El incendio y la fiesta

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El incendio y la fiesta
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.

Un agente forestal lo dijo hace unos días en Canal R(e)d, sin énfasis, como quien menciona el tiempo que hace: los pequeños ayuntamientos prefieren pagar una feria antes que ejecutar el plan de prevención al que están obligados por ley. Y nadie, ni la diputación ni el gobierno autonómico ni el Estado, les exige lo contrario.

Podría parecer la queja de un funcionario cansado. Es el diagnóstico más exacto que he escuchado este verano. Lo que ese hombre describe no es una mala gestión municipal: es una civilización que ha perdido la capacidad de actuar sobre lo que no ve.

Prevenir un incendio es un acto de fe. Se desbroza una ladera, se abre un cortafuegos que ninguna cámara fotografiará, se paga una brigada todo el año para un fuego que aún no tiene nombre, pero que llegará. Todo el trabajo consiste en producir una ausencia: el incendio que no ocurrió. Y una ausencia no se inaugura ni se corta con una cinta. El día que la prevención funciona no pasa nada, y no pasar nada es lo menos rentable que puede hacer un político.

Conviene decirlo, porque en esto solemos engañarnos: nuestros abuelos no cuidaban el monte porque lo visitaran ni porque les gustara el paisaje. Lo cuidaban porque sabían que dependían de él. Limpiaban, podaban, pastoreaban y sacaban leña sin esperar que nadie se lo agradeciera, porque entendían que la naturaleza no es un decorado que se contempla, sino el suelo que nos sostiene. Nosotros hemos convertido el campo en paisaje, algo que se mira en vacaciones, y hemos dejado de reconocernos dentro de él.

Ahí está la fractura, y no es presupuestaria: es temporal. Hemos construido una política que solo sabe habitar el presente: la legislatura, el titular, el ciclo de la indignación. Y lo hace justo en el siglo en que la naturaleza nos exige pensar en décadas. Un monte tarda cuarenta años en hacerse; un mandato dura cuatro. Los bosques que hoy arden los plantó gente que sabía que no los vería crecer. Nadie planta ya nada así.

Günther Anders puso nombre a esa incapacidad en 1956, cuando el debate climático ni existía: producimos más de lo que podemos imaginar y tolerar. Nuestra capacidad de provocar efectos ha crecido sin medida; la de representárnoslos, no. Podemos calentar un planeta entero y seguir sin sentirlo como algo que nos ocurre. De ahí que las cifras no cambien nada. No es que no las entendamos: es que no nos caben dentro. Llevamos semanas viendo arder España en directo, un incendio detrás de otro, laderas negras a cualquier hora del telediario, y el efecto no ha sido despertarnos sino agotarnos. La repetición no indigna: anestesia. Por eso seguimos leyendo los incendios de este verano como un accidente meteorológico, cuando son un anticipo.

Cuando falta esa imaginación, algo ocupa su lugar: la explicación cómoda. Vox lleva años llamando bulo al cambio climático, y el PP se ha acercado a esa retórica hasta rechazar el pacto de Estado que el Gobierno proponía. Sería fácil despacharlo como cinismo electoral, y en parte lo es. Pero debajo hay algo peor: negar el clima es la versión ideológica de pagar la feria. Las dos cosas prefieren un relato que no exige nada a una verdad que exigiría cambiarlo todo. La superficialidad no es un defecto estético de nuestra política: es su método de supervivencia.

Pero sería demasiado fácil quedarse ahí, señalando siempre hacia arriba. El alcalde que elige la feria no traiciona a su pueblo: lo representa con una fidelidad casi conmovedora. Sabe que en septiembre nadie le preguntará por los cortafuegos, y que si suprime la orquesta se lo recordarán cuatro años. La irresponsabilidad no baja desde los despachos: sube desde nosotros.

Vivimos en una contradicción que ya ni siquiera nos avergüenza. Detestamos pagar impuestos y exigimos servicios que solo los impuestos pagan. Pagamos en negro sin remordimiento y luego queremos el monte limpio cuando llega el verano. Tratamos el dinero público como dinero de nadie en lugar de dinero nuestro. Escuchamos solo lo que confirma lo que ya pensábamos, y llamamos informarnos a buscar razones para no cambiar de opinión. Comentamos el humo un rato y volvemos a la vida de antes. Esta sociedad de la sinrazón no la ha construido un partido. La hemos construido entre todos, cada uno con su pequeña renuncia a mirar en serio.

Y lo que arde no es solo el monte. Arde la idea de que gobernar consiste en cuidar aquello que no da votos. Arde la noción, tan vieja como la civilización, de que tenemos obligaciones hacia quien todavía no ha nacido. Arde la capacidad de creer en el trabajo que no se ve, el que sostiene un país cuando ninguna cámara mira: las alcantarillas que no se desbordan, los puentes que no se caen, los cortafuegos que nadie recorre. Nada de eso se arregla con más hidroaviones, aunque hagan falta. Edgar Morin lo escribió en 'Cambiemos de vía' con una brevedad que no admite discusión: lo que no se regenera degenera. Ninguna conquista es definitiva, ni el bosque ni la democracia ni los derechos que creemos ganados para siempre. Todo lo que no se cuida a diario se pierde despacio, sin que nadie lo anuncie.

Quienes plantaron esos bosques hace un siglo no llegaron a verlos altos. Aun así los plantaron. Ese gesto, tan poco espectacular que no habría dado ni para una foto, es todo lo que nos falta, y no lo estamos perdiendo por falta de dinero, sino por falta de una virtud que ya casi no sabemos nombrar: la de trabajar para un mundo en el que uno no va a estar. Ese es el único realismo posible, y no tiene nada que ver con el pesimismo. Mientras no lo recuperemos, seguiremos haciendo lo que hacemos cada agosto: mirar arder el monte desde la terraza, preguntarnos quién tiene la culpa, y bajar después a la verbena.

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