Mirar hacia arriba
No recuerdo la última vez que tanta gente se puso de acuerdo para mirar hacia el mismo sitio.
El miércoles, sin embargo, ocurrió. Durante unos minutos, miles de personas dejaron de mirar el móvil, el reloj, o a quien tenían delante. Salieron a sus balcones, buscaron un hueco entre edificios o levantaron la cabeza desde cualquier rincón en el que les hubiera pillado la tarde.
Y así, todos juntos, enfundados en nuestras estrambóticas gafas, observamos cómo el eclipse arrebató la luz a la tarde antes de tiempo.
Resultó extraño, casi extraordinario, que tanta gente estuviese pendiente del mismo punto en el cielo. Niños, ancianos, vecinos que apenas se conocen, y desconocidos que probablemente no vuelvan a cruzarse nunca.
Todos esperando lo mismo.
Y todos mirando con una atención que rara vez dedicamos a algo que lleva toda nuestra vida sobre nuestras cabezas.
Porque el sol estaba allí también el martes. Y estará mañana. Ha estado durante cada paseo apresurado, cada mañana camino al trabajo y cada tarde en la que ni siquiera recordamos haber levantado la vista al cielo. Sin embargo, bastó con saber que durante unos minutos iba a dejar de ser como siempre para que organizáramos nuestra tarde alrededor de él.
Puede que esto ocurra más veces de las que pensamos.
Nos acostumbramos con una facilidad asombrosa a aquello que permanece. Al paisaje que vemos cada mañana desde la ventana. A la voz que escuchamos todos los días al otro lado del teléfono. A una casa mientras todavía es nuestra casa. A una rutina que a veces incluso nos empeñamos en detestar. Hay cosas que forman parte de nuestra vida con tanta naturalidad que dejamos de verlas hasta que desaparecen.
Y entonces algo cambia.
Una mudanza convierte una habitación cualquiera en la habitación que queremos recordar. El último día en nuestro puesto de trabajo nos hace observar la oficina con un detalle que hasta entonces habíamos pasado por alto. O una temporada lejos de lo cotidiano hace que pongamos en valor lo usual.
El miércoles ocurrió algo único. De esos momentos en los que, al echar la vista atrás, cada uno sabremos dónde estábamos y con quién aquel 12 de agosto.
El día en el que una multitud entera compartió una misma mirada.








