24/02/2026
En prácticas
Colegio de abogados
Lectura estimada: 6 min.
En los primeros años ochenta, durante los últimos cursos de la carrera, traté de acceder a algún que otro despacho profesional, no fue posible. Escuché a sus titulares y, mira que es fácil decir simplemente no, sin más y, gracias por atenderme. No, escuché cosas raras de prohombres de mi ciudad. Concluida la carrera, servicio militar; durante este, en Salamanca, en el Cuartel General Arroquia y en "escalón de máquinas", quien entonces con el grado de teniente dirigía ese taller, don Roberto Incio, y algunos de los sargentos que dirigían a los grupos de soldados mecánicos de distintas especialidades, me enseñaron a manejar la gestión de mucho personal y una oficina complicada.
Durante la mili comenzó mi vida profesional como profesor y como abogado. Como abogado redacté junto a un compañero colaborador de un despacho un expediente de dominio; cien mil pesetas y diez días de permiso, pues mi primer cliente era capitán en ese cuartel. Como profesor, en una mano el temario de la oposición a inspector de trabajo, en la otra el calendario. Horas reales de clase, teniendo en cuenta vacaciones, puentes y festividades varias, veintiocho. Temas a desarrollar, no más de veintiocho. Previo, selección de las lecciones con contenidos fundamentales, el resto, selección de aquellas cuyos contenidos bien aprendidos permitieran al alumno "normal" pudiera enfrentarse a cualquier circunstancia no tratada en el curso.
Un maestro me había enseñado tanto a no creerme lo "importante y esencial" de la asignatura para los alumnos, como a preparar las exposiciones con antelación, pues luego, una hora de clase se convertiría en tantas horas de trabajo como alumnos acudieran al aula. La preparación y la exposición, mi trabajo, afectaría al trabajo ajeno, esto es, quien, asistiendo a clase, atendiendo y tomando notas breves y un repaso semanal y otro para el examen, tendría que aprobar sin problema alguno. Otro maestro me enseñó a no meter "paja", el arte de la concreción. Con la última clase, el último tema. Los exámenes nunca fueron memorísticos, quien hubiera "empollado" los temas lo habría llevado duro, cada pregunta, interrelación de temas, la tuvo que redactar. Fui exigente con mis alumnos, también lo fui conmigo mismo. Nunca fui a pillarles, si no sabían lo que se les preguntaba, lo esencial, su conocimiento de lo accesorio, no sería suficiente. Durante mis años de docencia, los sobresalientes superaron a los suspensos y los notables a los aprobados. Mis maestros reconocieron su influjo; algún que otro "profesor" afeó mi conducta, dejaba en mal lugar a los "compañeros" quienes con ochenta temas por curso no podían concluir las explicaciones del temario.
Y la vida me llevó a otros cauces. Pude ver y conocer de primera mano el mundo del poder, político y económico. Si mi padre, pequeño empresario, me había enseñado algunas cosas de nuestro negocio; si mi teniente y mis sargentos me habían enseñado la gestión de personal, este hombre, don Germán Sánchez Ruipérez, empresario internacional, por encima de otras muchas cosas, me enseñó a distinguir el oro del dorado, en lo material, en lo personal y en lo espiritual. Como en la Universidad algunos maestros, estos tres hombres me enseñaron, se molestaron por mí, con ellos aprendí, a trabajar, a trabajar y a vivir.
Y la vida, mis ilusiones, me llevaron por otros cauces. Quise ser abogado. Y asesor fiscal. Y, una vida profesional entera después, aquí estoy. – Oiga, dígame, y como aprendió usted a capar; pregunté a mi cliente, un hombre rudo, capador de cerdos; - A capar, capando; me contestó; y nunca lo he olvidado.
Agustín García Laso, quien falleció a finales de dos mil veinticinco, formó parte de la Asociación Progresista de Estudiantes de la Universidad de Salamanca; en aquella asociación nos encontramos unos cuantos jóvenes. Participamos en el primer claustro democrático de nuestra Universidad. El continuó la vida universitaria, y pasados muchos años, desde que comenzaron y hasta hace bien poco, organizó y dirigió las prácticas de los estudiantes de Derecho en Salamanca. Contó conmigo. Y a mi queja sobre el poco tiempo de las prácticas de los alumnos, por fin me dio una somera explicación: son pocos los abogados con quienes podemos contar y, en general tus compañeros no se molestan mucho por los alumnos. El lector sagaz entenderá sin duda el significado de esas palabras.
Esta profesión es curiosa; dejando a un lado los macro despachos, es la única que, ejercida de forma individual o en grupos pequeños, a través de la "institución" de la pasantía, ciertos abogados permiten a otros más jóvenes acercarse a este mundo, y mejor o peor, conforman profesionalmente a su competencia.
Siempre busqué y encontré maestros, los citados y otros. Nunca fui pasante. En treinta y seis años de profesión, cuatro pasantes y ya no me acuerdo el sinnúmero de alumnos en prácticas. A todos ellos he tratado de transmitirles un modelo de ejercicio profesional, el que conozco de primera mano, el mío; si bien, indicándoles siempre que este sólo ha de servirles de modelo, de cimiento, que, en su día, cada uno de ellos ha de superarlo, ha de superarme. En la pantalla de Google académico se recoge una célebre frase, "A hombros de gigantes", siempre lo indico. Los que somos poca cosa intelectualmente, cuando nos encaramamos a los hombros de quienes han cultivado y refinado su intelecto, podemos ver más allá de nuestros horizontes iniciales, y quizás lleguemos a ver horizontes más lejanos que nuestros gigantes.
Ejercer no es sólo Derecho, y este no es lo más importante; es ser consciente de ejercer una actividad económica, profesional no empresarialmente. Tiempo es dinero, nuestro límite está en nuestra capacidad y en la de nuestros posibles colaboradores; por el contrario, el empresario puede contar con las capacidades de cuantos trabajadores y maquinaria necesite en su empresa o negocio. Vivir versus posible enriquecimiento, pero es que las cosas, hoy, son así.
Ejercer es despacho. Es saber y comprender qué tiempo es dinero. Es "saber hacer" como se organiza una biblioteca, un archivo, un expediente; como se atiende a un cliente. Orden y método. Es saber leer y saber escribir, es decir, obtener y transmitir conceptos, no juntar palabras. Es no dejarse engañar ni por unos ni por otros. Es tener cintura al modo de los boxeadores, me solía decir un colega algo mayor que yo, pues golpes vendrán a tutiplén.
Es saber quien demonios coloca el papel higiénico en el servicio, pues quien es consciente de ello, suele ser consciente de como se organiza y mantiene un despacho en todos sus aspectos y circunstancias. Donde se compra y se guardan los folios, el toner de la impresora, los útiles de la limpieza, …, donde y como se colocan los libros, los textos legales, …
Después de todo esto, viene el Derecho. Pero, ojo, un diputado en Cortes a finales del XIX dijo algo como que hay cuatro tipos de personas que viven del ejercicio libre del Derecho, los rábulas, los leguleyos, los jurisperitos y los jurisconsultos; los rábulas abogados indoctos, charlatanes y vocingleros; los leguleyos, quienes aplican el derecho sin rigor y desenfadadamente; jurisperitos, quienes ejercen en los tribunales; y sólo cabe llamar jurisconsultos a quien ejerciendo el Derecho, lo aplican, lo estudian y reflexionan sobre el mismo.
Dos mujeres jóvenes han llegado al despacho para hacer prácticas, acabarán en junio sus carreras. Una afirma su vocación, la otra, tiene sus dudas, pero quiere conocer. Son mi sombra, atienden conmigo a los clientes; conmigo acuden a los organismos públicos; a las notarías; a los juzgados. Coloco, colocan. Estudio, estudian. Pregunto, me preguntan, pues bien claro les he dicho que a mi lado las palabras a tener en los labios son "¿por qué?". No dedican su tiempo a estudiar "expedientes", en sus manos tienen los que yo trabajo y, si bien, les quedan grandes, es normal, están en prácticas; pero sin duda, como ya les ha pasado a algunos de quienes han pasado por el despacho antes que ellas, a pesar del poco tiempo, se llevarán una experiencia importante, un saber hacer base del ejercicio profesional que les permitirá, pasado el tiempo, conscientes de haberme superado, sonriendo, recordar quien, a hombros de gigantes pone el papel higiénico en el servicio del despacho.
Esto tiene un precio, tienen que pagar un precio: jurisconsulto, lo que se recibiste gratis, cuando te toque, dalo gratis. Y quienes jóvenes, como hoy ellas, llamen a sus puertas, que no vean sus espaldas, ni sólo los expedientes. En prácticas, a pesar del tiempo, en prácticas.
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