El desgarrador testimonio de Kira, una superviviente ucraniana que 'construye' su futuro en Valladolid

La joven, refugiada junto a su madre tras huir de Jersón, empieza "de cero" su vida gracias al Programa de Protección Internacional de Fundación Hospitalarias, mientras estudia y trabaja para convertirse en sumiller y modelo, su sueño

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El desgarrador testimonio de Kira, una superviviente ucraniana que 'construye' su futuro en Valladolid
Kira, en la entrada de la Fundación Hospitalarias Valladolid. Sergio Borja.
El autor esAlejandro De Grado Viña
Alejandro De Grado Viña
Lectura estimada: 7 min.

Hay recuerdos que nunca desaparecen. Para Kira Ponomarenko (Jersón, 2007), algunos tienen el sonido de las sirenas, el estruendo de las explosiones y el silencio que deja el miedo cuando se convierte en rutina. Con apenas 18 años, ha vivido una guerra, ha perdido su hogar y ha recorrido media Europa antes de encontrar en Valladolid un lugar donde quiere empezar "de cero". Hoy, de hecho, estudia un ciclo de Hostelería especializado en Sumillería, está haciendo prácticas en el hotel Eurostars y continúa desarrollando su carrera como modelo. Habla cinco idiomas, incluido el español, con la misma determinación con la que ha reconstruido su vida.

Su historia, la cual plasma en una entrevista personal concedida a TRIBUNA, es también la de las 22 personas procedentes de Ucrania que han sido atendidas por el Programa de Protección Internacional que gestiona Fundación Hospitalarias Valladolid -antiguo Hospital Benito Menni-, en colaboración con San Juan de Dios España y financiado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Desde su puesta en marcha, el programa ha acompañado a 152 personas refugiadas de distintos países, ofreciendo alojamiento, atención social, apoyo psicológico, formación y orientación laboral.

Una infancia marcada por la guerra

La vida de Kira cambió por completo cuando Rusia invadió Ucrania. Ella y su madre Tetiana permanecieron durante meses en Jersón soportando los bombardeos y la ocupación antes de tomar la difícil decisión de abandonar su país. La salida tampoco fue sencilla. El viaje comenzó en Polonia, continuó en Alemania y terminó en España, donde llegaron en septiembre de 2025 buscando algo que habían dejado de tener: la tranquilidad. Mientras otros jóvenes pensaban en exámenes o en salir con sus amigos, Kira aprendió a convivir con los bombardeos. "Vivíamos sin agua, sin luz, sin nada. Tuvimos que sobrevivir así durante más de dos meses", relata. Cada noche suponía un nuevo reto: "Teníamos que dormir en un sótano porque los bombardeos no cesaban. Fue horrible".

Las explosiones comenzaron desde el primer día. Su pueblo, Antonivka, muy próximo a Jersón, fue uno de los primeros lugares amenazados. "Sí, me salvé de milagro", reconoce sin dramatizar, como quien ha aprendido a convivir con una realidad que nunca debería haber conocido. Con el paso de las semanas, la situación se volvió insostenible. Los soldados rusos comenzaron a registrar vivienda por vivienda buscando profesores, militares y personal sanitario"Había días en los que no podías salir porque te podían matar", resume. 

La oportunidad de huir llegó gracias a unos amigos de la familia. Salieron de madrugada en coche rumbo a Vínnytsia, una ciudad del centro de Ucrania donde esperaban encontrar algo de seguridad. El trayecto, que normalmente dura pocas horas, se prolongó durante todo el día: "Salimos a las seis de la mañana y llegamos a las once de la noche. Había muchísimos controles. Los soldados rusos revisaban la documentación, los teléfonos móviles y hasta las galerías de fotos". Cualquier imagen relacionada con Ucrania podía convertirse en un problema. "No podías tener nada: ni la bandera, ni colores de Ucrania, ni nada relacionado con el presidente", explica. Tras dos meses en Vínnytsia, la falta de trabajo llevó a Kira y a su madre a cruzar la frontera de Polonia. Allí permanecieron cerca de un año y medio alojadas en un centro para refugiados. Más tarde, una familia alemana las acogió en su vivienda.

Mientras trataba de adaptarse a un nuevo país, Kira no dejó de estudiar... De hecho, lo hacía por partida doble. Por las mañanas acudía al instituto alemán y, al mismo tiempo, seguía conectándose por internet al liceo de Ucrania donde cursaba estudios especializados en idiomas extranjeros. "Tenía que salir de clase e irme a otra habitación para seguir las sesiones online", explica. Aprendió alemán, perfeccionó el inglés y continuó estudiando español. Pero nunca se sintió como en casa: "En Alemania no tenía nada. Mi vida estaba en Ucrania. Allí estaban mi abuelo, mi tío, mis amigos... todo".

Por esa razón, y contra todo pronóstico, decidió volver. Junto a su madre, regresó a Kiev convencida de que, pese al peligro, necesitaba estar cerca de los suyos: "Queríamos volver porque allí estaba mi vida". Pero la tranquilidad duró poco. Los cortes de electricidad y los ataques aéreos seguían formando parte de su día a día. "Había noches sin luz y con ataques. Era muy difícil". Es más, la guerra continúa persiguiéndola incluso desde la distancia: "Hace tres o cuatro días bombardearon la calle donde vivíamos y mi edificio... ya no existe".

Dos días de autobús para llegar a España

El detonante definitivo para abandonar Ucrania fue la pérdida de la vivienda en la que residían en Kiev. La propietaria les comunicó que debían abandonar el piso y ambas comprendieron que volver a empezar allí era prácticamente imposible: "Decidimos que era mejor gastar ese dinero en venir a España, que en buscar otra casa".

Pero no podían volar. Los aeropuertos permanecían cerrados. Tuvieron que coger un autobús que, durante dos días, atravesó Europa hasta llegar a Valencia: "Llegamos con cinco maletas, mochilas... y sin internet. Desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche estuvimos buscando un sitio donde dormir".

La primera ayuda llegó de Cruz Roja. Después viajaron a León para reunirse con unos amigos y, semanas más tarde, fueron derivadas a un centro de acogida de Accem en Astorga antes de instalarse definitivamente en Valladolid. Atrás quedaron su casa, buena parte de su vida, y familiares que aún permanecen en Ucrania. La incertidumbre sigue formando parte de su día a día, pero ha aprendido a convivir con ella mientras intenta construir un futuro lejos de la guerra.

Empezar de cero

Instalarse en otro país supone volver a aprenderlo todo. Un idioma nuevo, otra cultura, nuevas amistades y un sistema educativo completamente diferente. 

Pero Kira no tiró la toalla. Continuó su formación, se volcó en el aprendizaje del español y encontró en la hostelería un camino profesional que le apasiona. Ahora afronta con ilusión sus primeras prácticas profesionales en el hotel Eurostars de Valladolid. Al mismo tiempo, mantiene otra de sus grandes pasiones: el mundo de la moda. Compatibiliza sus estudios con diferentes proyectos como modelo, convencida de que ambas facetas pueden formar parte de su futuro.

Quienes la conocen destacan una madurez impropia de su edad. Después de todo lo vivido, asegura que ahora solo quiere mirar hacia delante. De hecho, Kira solo habla de oportunidades. Reside en uno de los recursos de acogida -ubicado en el barrio de La Farola- y gestionados por Fundación Hospitalarias Valladolid, entidad que desarrolla, junto a San Juan de Dios España, el Programa de Protección Internacional del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones.

El valor de una red de apoyo

Detrás de esa reconstrucción personal existe también una red de profesionales que acompaña cada proceso. Maura Soriano, coordinadora del Programa de Protección Internacional de Fundación Hospitalarias Valladolid, explica que el objetivo no es únicamente ofrecer alojamiento, sino facilitar una integración real. 

Actualmente, la entidad gestiona 42 plazas para personas refugiadas -37 en acogida y cinco en autonomía- y, desde su puesta en marcha, ha atendido a 152 personas, 22 de ellas procedentes de Ucrania. Todas ellas están distribuidas en cinco viviendas y un dispositivo con nueve habitaciones. Allí conviven personas procedentes de países como Ucrania, Venezuela, Colombia, Siria, Palestina, Senegal, Nicaragua, Perú, México o Georgia: "Les ayudamos con la documentación, el idioma, la atención psicológica, la formación, la búsqueda de empleo y, sobre todo, les ayudamos a recuperar su vida".

Un equipo formado por once profesionales trabaja para aquellos que desean recuperar cuanto antes la normalidad mediante el acceso a la vivienda, la formación, el empleo, la atención sanitaria y el acompañamiento emocional. Soriano destaca que cada historia es diferente, aunque todas comparten un denominador común: abandonar el lugar donde habían construido su vida para empezar de nuevo en un país desconocido. Eso sí, no es oro todo lo que reluce: "Trabajo encuentran. El gran problema ahora mismo es conseguir que alguien les alquile una vivienda y que puedan asumir el precio". Afortunadamente, y de momento, ese no es el caso de Kira.

Mirar al futuro sin olvidar el pasado

La guerra sigue presente para Kira. No solo porque continúa pendiente de sus familiares, sino porque sabe que el lugar donde creció ya no existe tal y como lo recuerda.

Sin embargo, su discurso está lejos del resentimiento. Habla de aprendizaje, de esfuerzo y de aprovechar cada oportunidad que encuentra. Tiene claro que quiere seguir formándose, trabajar y construir una vida independiente en España. Su historia resume el significado de la palabra resiliencia. No porque haya olvidado lo que ocurrió, sino porque ha conseguido seguir adelante sin renunciar a sus sueños.

Mientras Ucrania continúa inmersa en la guerra, Kira mira al futuro desde Valladolid. Lo hace con la serenidad de quien ha sobrevivido a lo peor y con la ilusión de una joven que, por primera vez en mucho tiempo, sueña con planificar su futuro sin tener que escuchar, desde la ventana, cada bombardeo. Y es que Kira quiere aprovechar cada reto. Acaba de terminar sus prácticas como sumiller en el Hotel Eurostars y espera obtener su certificado profesional para incorporarse al mercado laboral: "Me gusta mucho lo que he hecho. Ahora veremos qué pasa".

Su dominio de cinco idiomas puede convertirse en una ventaja. "En Valladolid hay muchas bodegas y hoteles", añade con una sonrisa. Pero hay otro sueño que sigue intacto: "Me interesa mucho el mundo de la moda. Llevo más de cuatro años como modelo y me encanta. También me gusta mucho el mundo de la comunicación".

Su madre también ha comenzado una nueva etapa. Tras más de doce años como profesora en Ucrania y una larga trayectoria como diseñadora y modista, ha completado un curso de cocina y también realizó sus prácticas en el mismo hotel donde estaba Kira.

"Aquí quiero hacer mi vida"

Aunque piensa todos los días en Ucrania, ya no imagina un posible regreso: "Me gustaría volver para ver a mi abuelo, a mi tío y a mis amigos. Pero no estoy preparada para volver a mi país". Las razones son tan sencillas como devastadoras: "En Ucrania ya no tenemos nada. No tenemos casa, ni piso, nada. Es mejor empezar aquí que volver a empezar allí".

Aun así, cada día llama a su abuelo. Porque la guerra no termina cuando uno consigue escapar... solo cambia de lugar. Ahora lo único que busca es construir una nueva vida en Valladolid, y escuchar a sus familiares al otro lado del teléfono, eso significará que los bombardeos no han podido con una familia que late al ritmo de Kira, una superviviente que, ojalá, nunca pierda la sonrisa.

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