Los muros invisibles
Nueva entrega de 'Columna entre miradas', la sección de Sonia Dueñas, en TRIBUNA
Tenemos la curiosa costumbre de creer que conocemos aquello que nunca hemos visto.
Nos basta una palabra, una imagen o una historia escuchada a medias para construir realidades enteras en nuestra cabeza. Las decoramos con nuestras propias ideas, les atribuimos sentimientos que desconocemos y terminamos convencidos de que las cosas son exactamente como las imaginamos.
Lo curioso es que, muchas veces, ni siquiera somos conscientes de estar haciéndolo.
Hace unos días tuve la oportunidad de comprobar hasta qué punto podemos equivocarnos.
Con motivo de un artículo que estábamos preparando en el trabajo, visité junto a varios compañeros un monasterio de clausura. Íbamos a entrevistar a una comunidad de religiosas sobre la soledad, con la intención de conocer una forma de vida muy diferente a la nuestra.
Reconozco que, antes de atravesar aquellas puertas, había construido mi propia imagen de lo que encontraríamos. Imaginaba un lugar dominado por el silencio, la solemnidad y el recogimiento. Una existencia alejada del ruido del mundo y, quizás, también de algunas de sus alegrías.
Pero bastaron unos minutos para que aquella imagen empezara a desdibujarse.
Nos recibieron con sonrisas y una cercanía que no esperábamos. Compartimos conversaciones, anécdotas y risas. Descubrimos mujeres que hablaban de su vida con entusiasmo, que encontraban en su comunidad un motivo de felicidad y que parecían disfrutar sinceramente de cada instante compartido.
Y entonces comprendí que había cometido un error bastante habitual: confundir lo que imaginaba con lo que sabía.
Porque los prejuicios no siempre nacen del rechazo ni de la mala intención. A veces aparecen simplemente donde falta conocimiento. Crecen alimentados por las ideas heredadas, por lo que escuchamos de otros o por nuestra propia incapacidad para imaginar una realidad distinta a la
que conocemos.
El problema llega cuando dejamos de cuestionarlos. Cuando damos por hecho que sabemos cómo vive, qué siente o qué necesita alguien a quien nunca nos hemos detenido a escuchar.
La cárcel es otro de esos mundos sobre los que casi todo el mundo tiene una opinión formada, pero que muy pocos conocen realmente. A veces me sorprenden las ideas que escucho sobre la vida en prisión, sobre quienes están dentro o sobre cómo transcurren sus días. Y me doy cuenta de que, con demasiada frecuencia, nuestras certezas se construyen sobre realidades que nunca hemos tenido ocasión de conocer.
Aquella mañana regresé con una imagen de la clausura muy diferente de la que llevaba conmigo. Pero, sobre todo, con la sensación de que todavía existen demasiadas puertas al otro lado de las cuales hay vidas que desconocemos.
Quizás deberíamos atravesarlas más a menudo. Aunque solo fuera para descubrir cuánto nos queda por aprender.








