El amargo regreso a casa de los evacuados por el incendio de Almería: "Hemos perdido muchos amigos"

Los residentes repiten el mismo testimonio: fue "un caos" y el fuego avanzó muy rápido. "Todo está tan seco que es como un polvorín"

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El amargo regreso a casa de los evacuados por el incendio de Almería: "Hemos perdido muchos amigos"
Zonas residenciales afectadas por las llamas. (Foto: EFE)
María Alonso / EFE
Lectura estimada: 3 min.
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Con ceniza bajo las puertas y el olor a quemado en las calles, los evacuados de Bédar (Almería) por el devastador incendio de Los Gallardos han comenzado este domingo a regresar a sus hogares: "Hemos perdido muchos amigos", cuenta Irene Matthews a EFE, que aún no sabe cómo estará su casa.

En este municipio almeriense de apenas un millar de habitantes conviven desde hace años vecinos españoles, británicos, belgas y franceses. Desde el interior de su coche y con la misma ropa desde hace tres días, asegura que allí casi todo el mundo se conoce.

Las llamas no llegaron al casco urbano del pueblo, pero sí a cortijos de los alrededores. "Es desgarrador. Hay amigos que lo han perdido todo y otros que han perdido a sus familias. Mentalmente va a costar mucho recuperarse", afirma esta británica que vive desde hace 15 años en Bédar.

Un incendio violento y veloz

Este es el tercer incendio que Irene presencia en la zona, aunque nunca había visto uno avanzar con tanta violencia. "Fue un caos. Todo ocurrió tan rápido que nadie podía hacer más", relata.

El jueves, cuando comenzó este fuego que ha dejado 12 fallecidos y ha quemado 7.000 hectáreas, iba a celebrar su cumpleaños con su hijo.

Convencida de que nadie podía prever la velocidad de las llamas, rechaza la posible irresponsabilidad de quienes han perdido la vida por este fuego: "No es culpa de nadie. Solo había que intentar salir y tener la suerte de seguir aquí".

Reconoce que teme que pueda haber otro incendio: "A partir de ahora siempre pensarás si volverá a empezar en cualquier momento. Con este calor y este viento, todo está tan seco que es como un polvorín", afirma antes de regresar a su hogar.

La vuelta a casa

A pocos metros, Paquita abre por primera vez la puerta de su vivienda. Todavía se emociona al recordar cómo abandonó el pueblo. El sonido insistente de las campanas fue el primer aviso. Poco después, una vecina pasó en coche para advertirles de que debían desalojar el pueblo.

"Me eché a llorar. Solo cogí la bolsa de los medicamentos y nos fuimos", cuenta a EFE esta anciana desde la puerta de su casa.

Ella y su marido, ambos con problemas de salud y dependientes de máquinas de oxígeno, han pasado los últimos tres días refugiados en casa de una sobrina, en Antas, compartiendo habitación con otros familiares. "Estábamos bien allí, pero preocupados porque no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar aquí", explica.

Justo en la casa de enfrente, Rocío abre también por primera vez la puerta desde que el jueves salió corriendo con su bolso y nada más. Antes de entrar descubre una fina capa de ceniza que se ha colado por debajo. "Mira toda la ceniza que ha entrado", comenta mientras señala a la cámara de EFE el suelo de su casa.

"No esperamos que quede mucho"

A diferencia de Rocío y Paquita, Cameron todavía no sabe qué se encontrará al llegar a su vivienda, situada en pleno monte a las afueras de Bédar.

Este británico y su pareja, que llevan dos años y medio viviendo en la zona, decidieron marcharse antes incluso de recibir la alerta oficial. Desde casa vieron cómo el humo se transformaba en llamas que descendían por el valle.

Tres días después, emprenden el camino de regreso con pocas esperanzas. "Vivimos rodeados de vegetación y no esperamos que quede mucho", reconoce a EFE.

Cuenta que, por fortuna, ninguno de sus vecinos o amigos más cercanos figura entre los desaparecidos. "Probablemente sean amigos de amigos, pero todos los nuestros consiguieron escapar a tiempo", explica.

Este domingo, mientras unos vecinos descargan las pocas pertenencias con las que huyeron y otros barren la ceniza acumulada en los portales, Bédar intenta recuperar la normalidad tras un fuego que ha dejado una herida que tardará mucho más en cerrarse que las marcas del fuego sobre la montaña.

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