De generación en generación 2.0 (I): Cuando el sueño de montar un club de deporte adaptado se hace realidad

Los hermanos de Castro, José Antonio y Roberto, escenifican cómo ha crecido el Fundación Aliados BSR, que se mantiene en la élite 30 años después

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De generación en generación 2.0 (I): Cuando el sueño de montar un club de deporte adaptado se hace realidad
El autor esAlejandro De Grado Viña
Alejandro De Grado Viña
Lectura estimada: 4 min.

La historia de los hermanos De Castro protagoniza el primer capítulo de la segunda temporada de De generación en generación, la serie impulsada por TRIBUNA que analiza los vínculos familiares en el deporte base. Ellos son José Antonio de Castro (Valladolid, 1972) y Roberto de Castro (Valladolid, 1977), presidente-entrenador y coordinador general, respectivamente, del Fundación Aliados BSR Valladolid.

Ambos repasan un camino marcado por el compromiso y la complicidad fraterna, que ha sido el motor de un proyecto que mantiene su esencia tres décadas después de que estos dos hermanos, junto a allegados y amigos, cumplieran el sueño de poner en marcha una entidad que, a día de hoy, sirve como referencia para cualquier club de baloncesto en silla de ruedas en España.

Una vida ligada a la superación

José Antonio de Castro nació con espina bífida, una malformación congénita que afecta a la médula espinal. A sus padres les comunicaron que su esperanza de vida era de apenas 15 días. "Fue un mal trago para ellos", recuerda. Contra todo pronóstico, no solo superó aquel diagnóstico, sino que ha construido, con el paso de los años, una trayectoria deportiva ejemplar.

Durante su infancia y juventud utilizó bastones para desplazarse antes de la llegada de la silla de ruedas, la cual le permitió hacer trayectos largos y exigentes. "Afronté la discapacidad con toda la naturalidad del mundo y adaptándome a mis circunstancias", explica.

El punto de inflexión llegó en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, donde descubrió el deporte adaptado. Con apenas 14 años recibió la llamada de un equipo de Burgos y debutó en División de Honor. Tras la desaparición de aquel club y un breve paréntesis en Cantabria, el proyecto tomó forma en Valladolid de la mano de la Asociación ASPAYM Castilla y León, germen del actual club.

Así nació una estructura que, con el tiempo, se consolidaría como una de las más estables del panorama nacional, capaz de conquistar una Liga y una Copa de Europa, y de gestionar en la actualidad un presupuesto cercano a los 300.000 euros. "Cuando empezamos apenas teníamos dos millones de pesetas", rememora con una sonrisa.

Dos caracteres, un mismo proyecto

Si José Antonio es la cara visible -presidente y entrenador del primer equipo-, Roberto ha sido desde el inicio el sostén en la sombra con un trabajo silencioso y efectivo. "Empezó como mecánico y, desde el primer día, estuvo conmigo", señala el mayor de los hermanos. Eso sí, entre bromas, matiza: "Se dice que soy yo el presidente, pero el que maneja el cotarro es él".

En este sentido, Roberto reconoce que nunca hubo una decisión formal de implicarse: simplemente ocurrió. "Desde que nací ya conocía su situación. Le seguí un poco el rastro", explica. Multideportista en su juventud -baloncesto, fútbol, atletismo o bádminton-, terminó volcando su energía en el proyecto familiar. Pegaba carteles, arreglaba sillas y ejercía de mecánico cuando los medios eran precarios, y las soluciones "rústicas".

Aun así, no es oro todo lo que reluce porque ambos admiten, sin perder la compostura, que chocan con frecuencia. "Se discute más en el pabellón que en casa", bromea José Antonio. Al menos, coinciden en que ser hermanos facilita encontrar equilibrios que serían más difíciles con terceros. "A veces él tira de ti y a veces tú tiras de él", resume Roberto.

Entre la labor social y la élite competitiva

Uno de los aspectos que más subrayan es la diferenciación entre la vertiente social y la competitiva del club. El Fundación Aliados cuenta con escuela de formación, pero el primer equipo funciona bajo parámetros profesionales. "Yo, como entrenador, desconozco el origen de la discapacidad de algún jugador y no tengo por qué saberlo. Ellos Vienen con un contrato de trabajo", afirma José Antonio.

De hecho, entrenan cuatro días a la semana, con sesiones dobles y trabajo específico en gimnasio. "Son deportistas que se dedican a jugar al baloncesto. ¿Es eso una labor social? No. Rinden a un gran nivel y forman parte de un club estable", defiende.

A nivel económico, el proyecto no es lucrativo. José Antonio, que estudió Derecho, tuvo que jubilarse tras un trasplante de riñón y percibe una prestación de la Seguridad Social. Roberto, por esa razón, es el único contratado. "Ya le he dicho que con esto no se va a hacer millonario", ironiza el presidente.

El orgullo de una familia

La figura de sus padres sale a la luz en mitad del buen rollo. Su padre, exigente y crítico, nunca prodigó elogios. "Si ahora levantara la cabeza, estaría muy orgulloso, aunque alguna cosa nos diría", reflexiona José Antonio. Su madre, viuda desde antes de la fundación del club, no se pierde un partido y se ha convertido en una aficionada más, pese a que antes el baloncesto no era santo de su devoción. En cualquier caso, treinta años después, el Fundación Aliados presume de estabilidad institucional, apoyo de cerca de cuarenta empresas y el respaldo de las administraciones. "No debemos nada a nadie", recalca el presidente con una sonrisa.

La nueva temporada de De generación en generación, confirma que, más allá de los títulos y los presupuestos, hay proyectos que se sostienen sobre algo menos tangible pero más sólido: la familia, la constancia y la convicción de que el deporte, además de competir, construye un legado.

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