Artículo escrito por el doctor en Psicología Javier Urra y la psicoterapeuta Estefanía Igartua
El sutil arte de comunicar lo no dicho
Artículo escrito por el doctor en Psicología Javier Urra y la psicoterapeuta Estefanía Igartua
Cuando lo que decimos no es lo que llega
- ¿Te pasa algo?
- Nada.
Esa escena, tan común, resume una verdad incómoda: en las relaciones humanas rara vez hablamos solo con palabras. También hablamos con silencios, gestos, lenguaje no verbal, expectativas y con todo aquello que damos por supuesto. Muchas dificultades no nacen de grandes conflictos, sino de una comunicación implícita que cada cual interpreta desde su propia historia.
Una cosa es lo que pensamos.
Otra, lo que decimos.
Otra, lo que creemos estar diciendo.
Y otra muy distinta, lo que realmente llega a la otra persona. Entre esos niveles habita un territorio sutil y profundamente humano: lo no dicho. Gran parte de nuestra comunicación es invisible. El tono, las pausas, la mirada o incluso la retirada dicen tanto -o más- que el contenido literal. No solo transmitimos información: transmitimos necesidades, emociones, miedos, deseos, anhelos o temores.
Aquí aparece una paradoja: queremos intimidad, pero tememos exponernos. Entonces comunicamos "entre líneas", esperando ser entendidos sin decirnos del todo. Cuando eso no ocurre, aparece la frustración y el reproche silencioso: "deberías haberlo sabido".
Sabemos, por la experiencia clínica y por lo que observamos en la vida cotidiana, que no escuchamos de forma neutra. Escuchamos a través de filtros construidos por nuestra biografía emocional. Por eso, el mensaje que recibimos rara vez es exactamente el que el otro emitió. A veces es una versión reinterpretada por nuestra historia.
Quien creció con abandono puede oír rechazo donde solo hay distancia.
Quien aprendió a complacer puede oír exigencia donde hay una petición.
Quien vivió crítica constante puede oír ataque donde hay desacuerdo.
No reaccionamos solo al mensaje, sino a lo que ese mensaje despierta en nosotros.
Muchas conversaciones fracasan no por falta de palabras, sino por exceso de supuestos. Lo implícito sustituye a lo explícito y el malentendido se instala. Decir con claridad no es ser brusco; es ser responsable. Nombrar lo que sentimos no garantiza que el otro responda como esperamos, pero reduce el terreno de la fantasía y del equívoco.
A veces, sostener un vínculo sano exige conversaciones incómodas: poner límites, expresar una necesidad, reconocer un miedo, pedir algo sin exigirlo. Son incómodas, sí. Pero también son las que cuidan.
Y quizá el desafío no sea solo aprender a decir más, sino a escuchar mejor: preguntarnos desde dónde interpretamos, qué parte de nuestra historia se activa cuando oímos al otro, qué estamos proyectando.
Porque al final, en toda relación, no solo nos encontramos con la otra persona: nos encontramos con nosotros mismos.
Y a veces, lo más honesto no es leer entre líneas, sino atreverse a escribirlas juntos.
Javier Urra, Doctor en Psicología.
Estefanía Igartua, Psicoterapeuta.







