Columna entre miradas
Lo primero en lo que solemos fijarnos al conocer a alguien es en sus ojos. Más aún, en su mirada. Puede que la verdadera carta de presentación de una persona sea la forma que tiene de observar el mundo.
Con recelo, desconfianza, miedo o esperanza.
Porque el mismo cielo no lo miro yo de la misma forma que lo haces tú. O mi amiga, la que acaba de despedirse de su padre para siempre. Ni lo mira igual quien tiene que hacerlo a través de la ventana enrejada de su celda.
Hace unas semanas me dio por reflexionar sobre la importancia de cómo decidimos mirar el mundo. O de cómo nuestras circunstancias distorsionan una realidad aparentemente idéntica.
Y fue durante un trayecto en autobús, mientras compartía el viaje con seis internos del centro penitenciario.
Como es habitual en los días que corren, mis ojos pasaron parte del camino recorriendo palabras sin importancia en la pantalla del teléfono móvil. Algo extraordinariamente alejado del interés de quienes hacía demasiado tiempo que no contemplaban un horizonte.
Los observaba mirar por la ventana, casi sin parpadear, no fuera a ser que se perdieran algún detalle de algo que yo estoy acostumbrada a ver sin mirar.
La misma carretera. El mismo bache. La misma curva a la izquierda. El mismo semáforo que dura demasiado tiempo en rojo. Lo que yo acostumbro a ver, ellos lo miraban como si fuera la primera vez.
Ya en Valladolid, recorrimos las calles cerca de San Pablo. El mismo local. La misma plaza. El mismo cartel colgado sobre el after por excelencia de la ciudad. Pero sus ojos parecían descubrir rincones que los míos habían visto demasiadas veces.
Puede que esa sea la gran diferencia entre ver y mirar.
Una persona levantará la vista al cielo y solo encontrará nubes. Otra descubrirá en ellas la promesa de la lluvia, o el recuerdo de alguien que ya no está.
"Cuánta vida" se escuchó mientras recorríamos el Paseo Zorrilla en autobús. Ese trayecto fue silencioso. Los veía sonreírle de forma tímida al cristal, como si aquello que estaban viendo fuese lo más bello que habían visto nunca. Y, quizás, sí lo fuera. No por lo que estaban mirando, sino por cómo lo hacían.
A veces pienso que vivimos tan deprisa que terminamos confundiendo lo cotidiano con lo insignificante. Dejamos de mirar aquello que está ahí todos los días: una fachada iluminada por la tarde, una conversación ajena en una terraza, el cielo cambiando de color sobre una avenida cualquiera.
Quizá por eso aquel viaje me dejó dando vueltas a una idea muy sencilla: dos personas pueden recorrer la misma calle y no estar, en realidad, en el mismo lugar. Una puede caminar pensando en llegar pronto a casa. Otra puede hacerlo sintiendo que, durante un rato, el mundo vuelve a abrirse ante sus ojos.
No sé si elegimos siempre nuestra forma de mirar. A veces nos la impone la vida, con sus ausencias, sus miedos o sus barrotes. Pero quizá sí podamos recordar que aquello que para nosotros ya no tiene misterio puede seguir siendo extraordinario para alguien.
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