No a la guerra

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No a la guerra
Captura del video de los momentos posteriores al bombardeo de una escuela en la ciudad de Minab (Irán). EFE/MEHR Persian/Manoto-1 TV/Iran International
El autor esPedro Santa Brígida
Pedro Santa Brígida
Lectura estimada: 3 min.
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"España es una referencia internacional en defensa de la paz", ha dicho nuestro presidente del Gobierno en el Congreso de los Diputados. Además de que la maquinaria de marketing electoral de Moncloa se lo haya escrito en el correspondiente discurso, supongo que también se lo cree, como quienes le atribuyen dotes de un estadista que pasará a la historia. Para rematar el concepto, Pedro Sánchez exigió en solemne tono ante los representantes del pueblo español "que esta guerra pare".

Que cada cual opine lo que considere oportuno. Personalmente, creo que este país no pinta nada en el contexto internacional. Ni en la OTAN ni en la Unión Europea, a la vista de los acontecimientos de los últimos tiempos. Desde que tengo uso de razón periodística, contemplo intrigado como a partir de Suárez y Calvo Sotelo, todos los presidentes que he conocido han acudido extasiados a la política internacional cuando las cosas de casa se han puesto excesivamente feas. El lógico desgaste que produce la gobernanza les ahuyenta del interior, al tiempo que les anima a figurar más en el escaparte exterior. Dicen los politólogos - y los psicólogos - que es natural que así ocurra.

Dar explicaciones a la oposición, incluso a los partidos que les apoyan, tiene que ser tedioso para quienes han alcanzado el mayor puesto político de un país. El ego de la poltrona máxima por lo visto se comporta así. Mientras los mortales bregamos en tierra firme, algunos dirigentes levitan sobre nuestras cabezas, ajenos al mundo real, subidos de registro ante tanta adulación de tanto pelota interesado. Lo peor es que cuando dejan el puesto los síntomas continúan.

Dados los recientes resultados electorales y ante las previsiones de futuro de los sondeos de opinión (salvo el CIS), Pedro Sánchez se ha agarrado al clavo ardiendo del famoso No a la Guerra del año 2003. Ha desempolvado el eslogan de su maestro Zapatero, en un evidente intento de retrotraernos dos décadas atrás mediante el comodín de la polarización. El presidente asimila a Bush con Trump, a Irak con Irán, revive la oposición a Aznar y, de paso, nos presenta su nuevo patriotismo: "oponerse a una guerra ilegal". Tanto asesor para tan poca originalidad.

Definitivamente, a unos cuantos se les ha ido la pinza. Y la vergüenza. No a la guerra, pero seguimos comerciando en materia armamentística con EE.UU. e Israel, los malos del presente conflicto bélico, a juicio del mismísimo Gobierno. De hecho, cada vez gastamos más en el asunto, mientras izamos banderas de paz a modo de mera propaganda dialéctica. Muy simples debemos ser los ciudadanos porque nos toman por el pito de un sereno. O quizá es que pasamos de casi todo porque vivimos inmersos en nuestras batallas cotidianas.

Estoy en contra de la guerra, por supuesto. También estoy contra las dictaduras de toda índole, incluidas las teocracias o las pseudodemocracias, contra el abuso de poder, contra la gestión negligente de la cosa pública, la injusticia social… No me gusta Trump, tampoco Putin o Xi Jinping y tantos otros. Y puestos a citar lamentaciones, manifiesto mi indignación porque la asesina y ex jefa de ETA Soledad Iparraguirre, alias Amboto, haya sido agraciada con un régimen de semilibertad tras 14 muertes conocidas a sus espaldas y con condenas de más de 600 años de cárcel. Después de cumplir prisión por delitos en Francia, ha permanecido en esta situación tan sólo seis años en España. Ni ha pedido perdón o mostrado arrepentimiento ni ha colaborado con la justicia en el esclarecimiento de ciertos crímenes.

Veremos cómo acaba la guerra de Oriente próximo y de qué manera influye, si es que lo hace, en la política española porque en las economías domésticas seguro que sí.

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