El Centro Astronómico de Tiedra es, desde 2013, el tesoro del astroturismo en la provincia
Tiedra, donde la noche se abre a todas las miradas
El Centro Astronómico de Tiedra es, desde 2013, el tesoro del astroturismo en la provincia
En la inmensidad llana de la comarca vallisoletana de los Montes Torozos, donde la meseta parece contener la respiración al llegar al extremo occidental de la provincia, el cielo se revela como una majestuosa cúpula iluminada de profundidad infinita. Allí, en el pequeño municipio Tiedra alguien vio un día algo más que un paisaje. Vio una oportunidad. No para construir, sino para mirar.
Sergio Valín, director gerente del Centro Astronómico de Tiedra, sigue recordando con humor aquella genealogía del proyecto: "Siempre cuento que soy arquitecto técnico reciclado a astrónomo". Lo dice como quien admite un accidente afortunado, una deriva vital que no imaginaba pero que ahora siente inevitable. Él trabajaba en una constructora gallega cuyo jefe, aficionado a la astronomía, había pasado años viajando por la meseta camino de Madrid. Observaba la altitud, la limpieza del cielo, esa oscuridad tan difícil de encontrar hoy en día. Y cada vez que pasaba por Tiedra, algo le decía que allí podría haber un buen lugar para plantar un telescopio.
La semilla germinó en conversaciones de coche, de oficina, entre obras y planos. "Oye, tenemos que buscar un terreno ahí", le dijo un día su jefe. Tenía una cúpula propia, un telescopio "muerto de risa" en La Coruña, esperando destino. La idea inicial era casi íntima: una finca donde detenerse en los viajes para observar el cielo. Pero, como ocurre con los proyectos que encuentran su sitio, la idea empezó a escalar. "Una vez que encontramos una finca adecuada, pensamos: ¿solo para una cúpula? Qué pena, ¿no?", recuerda Sergio. Así que se enredaron, como él dice. Se dejó enredar. Y acabó haciendo las maletas hasta tierras castellanas.
No fue rápido. Nada que tenga que ver con el cielo y la tierra lo es. Aquella idea empezó a tomar forma en 2009 o 2010, pero levantar un centro astronómico en suelo rústico exigía trámites lentos y permisos excepcionales. "Es una instalación que no contamina nada, pero tardaron casi dos años en darnos el permiso", explica. Mientras tanto, mantenían vivo el acuerdo con el propietario, sin saber aún si podrían comprar la finca. Cuando por fin la administración dio luz verde, el proyecto arrancó. Se inauguró en 2013, con dos observatorios y un edificio central. El planetario llegaría después, un añadido que encareció casi un 40% la obra, pero que hoy constituye uno de los pilares del centro.
También llegó un reconocimiento fundamental: la certificación Starlight, otorgada por el Instituto de Astrofísica de Canarias, que confirmó lo que ellos ya sabían. El cielo de Tiedra era un tesoro.

¿Y qué hace que ese cielo sea tan especial?
"La meseta castellana ya es alta, pero aquí ganamos altitud porque es el final de los Montes Torozos", explica Sergio Valín. Una elevación suave, casi imperceptible, que basta para despejar el horizonte. La limpieza atmosférica, la ausencia de humedad, la distancia respecto a grandes focos de contaminación lumínica… Todo contribuye. Es un cielo antiguo, intacto.
Pero esa fragilidad también lo hace vulnerable. "Estamos desprotegidos. Cada vez proliferan más parques eólicos y fotovoltaicos", lamenta. Es el precio de estar en un territorio en transformación, donde el desarrollo energético choca con la conservación del patrimonio astronómico. Sergio no se rinde: mantiene un diálogo constante con la Diputación y el Ayuntamiento -con quien reconoce tener buena relación- para que Tiedra siga siendo ese enclave oscuro donde mirar hacia arriba aún tiene sentido.
Mucho más que observar el cielo
Cada visita es un viaje guiado. Comienza con una explicación sencilla, cercana, comprensible. "Nuestro público no es el friki de la astronomía", ríe Sergio. "Hacemos divulgación cercana, entendible para todos". Quizá por eso el centro recibe cada vez más grupos escolares: entre septiembre y junio, viven en buena parte de esas excursiones.
Después llega el planetario, donde una cúpula digital anticipa lo que el cielo revelará más tarde. Allí caben 35 personas, el aforo que determina todo el recorrido. Tras él, el público se divide en dos grupos: unos van al refractor de 175 mm, un telescopio de lentes excepcional en España, perfecto para observar planetas o la Luna en toda su textura viva; otros, al reflector de 400 mm, un monstruo de luz capaz de revelar galaxias lejanas, cúmulos, nebulosas.
Ambos grupos rotan. Todos miran por ambos telescopios. Todos suben un peldaño más en ese aprendizaje que no sabe de edades.
La experiencia culmina en el exterior, en lo que llaman el 'ágora'. Allí, sobre bancos de hormigón sorprendentemente cómodos, el visitante se tumba. El verdadero planetario se activa. El cielo, que es el de siempre, pero no lo parece. Con punteros láser, los guías dibujan figuras, señalan estrellas, trazan rutas invisibles. "Antes la astronomía era cuestión de fe", bromea Sergio. "Interpretar lo que hay ahí arriba no es fácil, y si encima señalas con el dedo en mitad de la noche...". Ahora, con la luz verde surcando la oscuridad, la Vía Láctea empieza a tener forma y sentido para quien la contempla por primera vez.
La visita diurna, más desconocida, también sorprende. El Sol, observado con filtros especiales, muestra manchas, filamentos, actividad... A veces aparece Venus, visible de día; otras, la Luna en fase menguante ofrece un borde de cráteres nítidos. Y siempre está el planetario para completar una experiencia que no depende del frío ni del viento.
Han pasado doce o trece años desde que todo empezó. Y el centro sigue creciendo. No en tamaño, sino en alma. "El fuerte nuestro son las nocturnas", reconoce Sergio, "pero también nos funcionan muy bien los eventos especiales con cena, lluvias de estrellas… Si la ciencia va con gastronomía, mejor", dice riéndose. Porque la astronomía también es un acto social, un encuentro, un relato compartido alrededor de la belleza.
La baja contaminación lumínica en numerosos puntos de la provincia se ha convertido en una oportunidad para disfrutar del firmamento en condiciones idóneas
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Las entradas a un precio de 10 euros ya están a la venta









