Ingeniero técnico agrícola y director general, lideró junto a su hermana Belén la consolidación e internacionalización de una bodega de referencia
Siquem, un espacio para vivir la fe desde Valladolid sin renunciar a ser uno mismo
Un grupo de jóvenes católicos LGTBI demuestra que la fe, la acogida y la diversidad pueden caminar juntas
Hay una frase que resume el corazón del cristianismo: "Dios es amor". Es una afirmación que atraviesa el Nuevo Testamento y que inspira la vida de millones de creyentes en todo el mundo. Los integrantes de Espacio Siquem parten precisamente de esa convicción para vivir su fe. Están convencidos de que el mensaje de Jesús fue, ante todo, un mensaje de encuentro, de misericordia y de acogida hacia todas las personas, especialmente hacia quienes se sentían excluidos o señalados.
Con esa certeza como punto de partida, un grupo de jóvenes católicos LGTBI de Valladolid decidió crear un lugar donde no fuera necesario elegir entre la fe y la propia identidad. Un espacio donde la espiritualidad pudiera vivirse con libertad, sin ocultar quién es cada uno y sin separar aquello que forma parte de la misma persona. Ese lugar existe desde octubre de 2024 y se llama Siquem.
Lejos de cualquier planteamiento de confrontación, el grupo ha nacido con una vocación muy distinta: tender puentes. Sus miembros no pretenden situarse frente a la Iglesia, sino caminar dentro de ella convencidos de que "la diversidad también forma parte del Pueblo de Dios". Su apuesta pasa por el diálogo, el acompañamiento mutuo y la esperanza de que una Iglesia más acogedora es posible.

Un nombre cargado de significado
El nombre elegido no es casual. Siquem es una antigua ciudad bíblica vinculada al conocido pozo de Jacob, escenario del encuentro entre Jesús y la mujer samaritana narrado en el Evangelio de San Juan. Aquel diálogo supuso una auténtica revolución para la época. Jesús rompió barreras religiosas, culturales y sociales para conversar con una mujer considerada extranjera y marginada, ofreciéndole el llamado "agua viva" sin preguntarle antes por su procedencia, su historia o su condición.
Para los integrantes del grupo, ese episodio resume perfectamente la forma de actuar de Jesús: una actitud basada en la acogida antes que en el juicio y en el encuentro antes que en la exclusión. Por eso decidieron llamarse Siquem. "Es un espacio abierto para todos y todas", explican con sencillez cuando se les pregunta por el significado del nombre. No se trata únicamente de una referencia bíblica, sino de toda una declaración de intenciones.
La necesidad de encontrar un hogar
Espacio Siquem nació gracias a la iniciativa de varios jóvenes vinculados al Centro Loyola de Valladolid que compartían una misma inquietud. Todos ellos vivían la fe con intensidad. Todos participaban activamente en la Iglesia. Pero muchos habían experimentado también la dificultad de integrar con naturalidad su orientación afectivo-sexual dentro de algunos ambientes eclesiales.

No buscaban crear una iglesia paralela ni levantar una bandera de oposición. Lo que echaban de menos era algo mucho más sencillo: un lugar donde pudieran rezar, compartir su vida y hablar de Dios sin tener que esconder una parte de sí mismos.
Con el paso de los meses, ese deseo encontró eco en la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) de Valladolid. Tras un proceso de discernimiento compartido, un matrimonio perteneciente a esta comunidad aceptó acompañar al grupo, ayudando a cuidar los procesos personales de cada integrante y favoreciendo un clima de escucha y crecimiento espiritual.
Desde entonces, Siquem ha ido consolidándose como una pequeña comunidad que hoy reúne a catorce personas. El número, aclaran, no responde a ningún límite. "Somos catorce personas porque de manera libre hemos decidido compartir nuestra vida de fe a través de este grupo. Hemos sido menos, en algún momento más, y no hay ningún límite. Si alguien leyese esta entrevista y quisiera venir, sería completamente bienvenido".
Para facilitar ese primer contacto incluso han creado un correo electrónico específico de acogida, reflejando así una de las palabras que mejor define su identidad: acogida@comunidadsiquem.org.
Un lugar donde no hace falta dividir la vida
Quienes forman parte de Siquem coinciden en que uno de los mayores sufrimientos que han encontrado durante su camino de fe ha sido sentir que debían separar dos dimensiones fundamentales de su existencia. Por un lado, la espiritualidad. Por otro, la propia orientación sexual. En el grupo descubrieron que esa división dejaba de tener sentido: "Nace un poco de la idea de compartir un espacio seguro de fe en el que sentirnos libres para hablar de un mismo Dios, sintiéndonos seguros para expresar a quién amamos y sintiéndonos amados por el Padre".
La expresión "espacio seguro" aparece una y otra vez durante la conversación. Más incluso que la palabra inclusión. Porque, explican, no se trata únicamente de aceptar a las personas, sino de ofrecer un lugar donde nadie tenga que vigilar sus palabras o esconder aspectos esenciales de su vida".Es un espacio en el que no tenemos que separar nuestra espiritualidad de nuestra sexualidad". Una idea que resume el sentido profundo de Siquem.

Sus miembros reconocen que, socialmente, todavía existe la percepción de que ser creyente y pertenecer al colectivo LGTBI son dos realidades incompatibles. Y consideran que esa visión aparece tanto dentro como fuera de la Iglesia: "Muchas personas piensan que esto que hacemos es una incongruencia. Se preguntan cómo puedes formar parte de la Iglesia cuando creen que no te aceptan. Pero la realidad es mucho más compleja".
Frente a esa percepción, ellos hablan desde la experiencia. Una experiencia marcada por la convicción de que Dios nunca les ha dejado de amar. "Yo nunca me he sentido menos amada por Dios por mi sexualidad. Jamás. Siempre he creído en un Dios y en una Iglesia en la que cabemos todos y todas, independientemente de cuál sea nuestra condición".
No todos los testimonios han sido iguales. Algunos crecieron en ambientes más abiertos y conciliaron ambas dimensiones con relativa naturalidad.Otros vivieron procesos mucho más dolorosos: "He vivido en un ambiente más conservador y durante mucho tiempo no quería reconocer mi orientación precisamente porque pensaba que la Iglesia condenaba cualquier relación entre personas del mismo sexo".
Precisamente por esa diversidad de experiencias, Siquem no pretende ofrecer respuestas idénticas para todos, sino acompañar cada proceso personal con respeto. Porque, como repiten sus integrantes, cada historia necesita sus propios tiempos. Y cada persona merece ser escuchada desde donde se encuentra.
Una comunidad donde la vida se comparte desde la fe
Aunque el grupo se reúne oficialmente el tercer domingo de cada mes, quienes forman parte de Siquem insisten en que lo importante no es la periodicidad de los encuentros, sino lo que ocurre cuando se sientan juntos.
No hay jerarquías. No hay discursos preparados. Tampoco grandes debates teóricos sobre moral o doctrina. Lo que existe es un espacio donde cada persona llega con la mochila de su vida y encuentra a otros dispuestos a escucharla: "Lo que tratamos es de compartir vida y oración. Desde ahí nos vamos sosteniendo, nos vamos acompañando e intentamos descubrir el paso de Dios por nuestra vida".
La reunión comienza siempre con un momento de silencio y de oración preparado por alguno de los miembros del grupo. Es una forma de dejar atrás el ritmo acelerado de la semana y ponerse, como ellos dicen, "en presencia del Señor". Después llega el momento más importante: cada uno comparte cómo ha vivido el último mes. Hablan de sus alegrías, de sus preocupaciones, del trabajo, de la familia, de las relaciones personales, de los momentos de duda, de los proyectos que empiezan o de las dificultades que atraviesan. Pero siempre intentando mirar todo ello desde la fe.

"No es un grupo de autoayuda", explican sonriendo. "Hablamos de la vida, pero tratamos de descubrir dónde está Dios en todo eso que nos ocurre". Esa mirada cambia completamente el sentido de las conversaciones. No se trata únicamente de contar problemas, sino de intentar reconocer cómo Dios se hace presente en la realidad cotidiana.
"Creemos que Dios se encarna precisamente donde estamos nosotros. La comunidad sirve para ayudarnos a descubrir por dónde pasa Dios en nuestra propia vida y por dónde nos llama a ser más felices", afirman.
Para orientar la reflexión suelen apoyarse en algún libro, aunque insisten en que nunca es una obligación ni constituye el centro del encuentro. Es simplemente una herramienta que ayuda a rezar y a profundizar. Este año trabajan sobre una obra titulada 'Diez caminos de reconciliación', un título que resume bien el espíritu del grupo.
"Muchas personas hemos pensado durante años que ser católico y ser LGTBI era incompatible. Ese libro nos ayuda precisamente a reconciliar esas dos dimensiones", cuentan.
Mucho más que hablar de orientación sexual
Uno de los aspectos que más quieren subrayar es que Siquem no es un grupo donde únicamente se habla de diversidad afectivo-sexual. De hecho, dicen que esa es una idea equivocada bastante extendida: "Nosotros caminamos juntos y compartimos todo lo que nos pasa en la vida, incluida nuestra sexualidad, pero no solamente eso".
En una misma reunión puede haber quien llegue preocupado por un conflicto laboral, quien esté atravesando una crisis familiar o quien quiera compartir una buena noticia. A veces todo el tiempo se dedica a escuchar a una única persona. Otras veces hay espacio para reflexionar sobre el libro del curso o para conversar sobre algún testimonio invitado.
Por el grupo han pasado matrimonios que han adoptado hijos, personas comprometidas con proyectos sociales, religiosos, laicos y figuras relevantes dentro de la Iglesia que han querido compartir su experiencia de fe y de acogida. Todo ello forma parte de un camino que busca crecer como comunidad antes que convertirse en un foro reivindicativo.
"Nosotros creemos en un Dios para el que nada de lo humano le es ajeno. Creemos en un Jesús acogedor, misericordioso y profundamente humano. Esa es la forma en la que queremos vivir la fe", narran.

Un espacio seguro
Durante toda la conversación hay una expresión que se repite constantemente: "Espacio seguro". Es probablemente la definición que mejor resume qué significa Siquem para quienes forman parte de él: "A mí me gusta mucho decir que no es solo un espacio inclusivo. Es un espacio seguro". La diferencia es importante.
Muchos de ellos han participado durante años en grupos parroquiales, movimientos juveniles o comunidades cristianas donde nunca sintieron un rechazo explícito, pero sí la necesidad de ocultar una parte de su vida: "Yo he estado en grupos católicos donde no podía decir que soy bisexual o que me atraen los hombres. Aquí sí puedo hacerlo".
No se trata únicamente de poder pronunciar una palabra, se trata de vivir sin miedo; sin calcular cada conversación; sin preguntarse constantemente qué pensarán los demás: "Hay personas que entienden perfectamente lo que supone haber vivido esa tensión y aquí puedes mostrarte tal y como eres".
El grupo cuida especialmente los distintos ritmos personales.Hay miembros que hablan con total naturalidad de su orientación sexual en cualquier ámbito de su vida; otros todavía no lo han contado en casa; algunos no lo han hecho en su trabajo; y todos encuentran el mismo respeto: "Cada uno tiene su proceso. Hay quien es más visible y quien lo es menos. Hay quien ya ha hablado con su familia y quien todavía no ha podido hacerlo. Lo importante es respetar los tiempos de cada persona".
Ese cuidado explica también que el grupo nunca haya buscado una exposición pública constante. Sus integrantes participan en encuentros, organizan oraciones abiertas durante la semana del Orgullo y acuden a distintas iniciativas eclesiales, pero rehúyen cualquier forma de confrontación: "Nuestra intención nunca ha sido hacer ruido".

Prefieren otra forma de transformar la realidad. Una presencia tranquila; constante; visible, pero serena: "Queremos que se sepa que estamos aquí. No para enfrentarnos a nadie, sino para decir que esta también es una realidad de la Iglesia".
Vivir el Evangelio desde el ejemplo
Los miembros de Siquem insisten en que su principal forma de reivindicación no consiste en levantar pancartas ni protagonizar enfrentamientos. Su manera de hacer visible la realidad que viven pasa por el testimonio cotidiano: "Reivindicamos desde nuestra propia vida".
Recuerdan que Jesús tampoco buscó imponerse mediante el enfrentamiento. Recorrió pueblos y caminos encontrándose con las personas una a una, escuchándolas y acompañándolas: "Nuestro estilo intenta parecerse a ese. Queremos dialogar, tender puentes y caminar con humildad".
Por eso consideran que cada pequeño gesto tiene valor. Acudir juntos a una celebración; participar en una oración abierta; peregrinar a Roma; mostrar con naturalidad quiénes son. Todo ello constituye, para ellos, una forma silenciosa de ir construyendo una Iglesia donde cada vez más personas descubran que no tienen que esconder ninguna parte de sí mismas para vivir el Evangelio.
"Simplemente queremos vivir nuestra fe siendo quienes somos". Y esa sencillez, lejos de convertirse en un gesto de confrontación, es precisamente la mayor fortaleza de un grupo que ha decidido construir comunidad desde la confianza, la escucha y el convencimiento de que el amor de Dios nunca excluye a nadie.

Cuando la esperanza encuentra un rostro
Otra palabra que aparece continuamente durante la conversación con los integrantes de Siquem es "esperanza". No la pronuncian desde la ingenuidad ni desde el desconocimiento de las dificultades que todavía existen dentro de la Iglesia. La utilizan porque consideran que, pese a todo, algo está cambiando.
"Nosotros percibimos que hay muchos espacios donde se nos apoya, se nos acompaña y se nos alienta. A veces no de una forma muy pública, pero existen muchas puertas abiertas". Ese mensaje es importante para ellos. Porque reconocen que durante años el relato sobre la relación entre la Iglesia y las personas LGTBI ha estado marcado casi exclusivamente por el conflicto.
Sin negar esas heridas, quieren mostrar también otra realidad. La de sacerdotes que acompañan; la de comunidades que acogen; la de laicos que entienden que la diversidad forma parte de la Iglesia: "Muchas veces parece que solo vemos el lado del enfrentamiento, pero nosotros también hemos encontrado muchísima gente que nos ha ayudado a seguir caminando".
Cada uno habla desde una experiencia distinta. Algunos crecieron en entornos eclesiales abiertos donde nunca sintieron que Dios dejara de amarles; otros, en cambio, atravesaron auténticos conflictos interiores: "He vivido una etapa en la que no quería aceptar mi orientación porque pensaba que era incompatible con mi fe".
Otro de los jóvenes recuerda cómo llegó incluso a alejarse de la Iglesia: "No sabía si lo que estaba viviendo era coherente. Pensé que tenía que elegir entre una cosa y otra".

Precisamente por haber recorrido esos caminos tan diferentes, en Siquem nadie pretende imponer un relato único. Cada historia es distinta. Cada proceso tiene su ritmo. Y cada persona necesita tiempos diferentes para reconciliar su fe con su propia vida.
"Nunca he dejado de sentirme amado por Dios"
Si algo une a todos los testimonios es la convicción de que, incluso en los momentos más difíciles, Dios nunca dejó de acompañarlos: "Yo jamás me he sentido juzgada por Dios por mi sexualidad".
La frase llega sin dramatismos, con absoluta serenidad: "Siempre he creído en un Dios y en una Iglesia en la que cabemos todos".
Para otros, ese convencimiento fue llegando poco a poco, después de años de dudas; de silencios; de miedo; de intentar esconder una parte de sí mismos. Por eso insisten en que el mayor regalo que ofrece Siquem no es una respuesta doctrinal: es la posibilidad de descubrir que no están solos, que otras personas han recorrido caminos parecidos. Y que compartir esas experiencias ayuda a sanar muchas heridas: "Cuando llegas aquí descubres que no eres un caso aislado. Hay más personas que han vivido lo mismo que tú".
Uno de los acompañantes resume esa experiencia con una frase sencilla: "La comunidad sirve para sostenernos unos a otros".
Roma, una experiencia que marcó un antes y un después
Uno de los momentos más emocionantes vividos por el grupo llegó durante el Jubileo LGTBI celebrado en Roma en 2025. Los integrantes de Siquem todavía recuerdan aquellos días con emoción. Participaron junto a creyentes llegados desde numerosos países del mundo.
Había jóvenes; matrimonios; religiosos; sacerdotes; personas mayores; familias enteras... Una Iglesia plural reunida para rezar.
"Lo que más nos sorprendió fue la normalidad". No hubo enfrentamientos. No hubo manifestaciones agresivas. No hubo escándalos. Simplemente miles de creyentes compartiendo su fe.
"Veías grupos de estadounidenses, de polacos, de alemanes... personas muy distintas unidas por la misma experiencia".
Una de las imágenes que más les impresionó fue la de una pareja alemana de más de setenta años. Habían esperado toda una vida para poder vivir algo así: "Estaban emocionadísimas de poder vivir su fe y su amor sin sentirse fuera".
Aquella escena resume, quizá mejor que ninguna otra, el significado de aquel encuentro. No era una reivindicación política. Era una celebración espiritual.

"Restablecer la dignidad de la persona"
Pero hubo un instante concreto que todavía hoy emociona a quienes estuvieron allí. Durante una de las celebraciones litúrgicas, el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana pronunció una frase que quedó grabada en la memoria de muchos asistentes: "Jubileo significa restablecer la dignidad de la persona, incluso la de aquellos a los que se les ha negado durante años".
En la basílica se hizo un silencio absoluto. Y, segundos después, toda la asamblea rompió en un largo aplauso: "Fue impresionante".
Uno de los miembros de Siquem reconoce que difícilmente olvidará aquel momento: "Era la primera vez que escuchaba en una homilía decir con tanta claridad que había personas a las que durante mucho tiempo se les había negado esa dignidad".
Muchos lloraban. Otros simplemente permanecían en silencio. Todos compartían la sensación de estar viviendo un momento histórico: "No era solo una frase. Era sentir que alguien ponía palabras a lo que tantas personas habían sufrido".
Papa Francisco
Los miembros del grupo reconocen también la importancia que tuvo el pontificado del papa Francisco para muchas personas creyentes del colectivo. Recuerdan especialmente aquella Jornada Mundial de la Juventud en la que el Pontífice insistió en que en la Iglesia había sitio para todos: "Aquello nos dio muchísima fuerza".
No hablan de cambios inmediatos. Tampoco de soluciones definitivas. Hablan de un cambio de clima; de una manera distinta de acercarse a las personas: "Creemos que muchos sacerdotes se sintieron también más libres para acompañar y acoger".
A su juicio, ese nuevo contexto permitió que muchas comunidades comenzaran procesos que años antes parecían impensables: "No todo cambió de un día para otro, pero sentimos que se abrían caminos".

Resistir sin perder la alegría
Los integrantes de Siquem saben que todavía quedan cuestiones abiertas. No lo ocultan. Pero tampoco quieren que su historia quede reducida a una lista de dificultades. Prefieren hablar de resistencia. Una resistencia entendida no como enfrentamiento, sino como perseverancia: "Nos apoyamos unos a otros para seguir caminando".
Hablan de celebrar las pequeñas victorias. Cada gesto; cada puerta que se abre; cada sacerdote que acompaña; cada familia que comprende; cada comunidad que acoge. "Las cosas cambian poco a poco".
Una de las jóvenes resume esa idea con una imagen muy sencilla: "La gota de agua termina siempre haciendo camino". Y quizá ahí resida la esencia de Siquem. No en cambiar la Iglesia de un día para otro. Sino en contribuir, con paciencia y humildad, a que cada vez haya menos personas que sientan que deben abandonar su fe para poder vivir con autenticidad.
"Nosotros creemos que otra Iglesia es posible". No una Iglesia distinta del Evangelio. Sino una Iglesia que se parezca cada vez más al Jesús que ellos descubren en las páginas del Nuevo Testamento: un hombre que nunca preguntó primero quién era digno de ser amado antes de salir a su encuentro.
"Dios nos ha creado tal y como somos"
Durante la conversación aparece una frase que resume quizá mejor que ninguna otra el espíritu del grupo. "Tú eres perfecto. Dios te ha creado perfecto". No es un eslogan preparado. Es una frase que, cuentan, repiten muchas veces a quienes llegan con miedo, con dudas o con la sensación de haber perdido su sitio dentro de la Iglesia.
"Así es como nos sentimos en este espacio. Dios nos ha creado así. Luego todos nos equivocamos, todos cometemos errores, como cualquier persona, pero nuestra forma de amar no nos hace menos dignos de su amor". Las palabras no nacen desde la confrontación, sino desde una profunda experiencia espiritual.

"Cuando estás en paz contigo mismo por lo que sientes hacia otra persona, eso no puede venir de un lugar malo. Nosotros creemos que esa paz también es un regalo de Dios". Es una convicción que se ha ido fortaleciendo con los años, gracias al acompañamiento mutuo y al descubrimiento de que otras muchas personas creyentes han recorrido caminos similares.
Porque, recuerdan, nadie elige de quién se enamora. Pero sí puede elegir cómo vivir ese amor y cómo compartir su fe.
El pozo donde muchos vuelven a encontrarse
En el Evangelio de Juan, Jesús se detiene junto al pozo de Jacob, en Siquem, para hablar con una mujer que la sociedad de su tiempo miraba con recelo. Aquel encuentro cambió la vida de aquella mujer porque alguien decidió escucharla antes de señalarla.
Dos mil años después, ese mismo nombre da identidad a un pequeño grupo de jóvenes que, desde Valladolid, intenta reproducir aquella escena en el presente. No buscan protagonismo. No pretenden convencer a nadie mediante el enfrentamiento. Simplemente quieren que ninguna persona tenga que abandonar su fe por sentirse diferente. Que nadie vuelva a creer que el amor de Dios tiene destinatarios de primera y de segunda. Que quien entre por la puerta de una iglesia pueda hacerlo sin miedo. Y que el Evangelio siga siendo, como lo fue en tiempos de Jesús, una buena noticia para todos.
Porque, al final, Siquem no es solo el nombre de un grupo. Es el símbolo de un lugar donde la fe deja de ser un motivo de conflicto para convertirse, de nuevo, en un camino compartido. Un lugar donde la acogida pesa más que el prejuicio, donde el diálogo vence al miedo y donde la esperanza sigue encontrando espacio para crecer. Quizá por eso quienes forman parte de esta comunidad hablan tan poco de reivindicación y tanto de encuentro. Porque están convencidos de que las transformaciones más profundas comienzan, casi siempre, cuando alguien se siente escuchado, reconocido y amado. Y esa, creen ellos, fue también la forma de caminar de Jesús.
Un grupo de jóvenes católicos LGTBI demuestra que la fe, la acogida y la diversidad pueden caminar juntas
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