1.065 SÁBADOS
Me gusta el humor negro. Y en realidad, lo utilizo sobre todo conmigo mismo. Quizá porque es una forma de mirarse al espejo sin demasiada complacencia. O quizá porque, bien entendido, el humor negro no pretende herir, sino recordarnos cosas como que la vida tiene fecha de caducidad.
Hace unos días hice un cálculo que, reconozco, no es apto para espíritus especialmente sensibles. Tengo 64 años. Tomé la esperanza de vida de un hombre de mi edad en España y la traduje a una unidad de medida que todos entendemos mucho mejor que las estadísticas: los sábados.
El resultado fue tan concreto como inquietante: me quedan, aproximadamente, 1.065 sábados.
No se alarmen. Es solo estadística. El Instituto Nacional de Estadística no sabe nada de mis análisis de sangre, de mis costumbres ni, afortunadamente, de mis vicios. Simplemente calcula cuánto puede esperar vivir, de media, alguien que ha conseguido llegar hasta aquí.
Dicho así, 1.065 suena casi a broma. A uno de esos cálculos absurdos que hacemos por pura curiosidad. Pero basta detenerse un instante para que la cifra pierda su ligereza y adquiera un peso inesperado. Porque 1.065 no es un número infinito. Es una cuenta atrás sin reloj y, sobre todo, una forma distinta de mirar el tiempo.
Estamos acostumbrados a pensar en la vida en años. Incluso en décadas. "Queda mucho", nos decimos, con una tranquilidad que a veces roza la inconsciencia. Pero los años son engañosos. Demasiado grandes, demasiado difusos. Los sábados, en cambio, son otra cosa.
Los sábados son concretos. Tienen nombre, rutina y significado. Son comidas largas, planes aplazados, paseos sin prisa, partidos de fútbol, conversaciones que se alargan más de lo previsto. Son, en definitiva, la vida cuando no está ocupada en sobrevivir, sino en vivirse.
Y de repente, 1.065 ya no parecen tantos. No es una cifra angustiosa, ni debería serlo. Al contrario. Pero sí es lo suficientemente limitada como para plantearnos una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo con nuestros sábados?
Porque la vida se nos escapa muchas veces en lo pequeño. En el sábado que dejamos pasar esperando otro mejor, en la llamada que posponemos, en el plan que nunca organizamos, en ese café que siempre queda para la semana siguiente. Vivimos como si los sábados fueran infinitos.
Y no lo son.
Tampoco se trata de llenar cada uno de ellos de actividad y convertir la vida en una carrera contrarreloj por aprovecharla. Sería una manera bastante absurda de desperdiciarla. También hay sábados magníficamente aprovechados sin hacer absolutamente nada.
Quizá se trate simplemente de ser conscientes de que cada uno cuenta. No para tacharlo del calendario con angustia, sino para disfrutarlo precisamente porque sabemos que no vuelve.
Tal vez el verdadero lujo no consista en tener mucho tiempo, sino en saber que lo tenemos mientras todavía podemos decidir qué hacer con él. Porque solemos valorar las cosas cuando empiezan a escasear. Nos ocurre con la salud, con las personas y también con los sábados. La paradoja es que solo empezamos a contar el tiempo cuando comprendemos que la cuenta no es infinita.
Y entonces descubrí un pequeño fallo en mi propio cálculo. Como becario jubilado, tengo la fortuna de que un lunes puede parecerse bastante a un sábado. También un martes. Incluso algún miércoles bien organizado. Así que quizá mis 1.065 sábados sean bastantes más.
La estadística puede contar los que quedan en el calendario. Los otros dependen de nosotros.
Quizá el humor negro tenga precisamente esa función: recordarnos, con una sonrisa algo incómoda, que el tiempo es limitado. Y que, por eso mismo, conviene no esperar al sábado para empezar a vivir.
Pedro Berbel Hernández








