortar cuidadosamente la cisterna con sopletes en la búsqueda de desaparecidos. Se tardaría cuatro meses en descubrir bajo el muelle el último cuerpo.
Limpiar North End fue un proceso difícil. La viscosidad cubría los restos, complicando sobremanera mover fragmentos de inmuebles y vehículos. Los operarios municipales se dieron cuenta de que el agua salada la descomponía y comenzaron a rociar la zona con mangueras abastecidas en las bombas del puerto. Pero no fue hasta que se dispararon potentes chorros desde el barco de bomberos municipal que el pringue comenzó a desaparecer a buen ritmo. Las tareas de acondicionamiento se prolongaron semanas.
Boston publicaba siete diarios en ese momento. La catástrofe fue de tal calado que desplazó de las portadas a la Enmienda de la Prohibición y las conversaciones de paz de Versalles, que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial. Al día siguiente del luctuoso suceso, la prensa cifraba en medio millón de dólares de la época las pérdidas. Se estima que, extrapolando a valores actuales, serían 100 millones de dólares.
Se interpusieron 119 demandas civiles contra US Industrial Alcohol, propietaria del depósito. Entre los litigantes se encontraban el Ayuntamiento de Boston y la concesionaria de la línea ferroviaria, Boston Elevated Railway Company, ya que la inundación había dañado gravemente su infraestructura en North End, destrozando las vigas de la estación de tren en Atlantic Avenue.
El juez L.E. Hitchcock, del Tribunal Superior, designó al coronel y abogado Hugh W. Ogden como auditor. Fue una misión hercúlea y pasaron seis años antes de que pudiera presentar su informe, con más de 45.000 registros. El juez Hitchcock moriría en 1920 sin llegar a leerlo. Había tal cantidad de letrados, que materialmente la sala de vistas no disponía de espacio para todos y eligieron a dos en representación. Las demandas se consolidaron en una única colectiva en 1920, denominada Dorr contra United States Industrial Alcohol.
El pleito, donde se interrogó a más de tres mil testigos, fue uno de los más exhaustivos en la historia del Estado, y de su duración da fe el hecho de que pasaron tres presidentes por la Casa Blanca mientras transcurría. En el juicio se valoraron tres posibles causas de la ruptura: un fallo estructural del tanque, la fermentación de la melaza, y un sabotaje. La defensa de la compañía se esforzó por hacer prevalecer su tesis de culpar a un complot anarquista italiano, llegando a invertir 50.000 dólares de entonces en honorarios de peritos. Alegó que el área de Boston había contabilizado cuarenta incidentes con explosivos el año previo, y que en 1916 anarquistas habían hecho estallar un artefacto no solo en las instalaciones de la firma en Brooklyn, Nueva York, sino que un empleado había recibido una amenaza de bomba dirigida a las de Boston.
Pero las fotos mostraban salpicaduras en las ventanas del segundo piso de edificios cercanos afectados por la descomunal ola, y el hecho de que los cristales no se rompieran se utilizó como evidencia por el tribunal para refutar la hipótesis del atentado.

La Corte, en 1925, dictaminó que la empresa era la responsable del colapso por negligencia, pues la infraestructura adolecía de defectos constructivos: el acero era demasiado delgado y su composición química lo hacía quebradizo. La llegada de una gran remesa de melaza alzó el nivel del contenedor en 14,7 metros, con las fluctuaciones de tensión consustanciales al bombeo. Dos días antes de la debacle, los termómetros solo alcanzaron 1ºC, pero el 15 de enero subieron a 4°, lo que incrementó la presión dentro del tanque. El cargamento reciente, a temperatura ambiente, se mezcló con la pasta más fría que llevaba semanas acumulada. Esta amalgama produjo gas, lo que también aumentó la presión interior. La cisterna no pudo soportarlo.
La investigación determinó que el supervisor de la construcción del contenedor carecía de formación técnica, siendo incapaz de interpretar planos. Ningún ingeniero o arquitecto titulado la habían avalado.
US Industrial Alcohol pagaría en compensaciones un montante total de 628.000 dólares, el equivalente a unos 10 millones actuales. Las familias de los fallecidos recibieron entre 7.000 y 10.000 dólares cada una.
El juicio sería histórico en muchos sentidos: nunca antes se había convocado a tal cantidad de expertos técnicos. La tragedia dio lugar al surgimiento de normas de seguridad más estrictas en el país. Se instituyeron leyes que exigían a los ingenieros una certificación profesional. Además, para que una administración otorgara un permiso de construcción, los planos debían llevar el sello de un colegiado.
El olor a azúcar quemada permaneció durante décadas como atmósfera inconfundible de Boston. La melaza había impregnado la madera, los ladrillos y la tierra. Supuestamente, todavía se puede percibir cuando hace mucho calor.
Casi un siglo después de la catástrofe, un análisis reveló que el acero del depósito tenía la mitad del grosor requerido para su tamaño, y era mucho más endeble que el acero moderno, debido a la ausencia de manganeso. Los remaches metálicos de la estructura no estaban reforzados, siendo más propensos a deteriorarse al tensionarlos, lo que provocó su rotura y que salieran despedidos como mortífera metralla.
Hoy en día, el emplazamiento donde otrora estuvo el tanque alberga el Parque Langone y el Campo de Atletismo Puopolo. Una placa de la Sociedad Bostoniana rememora lo allí ocurrido. En 2016, un georradar identificó la ubicación exacta de la losa de hormigón de su base, a 50 centímetros bajo el campo de béisbol del parque. En el centenario del cataclismo, asistentes a una ceremonia formaron un círculo marcando el borde del tanque, mientras leían en alto los nombres de las víctimas.
En la película de 1941 "Lo que el viento se llevó", la protagonista, Scarlett O'Hara, reprende a Prissy, que llega tarde, diciéndole que es "tan lenta como la melaza en enero". No pocos espectadores norteamericanos del año del estreno asociarían ese dicho al infortunio que asoló Boston.








