Corpore sano in mens sana
Cuando uno se prejubila descubre algo que nadie le había contado con suficiente claridad: la jubilación no es exactamente un destino, sino más bien un pequeño abismo.
Durante décadas nuestra vida se organiza alrededor de una rutina muy sólida. Un trabajo, unas responsabilidades, un horario, unas preocupaciones que, aunque a veces nos pesen, también nos sostienen. Y de repente, un día, ese andamiaje desaparece.
Es entonces cuando surge un vértigo desconocido, el vértigo de qué hacer con el tiempo y con uno mismo.
He observado que muchos jubilados afrontan este momento con una lógica aparentemente impecable. Después de toda una vida de trabajo, toca descansar. Pasear más, ver más televisión, jugar más al mus, cuidar el jardín o viajar cuando se pueda.
Nada de eso está mal. Al contrario. Pero sospecho que a veces cometemos un error silencioso y nocivo: olvidamos ejercitar el "músculo" más importante que tenemos: "El cerebro".
Vivimos en una época en la que se habla mucho de mantenerse activo físicamente. Caminar diez mil pasos al día, hacer pilates, montar en bicicleta o nadar. Todo eso está muy bien, pero con frecuencia olvidamos que la verdadera gimnasia que retrasa el envejecimiento es la gimnasia intelectual.
Leer. Pensar. Aprender. Discutir ideas. Enfrentarse a algo nuevo.
Hace años se me quedó grabada una reflexión de uno de mis maestros, el gran Abogado Antonio Garrigues Walker. Su propuesta era provocadora: jubilarse de lo que uno domina para empezar algo de lo que no se sabe nada o casi nada, algo que te coloque en una posición infantil.
En mi caso, esa aventura ha sido matricularme en el Grado de Periodismo con más de sesenta años. A mi alrededor hay compañeros que podrían ser mis nietos. Convivir con jóvenes tiene un efecto contagioso: su naturalidad ante la tecnología, su forma directa de debatir y su entusiasmo por lo nuevo se convierten en un estímulo permanente. Lejos de sentirme fuera de lugar, he descubierto algo inesperado: su compañía me rejuvenece intelectualmente.
Y entonces uno descubre algo curioso: volver a ser aprendiz es una forma inesperada de sentirse vivo.
Porque la jubilación no equivale a detenerse, sino a cambiar de terreno de juego; a seguir pensando; a seguir ejercitando ese "músculo" invisible que nos acompaña toda la vida.
Por eso he decidido empezar esta columna desde una posición muy concreta: la del becario jubilado y agradecido a la oportunidad que me ofrece este periódico.
Porque 'Mens sana in corpore sano' también tiene que funcionar al revés.
Artículo escrito por el doctor en psicología, Javier Urra, y la psicoterapeuta Estefanía Igartua








