Un Valladolid de crímenes: el loco que marcó para siempre a San Pelayo

Un panadero del pequeño municipio asesinó a dos familiares e hirió gravemente a un tercero en uno de los episodios más estremecedores de la crónica negra castellana

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Un Valladolid de crímenes: el loco que marcó para siempre a San Pelayo
El autor esMiguel Ángel  Fernández
Miguel Ángel Fernández
Lectura estimada: 4 min.

La tarde del 25 de noviembre de 1900 quedó grabada para siempre en la memoria de San Pelayo. Aquel pequeño municipio asentado sobre los Montes Torozos, a poco más de treinta kilómetros de Valladolid, dejó de ser un rincón anónimo de la geografía castellana para convertirse en escenario de uno de los sucesos más violentos y sobrecogedores de la crónica negra de principios del siglo XX.

El autor de aquella tragedia fue Victoriano Rodríguez Prieto, panadero de profesión, hombre conocido por su carácter pendenciero y su afición desmedida al alcohol. Aquella jornada dominical, según relataron entonces distintos testimonios, había pasado varias horas en una taberna del pueblo entre vasos de vino y partidas de cartas. Cuando abandonó el establecimiento ya caía la tarde y, posiblemente, también el peso de la embriaguez sobre sus hombros.

Pero lo que parecía una discusión más en una pequeña localidad rural terminó convirtiéndose en un baño de sangre.

A escasos metros de su vivienda se cruzó con su sobrina, Vicenta García, una joven de unos 27 años que llevaba en brazos a su hijo de apenas siete meses. Victoriano estaba obsesionado con unos comentarios que algunos familiares hacían sobre él y que interpretaba como una afrenta a su honor. Bastó un reproche, una palabra o quizás una mirada para desatar la tragedia.

Sin apenas mediar más discusión, el panadero sacó una navaja albaceteña que, según declararía después, le había costado dos pesetas, y asestó a la joven una brutal cuchillada en el cuello. Vicenta cayó desplomada al suelo con el bebé atrapado bajo su cuerpo, mientras la sangre comenzaba a extenderse por la calle ante los gritos desgarradores de los vecinos.

Las voces de auxilio alertaron rápidamente a Aniceto Hernández, marido de la víctima, que salió corriendo de la vivienda. El joven apenas tuvo tiempo de abrazar a su esposa moribunda cuando recibió una nueva puñalada por la espalda. La herida, localizada en la región escapular izquierda, estuvo a punto de costarle también la vida y le mantuvo semanas recuperándose.

El segundo asesinato

Lejos de detenerse, Victoriano continuó dominado por la violencia. Uno de sus sobrinos, Ángel Salgado, horrorizado por lo sucedido, le recriminó el asesinato de Vicenta. Aquella reacción le costó la vida.

El agresor se volvió entonces contra él y le clavó la navaja en el abdomen. La herida le provocó una gravísima peritonitis de la que fallecería apenas un día después, elevando a dos las víctimas mortales de una jornada que sembró el pánico en San Pelayo.

Consciente de la magnitud de lo ocurrido, Victoriano emprendió una huida desesperada. En un intento confuso de escapar o quizá de acabar con su vida, llegó hasta una fábrica de harinas en Torrelobatón y se arrojó a una presa. Sin embargo, salió ileso del agua y continuó caminando, completamente empapado, hasta el molino donde trabajaba su hermano. Allí terminó confesando los hechos.

La noticia del doble crimen se propagó rápidamente por la comarca. Dos agentes de la Guardia Civil lograron detener al agresor poco después y lo trasladaron al Juzgado de Mota del Marqués. Ante el juez, Victoriano confesó sin rodeos los asesinatos y llegó incluso a creer que había matado a tres personas.

El caso provocó una enorme conmoción en la provincia vallisoletana. En una España todavía rural, donde los sucesos violentos sacudían profundamente a comunidades pequeñas y aisladas, el crimen de San Pelayo se convirtió en tema de conversación durante meses.

Un juicio marcado por el alcohol

El proceso judicial arrancó en mayo de 1901 en la Audiencia Provincial de Valladolid. La expectación fue máxima. Vecinos y curiosos acudieron para ver de cerca al hombre que había llevado el horror a uno de los pueblos más tranquilos de los Montes Torozos.

Durante el juicio, tanto el acusado como su abogado intentaron atribuir la responsabilidad de lo ocurrido al consumo masivo de alcohol. Victoriano aseguró haber ingerido nueve cuartillos de vino aquella tarde, aunque algunos testigos sostuvieron que la cantidad pudo ser incluso mayor.

La acusación particular y el fiscal solicitaron para él dos penas de muerte, además de indemnizaciones superiores a las 30.000 pesetas para las familias de las víctimas. La sentencia fue contundente: condenado a la última pena. Sin embargo, el destino aún le reservaba un inesperado giro.

El indulto de Alfonso XIII

Pese a la dureza del fallo, Victoriano Rodríguez Prieto nunca llegó al garrote vil. Con motivo de la coronación de Alfonso XIII, la Corona concedió varios indultos y conmutaciones de pena, entre ellos la del asesino de San Pelayo.

Aquella decisión no estuvo exenta de polémica. En una comarca todavía conmocionada por el crimen, muchos jamás comprendieron que el responsable de semejante atrocidad lograra salvar la vida.

Décadas después, ya en los años veinte, Victoriano abandonó la cárcel convertido en un hombre envejecido, aunque no necesariamente rehabilitado. Según recogen algunas referencias posteriores, volvió a tener problemas con la justicia tras verse implicado en un nuevo episodio violento con un vecino.

El tiempo borró muchas huellas de aquel otoño sangriento, pero en San Pelayo aún resuena, más de un siglo después, el eco de uno de los sucesos más oscuros de la historia provincial.

 

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