Orsini, el revolucionario que dio nombre a una bomba

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Orsini, el revolucionario que dio nombre a una bomba
El autor esAndrea Pozo Ajates
Andrea Pozo Ajates
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En la mitad del siglo XIX, el apellido Orsini, en cuya etimología se encuentra la palabra latina para designar al oso, y vinculado a linajes históricos, poderosos e ilustres de la península itálica, se asoció en toda Europa a la figura de un revolucionario de tal nombre, Felice Orsini, quien diseñó un tipo de artefacto explosivo, que logró materializar en el Reino Unido con ayuda de otros correligionarios británicos, y que acabaría siendo empleado en las décadas siguientes en un importante número de actos sangrientos que buscaban desestabilizar el sistema establecido, a través del magnicidio o del ataque a las clases sociales más pudientes.

En la tarde del 14 de enero de 1858, en París, movido por el ideal de conseguir la independencia italiana, Felice Orsini arrojó dos bombas de este tipo al paso del carruaje del emperador Napoleón III y su esposa, la española Eugenia de Montijo, que se dirigían a presenciar la ópera Guillermo Tell, de Rossini. Los soberanos resultaron ilesos, aunque el atentado costó la vida a ocho personas e hirió a otras 142. Orsini sería detenido por la policía al día siguiente, y guillotinado el 13 de marzo del mismo año.

En Barcelona, el 7 de noviembre de 1893, una bomba Orsini hacía explosión en el Teatro del Liceo, causando numerosas víctimas y conmocionando a la sociedad catalana. El suceso tuvo enorme repercusión mediática, nacional e internacional. El anarquista Santiago Salvador Franch había elegido para su acción un momento de máxima afluencia a las emblemáticas instalaciones: se inauguraba la temporada de ópera, curiosamente con la representación de la misma obra, Guillermo Tell. El aforo estaba completo, y asistían al evento las personalidades más destacadas de la ciudad. El variado público del coliseo de Las Ramblas reflejaba la composición social de la época: la alta burguesía y la aristocracia ocupaban la platea o palcos en propiedad, mientras en los pisos superiores se daban cita la pequeña burguesía y la clase trabajadora.

Salvador Franch no tuvo dificultad en acceder al recinto con dos bombas camufladas, del tipo Orsini. Los dispositivos, esféricos y del tamaño de una naranja, pesaban unos tres kg cada uno, y contaban con puntas que sobresalían por toda su superficie y activaban el explosivo con el contacto. Permitían fabricarse de manera casera y sencilla, siguiendo las instrucciones de manuales anarquistas, por lo que fueron usadas ampliamente en actos violentos.

Iniciado el segundo acto, sobre las 22.15 horas, cantando la soprano Virginia Bameri, Santiago Salvador lanzó las dos bombas desde la barandilla del quinto piso contra el patio de butacas del Gran Teatro del Liceo. La primera explotó en la fila 13 de platea, mientras que la segunda habría ido a parar a la falda de una de las víctimas, lo que amortiguó el golpe y frustró su detonación. Se encontraría más tarde debajo de una de las butacas de la fila 17.

 

Pero el artefacto que estalló tuvo un efecto devastador: 20 personas murieron y se contabilizaron 27 heridos. La policía cerró las puertas del Liceo para localizar al terrorista. Aunque Santiago Salvador quedó retenido, logró huir cuando los agentes dedujeron que había desaparecido y desmontaron el operativo.

El gobierno suprimió las garantías constitucionales en la provincia de Barcelona. Alarmaba el salto cualitativo: ya no era un ataque selectivo contra un representante del Estado, sino que había alcanzado a personas anónimas.

Pio Baroja, en su novela de 1905 Aurora roja, describía así el hecho: "en el teatro, grande, lleno de luz, se veían los cuerpos rígidos con la cabeza abierta, llenos de sangre; otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la mar de señoras desmayadas, y una niña de diez o doce años muerta. Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca empapada en sangre, ayudaban a trasladar los heridos". E Ignacio Agustí, en su obra literaria de 1943 Mariona Rebull, ficcionaliza la muerte de la protagonista en ese mismo atentado. 

Costó ver el teatro lleno de nuevo. Durante unos años, las butacas que habían ocupado las víctimas mortales se dejaron vacías. Guillermo Tell no volvió a ser representada allí hasta 32 años después.

Semanas antes del atentado, el 24 de septiembre de 1893, el anarquista Paulino Pallás Latorre había intentado asesinar en la Gran Vía de Barcelona al general Arsenio Martínez-Campos, también con una Orsini. Pallás fue condenado a la pena capital, siendo fusilado el 6 de octubre de 1893.

El 2 de enero de 1894 se produjo en Zaragoza la detención de Santiago Salvador, del municipio turolense de Castelserás, que admitió su autoría y haber actuado en solitario. Ante las fuerzas del orden, gritó: "Soy anarquista. Mueran los burgueses. Viva la anarquía".  Fue ejecutado por garrote vil el 21 de noviembre de 1894 en el patio de Cordeleros, junto a la desaparecida prisión Reina Amalia de Barcelona, hoy plaza Folch y Torres.

El paradero de la bomba Orsini que no explotó en el Liceo ha generado diversas hipótesis: una vez desactivada, podría ser la del Museo de Historia de Barcelona, estar en poder de la nieta del magistrado Agustín Moreno Escribano, presidente del tribunal que juzgó a Santiago Salvador o ser la expuesta en el Museo de la Policía de Ávila.

El arquitecto Antonio Gaudí, influenciado por los acontecimientos recientes, incluyó en el Portal del Rosario de la Sagrada Familia el grupo escultórico Tentación del hombre, en el que una figura diabólica entrega una bomba Orsini a un joven, obra de Llorenç Matamala terminada en 1897. Gaudí, firme creyente, concibió la Sagrada Familia como templo expiatorio, para redimir los pecados del ser humano. El característico artefacto quedaba así unido a perpetuidad al patrimonio de la Ciudad Condal.

Algunos años después, el 31 de mayo de 1906, Madrid se preparaba para vivir lo que la prensa había denominado "la boda del siglo": el enlace entre el rey Alfonso XIII y la princesa inglesa Victoria Eugenia de Battenberg. Poco sospechaban contrayentes, invitados y curiosos que los festejos iban a tornarse trágicos.

La ceremonia nupcial se había iniciado a las 11 horas en la iglesia de San Jerónimo el Real, con asistencia de representantes de todas las dinastías regias europeas. Al término de aquella, la comitiva, con 40 carrozas de gala, se dirigió hacia el palacio real. La calesa de los novios iba tirada por ocho caballos bayos, distribuidos en cuatro troncos.

El itinerario recorrió diversas calles de Madrid, ataviadas para la ocasión con guirnaldas de flores y luces de colores, en las que una multitud aclamaba a los recién casados. Cuando la comitiva regia llegaba a la calle Mayor, un anarquista de Sabadell, Mateo Morral Roca, aguardaba en el balcón de su habitación de una casa de huéspedes en la que pocos días antes se había registrado, en el número 88, actualmente 84.

 

Cinco días antes, el magnicidio había sido anunciado con una inscripción grabada a cuchillo en un árbol del Retiro de Madrid, que decía: "ejecutado será Alfonso XIII el día de su enlace". La firmaba "un irredento" y la acompañaba de unos dibujos y la palabra "dinamita". Quienes la vieron, no le dieron verosimilitud.

Mateo Morral, de 26 años, había llegado a Madrid el 21 de mayo, alojándose bajo la identidad falsa de Manuel Martínez, viajante de lanas, en el Hotel Iberia de la calle Arenal, al creer erróneamente que ese era el recorrido de los reyes de regreso al palacio real. Una vez corregida la información, el día 24 se mudó a la pensión de la calle Mayor, en cuyos bajos se ubicaba un almacén de vinos, y actualmente el restaurante Casa Ciriaco.

La policía tenía clasificado a Morral como "poco peligroso", sin limitar sus movimientos. Esos días, frecuentó la horchatería de Candelas, en la calle Alcalá, en la que se reunía una tertulia literaria a la que eran asiduos Pío Baroja y Ramón María del Valle Inclán. Aunque ninguno habló con Morral, ambos autores posteriormente le dedicarían espacio en su obra, Baroja la novela La dama errante y Valle-Inclán, la poesía "Rosa de llamas" y la escena sexta de su obra de teatro "Luces de Bohemia", en la que el protagonista, Max Estrella, tiene un encuentro con un preso anarquista llamado Mateo.

Hacia las dos de la tarde, el desfile de carrozas de los esponsales de los reyes pasó por debajo del balcón donde se ubicaba Morral, en el cuarto piso, quinto si contamos el entresuelo. El 29 de mayo, el gobernador civil de la provincia, Joaquín Ruiz Jiménez, había publicado un bando prohibiendo, por motivos de seguridad, "que se arrojen en ningún momento y desde ningún sitio ramos de flores ni objeto alguno a la vía pública durante el paso de los cortejos oficiales". Pero Mateo Morral lanzaba a la calle, justo al paso del vehículo de los monarcas, un ramo de rosas que escondía en su interior una bomba Orsini, de fabricación propia.

La trayectoria del objeto se desvió por impactar con el cableado que cruzaba la calle, por lo que la bomba caería sobre el lomo de uno de los caballos que tiraban de la carroza real, atenuando la fuerza del estallido, y dirigiendo parte de sus efectos hacia el edificio de origen. En total, una veintena de víctimas mortales y un centenar de heridos. Los monarcas no sufrieron daños.

 

Morral, aprovechando la confusión, bajó de su alojamiento para alejarse del lugar. Se dirigió a la redacción de El Motín, un periódico caracterizado por sus ataques a iglesia y a la monarquía, dirigido por José Nakens Pérez, a quien pidió ayuda para ocultarse.

La policía obtenía la descripción de Morral de testigos de la casa de huéspedes. Al día siguiente, su fotografía apareció en la prensa y el ministro de la Gobernación, el conde de Romanones, ofrecía la astronómica recompensa de 25.000 pesetas a quien lo descubriera.

El soberano quiso calmar la alarma social dando imagen de normalidad y paseó junto con su esposa por la ciudad en coche descubierto en la mañana del día siguiente, 1 de junio, sin escolta. La gente vitoreaba a los monarcas. A las cuatro de la tarde llegó Alfonso XIII al Hospital del Buen Suceso, a presentar sus respetos en la capilla ardiente de los difuntos y visitar a los heridos.

Mientras tanto, Morral abandonó Madrid y anduvo por el campo casi dos días. El 2 de junio llegó a Torrejón de Ardoz, con la intención de tomar el tren a Barcelona. Hambriento, entraría en el Ventorro de los Jaraíces, cercano a la estación, donde infundió sospechas por su acento, la falta de correspondencia entre sus finos modales y su mono de mecánico, y sus dedos vendados, pues la prensa había divulgado que tenía una herida en la mano derecha, producida al manipular la bomba.

El guarda jurado de la finca de Aldovea, Fructuoso Vega, pidió a Morral que lo acompañase al cuartelillo. Nunca llegarían: no lejos del lugar, según declaración de la posadera, el forastero extrajo una pistola con la que dio muerte a Vega y acto seguido, se suicidó. Investigaciones recientes, basadas en las fotografías del sumario, se decantan por la conclusión de que alguien empuñó el arma de fuego. Ese hipotético asesinato habría sido útil para impedir conocer la trama oculta tras la acción, contradiciendo la teoría de tratarse de un lobo solitario.

 

En recuerdo de las víctimas del atentado, en 1908 en Madrid se levantó un monumento del arquitecto Enrique Repullés Vargas y el escultor Aniceto Marinas. Demolido en la Guerra Civil, cuando la atípica situación histórica propició que se renombrase durante un breve período la calle Mayor como calle Mateo Morral, el escultor Federico Collaut-Valera llevó a cabo en 1963 el monumento actualmente presente en el emplazamiento original, frente a la casa desde donde se arrojó la bomba.

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