Cuando duele un niño

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Cuando duele un niño
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 3 min.

A cualquier niño en cualquier hospital

Hay dolores que parecen más injustos dependiendo de la edad de quien los sufre.

No debería ser así. El dolor no pide el carné de identidad antes de entrar y cada persona carga con el suyo como puede. Pero cuando quien sufre es un niño, algo se rebela dentro de nosotros.

Quizá porque los niños todavía no deberían saber determinadas cosas.

Deberían saber que el chocolate mancha, que los charcos ejercen una atracción irresistible, que los mayores dicen muchas veces "ya veremos" cuando quieren decir que no y que una tirita colocada a tiempo puede curar prácticamente cualquier cosa.

Pero hay otras cosas que todavía no les corresponden. Y cuando alguna de ellas llega demasiado pronto, alrededor de ese niño empieza a sufrir mucha más gente.

Sufren, naturalmente, sus padres. Y existe en ese sufrimiento una impotencia difícil de explicar. Los padres pasan buena parte de la infancia intentando proteger a sus hijos de peligros minúsculos. Les sujetan al cruzar una calle, comprueban la temperatura del agua, parten la comida en trozos pequeños, vigilan escaleras, enchufes y esquinas. Uno acaba creyendo, quizá sin darse cuenta, que mientras permanezca atento podrá mantener el mundo bajo control.

Hasta que un día descubre que no. Y entonces cambiaría cualquier cosa por ocupar el lugar de su hijo. Debe de ser uno de los pocos intercambios que todos los padres aceptarían sin preguntar las condiciones.

En los hospitales el tiempo también funciona de otra manera. Fuera siguen existiendo las mañanas, las tardes y las noches. Dentro, las horas se miden entre una visita médica y la siguiente, entre una prueba y un resultado, entre un "vamos a esperar" y las ganas de dejar de esperar. Hay padres que descubren entonces que veinticuatro horas pueden caber enteras en una habitación y que el mundo puede reducirse durante días a una cama demasiado pequeña.

Pero también sufren los abuelos, los hermanos, los tíos, los amigos. Se forma alrededor del niño una extraña comunidad de personas que querrían hacer algo y no saben qué hacer. Preguntan, esperan, mandan mensajes, procuran no molestar, ofrecen ayuda para cualquier cosa y descubren que "cualquier cosa" es una expresión desesperadamente imprecisa.

A veces solo queda estar. Y estar parece poco hasta que uno necesita que estén.

En esos momentos cambia también nuestra escala de preocupaciones. Cosas que poco antes parecían importantísimas pierden de repente todos sus galones. Una discusión, un problema de trabajo, un recibo, un enfado, una cita aplazada. La vida tiene una manera bastante expeditiva de reorganizar nuestras prioridades sin pedir permiso.

Entonces solo importa una cosa. Que mejore. No pedimos éxitos, dinero, reconocimientos ni futuros extraordinarios. Queremos que vuelva a correr, a jugar, a reír, a enfadarse por una tontería. Que vuelva a hacer todas esas cosas que hasta entonces parecían normales y que de repente comprendemos que eran extraordinarias.

Quizá por eso hay algo en el sufrimiento de un niño que nos desarma de una manera distinta. Nos recuerda que hay aprendizajes que deberían poder esperar y miedos que tendrían que llegar mucho más tarde. Durante unos instantes desaparecen muchas de las fronteras que nos empeñamos en levantar entre nosotros. No importa de quién sea hijo, dónde haya nacido ni qué apellidos tenga.

Es un niño. Y basta.

Afortunadamente, los niños poseen también una capacidad asombrosa para devolver esperanza a quienes los rodean. A veces son los adultos quienes llegan asustados y ellos quienes, sin saberlo, empiezan a enseñarles el camino de vuelta. Un gesto. Una palabra. Un pequeño movimiento que ayer no estaba. Y de pronto cabe un mundo entero dentro de algo diminuto.

Todos llegamos a cierta edad con cicatrices. Algunas se ven y otras no. Y también dejan huella los miedos que finalmente no se cumplieron, las noches que terminaron amaneciendo y aquellos momentos en que la vida nos permitió respirar después de habernos enseñado durante unas horas lo frágil que podía ser.

Quizá algunas de las cicatrices que más recordamos sean precisamente las que nunca estuvieron en nuestro cuerpo. Supongo que querer a alguien consiste también en descubrir que no podemos protegerlo de todo y decidir, aun así, que nunca atravesará solo aquello de lo que no pudimos protegerlo.

Y después, poco a poco, vuelve la vida. Vuelven los juegos, las carreras, las risas y hasta esas pequeñas travesuras que algún día consiguieron sacarnos de quicio.

Y qué alegría volver a enfadarse por ellas.

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