Preguntas
EL RINCÓN DEL BECARIO JUBILADO
Desde la tragedia ferroviaria de Urda se ha instalado en mí una tristeza que no consigo quitarme de encima. Una tristeza que me lleva, sobre todo, a hacerme preguntas. Tantas que he sentido la necesidad de vomitarlas sobre un papel en blanco y compartirlas con todos ustedes. No tengo ninguna respuesta. Ojalá encontremos algunas antes de que, como advertía aquella frase anónima que popularizó Mario Benedetti, nos cambien todas las preguntas.
¿Qué se les puede decir a las familias que han perdido a alguien en Adamuz o en Urda? ¿Cómo se acompaña un dolor al que ninguna explicación podrá devolver lo perdido? ¿Qué sabemos de las causas de ambos accidentes, qué ignoramos todavía y qué deberíamos exigir que se investigue hasta el final?
¿Qué espacio dejamos al duelo antes de convertir cada tragedia en otra discusión entre bandos?
¿Dónde termina la investigación de las causas y dónde empieza la obligación de dar explicaciones políticas? ¿De qué debe responder quien dirige un servicio público cuando algo falla de manera tan trágica? ¿En qué circunstancias debería un ministro plantearse su continuidad aunque no exista responsabilidad penal? ¿Cómo construir un criterio exigente que sea el mismo gobierne quien gobierne?
¿Qué hemos aprendido de la España que salió de una dictadura? ¿Cómo lograron acuerdos quienes tenían razones de sobra para desconfiar unos de otros? ¿Qué sacrificaron los dirigentes que negociaron los Pactos de la Moncloa y la Constitución? ¿Qué partes de aquella Transición deberíamos admirar y cuáles revisar sin convertir el pasado en una leyenda? ¿Qué nos enseñó el 23-F sobre la fragilidad de lo que creíamos conquistado? ¿De dónde salió aquella capacidad de aceptar que nadie podía conseguirlo todo y qué haría falta hoy para recuperarla?
¿Qué esperamos hoy de un Parlamento? ¿Cómo debería responder un Gobierno a las preguntas que le incomodan? ¿Qué distingue una crítica legítima de un insulto y una respuesta de una evasiva? ¿Qué valor damos a la palabra de nuestros representantes, a sus compromisos y a sus firmas? ¿Qué consecuencias debería tener incumplir lo acordado?
¿Qué necesitamos para confiar en la justicia incluso cuando sus decisiones no nos gustan? ¿Cómo se garantiza la independencia de las instituciones que deben controlar al poder? ¿Qué criterios deberían guiar la elección de quienes están llamados a ejercer ese control? ¿Cómo distinguimos la crítica legítima a una resolución del intento de desacreditar a quien la dicta? ¿Qué pierde una democracia cuando dejamos de reconocer unas reglas que deberían valer para todos?
¿Qué tendría que cambiar para que PP y PSOE alcanzaran acuerdos duraderos sobre educación, sanidad o infraestructuras en beneficio de todos? ¿Qué tendría que ceder cada uno, y qué deberían exigirles sus propios votantes? ¿Cómo puede una mayoría gobernar con eficacia sin dejar de escuchar a las minorías? ¿Qué significa realmente tener sentido de Estado cuando un acuerdo puede costar votos, provocar titulares incómodos o crear problemas dentro del propio partido?
¿Qué haría falta para que quienes nos gobiernan pensaran más en las próximas generaciones que en las próximas elecciones?
¿Cómo se administra una familia o se lleva un bar sin un presupuesto actualizado? ¿Cómo se planifica entonces el futuro de un país entero con unos Presupuestos Generales aprobados para 2023? ¿Con qué finalidad previeron los constituyentes la prórroga presupuestaria y hasta dónde puede prolongarse su utilización sin desvirtuarla? ¿Qué nos dice esta situación sobre la capacidad de nuestros representantes para ponerse de acuerdo en las prioridades de todos?
¿De dónde nace esta costumbre de hablar de muros entre españoles? ¿En qué momento una discrepancia empezó a amenazar una amistad? ¿Cómo hemos llegado a escuchar peor a quien tenemos delante que a quien nos da la razón desde una pantalla? ¿Cuántas veces hemos compartido una noticia sin comprobarla porque favorecía a los nuestros? ¿Qué parte de la crispación que denunciamos ayudamos a mantener nosotros mismos?
¿Qué significa votar con responsabilidad cuando llegan unas elecciones? ¿Cuánto sabemos de lo que propone cada partido, más allá de lo que dice de sus adversarios? ¿Cuándo fue la última vez que abrimos un programa electoral, aunque solo fuera para comprobar una promesa? ¿Qué pesa más al elegir nuestra papeleta: las propuestas, la confianza en quienes las defienden o el rechazo a quienes piensan distinto? ¿Cómo cambia nuestra capacidad de exigir cuentas cuando sabemos exactamente qué nos prometieron? ¿Qué parte de nuestra responsabilidad democrática empieza antes de llegar a las urnas?
¿Qué nos preguntarían los jóvenes de la Transición si vieran cómo discutimos hoy? ¿Cómo les explicaríamos que algunas lecciones que creímos aprendidas parecen estar otra vez pendientes? ¿Qué les estamos dejando a quienes vienen detrás? ¿De dónde viene esta tristeza que me acompaña: de lo que hacen nuestros representantes, de lo que toleramos nosotros o de lo poco que nos exigimos a nosotros mismos?
Y después de llenar esta página de preguntas, ¿qué estoy dispuesto a cambiar yo?








