Derecho a perderse
Cuando llegaban las vacaciones de verano, mis padres solo sabían dos cosas con bastante seguridad: que salía de casa después de desayunar y que, salvo catástrofe, volvería para cenar.
Todo lo que ocurría entre esos dos momentos pertenecía a un territorio maravilloso llamado infancia.
Podía pasar la mañana jugando un interminable partido de fútbol en la plaza, recorriendo el pinar, cayéndome de la bici con mis amigos o intentando, con más ilusión que éxito, robarle un beso a la chica que me gustaba. Mis padres no sabían exactamente por dónde andaba. Y curiosamente, tampoco parecían vivir angustiados por ello.
Su sistema de geolocalización era extraordinariamente sofisticado. Si mi madre quería saber algo de mí, le preguntaba a la primera vecina que encontraba por la calle.
- "Hace un rato estaba con los de siempre".
Y con esa precisión científica se quedaba mucho más tranquila que muchos padres de hoy con tres aplicaciones abiertas en el móvil.
Ahora hemos conseguido un prodigio tecnológico. Si un alumno entra cinco minutos tarde al colegio, el teléfono de sus padres puede enterarse antes incluso de que él haya encontrado su pupitre. Si sale del instituto, otra notificación. Si llega a casa de un amigo, otra más. Como sigamos por este camino, el primer beso de un adolescente dejará de ser un secreto inolvidable para convertirse en una alerta:
- "Su hijo lleva exactamente nueve minutos sin moverse del mismo banco del parque".
No descarto que la próxima actualización del sistema incorpore un detector de flechazos: "Posible enamoramiento en curso". Todo, naturalmente, por su seguridad.
Confieso que esta fiebre por saber siempre dónde están nuestros hijos me produce cierta inquietud.
No porque desprecie la tecnología. Al contrario. Bendita sea cuando sirve para protegernos de un peligro real. Lo que me preocupa es otra cosa: que estemos confundiendo seguridad con vigilancia permanente. Como si querer mucho a alguien consistiera en saber, minuto a minuto, dónde se encuentra.
Nunca habíamos sabido tanto de dónde están nuestros hijos y, quizá, nunca habíamos tenido tantas dificultades para saber cómo están. El mapa nos dice si han llegado al colegio, al entrenamiento o a casa de un amigo. Pero no nos cuenta si van contentos, si tienen miedo, si se sienten solos o si ese día necesitan menos vigilancia y más conversación.
Y me pregunto cuándo aprenderán a gestionar su libertad si nunca tienen ocasión de administrarla. Porque crecer también consiste en equivocarse un poco, improvisar un poco, descubrir un camino nuevo... e incluso inventarse alguna excusa inocente para justificar un retraso.
Hay días en los que tengo la impresión de que ya no basta con llegar. También hay que ir informando del trayecto. "Ya salgo". "Ya llego". "Me quedan cinco minutos". "Estoy aparcando". Vivimos enviándonos partes de situación para tranquilizar a personas que, muchas veces, ni siquiera estaban preocupadas antes de recibir el primer mensaje. Quizá el verdadero problema no sea que la tecnología nos permita saber dónde están los demás. El problema empieza cuando dejamos de considerar normal no saberlo. Porque hay una diferencia enorme entre cuidar a alguien y fiscalizar cada uno de sus movimientos.
Y así, casi sin darnos cuenta, estamos criando una generación magníficamente localizada... y peligrosamente poco acostumbrada a disfrutar de una pequeña parcela de intimidad. Una generación que quizá nunca pueda experimentar esa deliciosa sensación de desaparecer durante unas horas del mapa sin que nadie active una alarma.
Quizá una de las libertades más importantes que deberíamos conservar sea, precisamente, el derecho a perderse. No para desaparecer, sino para aprender a encontrarse.
Y por cierto, siempre terminábamos apareciendo a la hora de cenar.








