El desaliento

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El desaliento
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 4 min.
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Algo se ha roto en la relación entre muchos ciudadanos y la política que decía hablar en su nombre. No es escepticismo ni cinismo. Es desaliento. Y entender de dónde viene es más urgente que cualquier otro diagnóstico político.

Las fuerzas políticas que han hecho del feminismo, la dignidad y la protección de los vulnerables no solo un programa sino una identidad, han acumulado durante décadas un capital moral que no es retórico: se traduce en leyes, en derechos conquistados, en instituciones que antes no existían. Ese capital es real y es frágil. Real porque ha cambiado vidas concretas. Frágil porque también depende, más que cualquier otro activo político, de la coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace.

Esa coherencia se quiebra hoy en dos niveles. El primero es moral: cuando quienes proclaman defender a las víctimas encubren a los agresores, cuando el aparato cierra filas no en torno a los principios sino en torno a los suyos, se destruye algo más que la credibilidad de unos dirigentes. Se destruye la credibilidad de la causa entera.

El segundo nivel es intelectual, y es menos visible pero igualmente devastador. Demasiados cuadros dirigentes fueron elegidos no por su capacidad de pensar sino por su disposición a cerrar filas. Para formar un bloque sólido, no para generar ideas ni para responder a los ciudadanos con argumentos. No es un reproche personal: es la consecuencia lógica de un modelo que confundió la lealtad con la capacidad. Hay una diferencia fundamental entre quien calla porque calcula y quien calla porque el sistema nunca le exigió otra cosa. El primero miente: sabe lo que hace y podría elegir de otro modo. El segundo es producto de ese modelo. Y esa ausencia es más difícil de corregir que la mentira, porque quien no tiene nada que decir no siempre sabe que le falta algo. El vacío no se ve desde dentro.

Estos dos silencios ,el cómplice y el vacío, se refuerzan y se confunden hasta volverse indistinguibles. Una organización que tapa sus vergüenzas y una organización que no sabe nombrarlas producen el mismo resultado visible: el mutismo ante la exigencia ciudadana, la consigna donde debería haber argumento, la gestión del escándalo donde debería haber crisis y rendición de cuentas. La diferencia entre ambos silencios importa para entender el diagnóstico. No importa nada para quien espera una respuesta y no la recibe. Para ese ciudadano, lo que queda es la misma evidencia: que el poder ha dejado de ser un medio. Que se ha convertido en el único principio real.

Theodor W. Adorno advertía que la barbarie en sociedades sofisticadas no aparece de golpe, sino cuando lo vergonzoso deja de avergonzar. Lo específicamente grave no es que existan comportamientos indecentes ,los hay en todas partes y siempre los ha habido, sino que hayan dejado de provocar la crisis interna que debería seguirles. Que se gestionen. Que se amortigüen. Que se sobreviva a ellos sin rendir cuentas. Esa asimetría ,rigor implacable hacia fuera, manga ancha hacia dentro, es el verdadero escándalo. Y en un momento en que la derecha y la extrema derecha esperan precisamente esa grieta para desmantelar lo construido ,una derecha que la alimenta, que ha hecho de la judicialización de la política un instrumento de acoso, que carga con una historia de corrupción estructural incomparablemente mayor y que carece de toda autoridad moral para exigir a otros lo que ella misma no ha practicado ni practicará, aunque no por eso deje de hacerlo, señalar los propios errores con el propósito de corregirlos es la única respuesta a la vez ética e inteligente.

Pero la respuesta no llega. Y lo que produce esa espera no es indignación. La indignación todavía supone una relación activa con la posibilidad del cambio. Lo que produce es algo más frío y más devastador: desaliento. El desaliento no es resignación ni cinismo; es el momento en que alguien deja de indignarse no porque haya aceptado la situación sino porque ha perdido la creencia de que resistirse sirva para algo. Es lo que ocurre cuando una generación descubre, sin que haya un momento exacto en que suceda, que quienes hablaban en su nombre no habitaban sus propias palabras. Que no tenían, muchas veces, ni siquiera palabras propias.

Una institución se reforma. Un partido se renueva. Pero el desaliento instalado en quienes aprendieron a no esperar nada no tiene programa que lo revierta. Y una democracia que necesita defensores activos no puede permitirse seguir perdiéndolos. La hipocresía defrauda: deja la herida de quien descubrió que le engañaron. La mediocridad produce algo distinto y más hondo: el descubrimiento de que no había nada detrás. Que el silencio no era estratégico sino constitutivo. Que no había pensamiento que censurar porque nunca hubo pensamiento. Ese vacío, a diferencia de la traición, no deja ni siquiera la dignidad de la decepción.

Pero tampoco es inevitable. Lo que se ha vaciado puede volver a llenarse. Si quienes aún pueden hacerlo deciden que la coherencia no es un lujo sino la única forma de merecer lo que dicen defender. Y lo que muchos ciudadanos esperan.

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