Martí, América Latina y el viejo guion de la injerencia
"Jamás hubo, desde la independencia de América, asunto que requiera más sensatez, ni pida examen más claro, que el de las relaciones de los Estados Unidos con los pueblos de América." José Martí
José Martí escribió estas palabras a finales del siglo XIX, cuando América Latina aún intentaba cerrar las heridas del colonialismo europeo y Estados Unidos comenzaba a proyectar su poder más allá de sus fronteras. Hoy invoco al apóstol de la independencia cubana para brindar otro punto de vista latinoamericano a la convulsión actual.
José Julián Martí Pérez fue un cubano hijo de españoles migrantes, periodista, político, pensador, exiliado. Vivió en los Estados Unidos. Trabajó allí. Escribió allí. Y desde dentro comprendió algo que muchos prefirieron no ver: que el verdadero peligro para Cuba no estaba solo en el imperio que se iba, sino en el que estaba aprendiendo a mandar.
Martí no hablaba desde la abstracción. Sabía lo que estaba en juego y hasta dónde podía llegar. Lo dejó escrito con esta claridad: "Estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber […] de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América". No concebía la independencia como un fin local, sino como un dique continental para toda Latinoamérica.
Por eso advirtió también que el peligro no residía solo en la fuerza militar, sino en esos aires de supremacía y desprecio con que algunos dirigentes norteamericanos miraban a nuestros pueblos: "El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de Nuestra América".
Ese desdén se manifiesta en el trato a nuestros pueblos como objeto y espacios de influencia, no como sujetos; cuando sus crisis se leen como oportunidades de negocio y no con el foco en mejorar la vida de sus ciudadanos.
2 José Martí, 1943. Óleo sobre madera, 86×68,5 cm, de Jorge Arche. Colección del Museo Nacional de Bellas Artes
Entendió también que la dominación no siempre llega con ejércitos. A veces llega con contratos, dependencias y mercados cerrados. "El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve". La subordinación económica, advertía, termina traduciéndose siempre en subordinación total.
Frente a estos peligros, no propuso aislamiento ni subordinación, sino unidad. «Es la hora del recuento y de la marcha unida y hemos de andar en cuadro apretado…» escribió en Nuestra América. No como consigna, sino como advertencia histórica: los pueblos fragmentados son más fáciles de intervenir o administrar desde fuera.
Martí murió en combate en 1895, en los comienzos de la guerra que organizó junto a otros grandes de nuestra historia. La Guerra Necesaria continuadora de la lucha por la independencia cubana que había comenzado desde 1868.
La historia posterior confirmó sus advertencias.
El 15 de febrero de 1898, en el puerto de la Habana, explotó - en circunstancias aun controvertidas- el acorazado estadounidense Maine. Esta fue la excusa de Estados Unidos para intervenir militarmente en el conflicto. En España y gran parte del mundo, el conflicto se conoce como la guerra hispano-norteamericana.
Como cubana, siento indignación ante ese nombre, porque borra de un plumazo las décadas de lucha cubana. Reduce nuestras guerras de independencia a un conflicto entre imperios y nos convierte, una vez más, en escenario secundario.

3. Foto tomada de Historia National Geografic . Versión oficial inicial de la explosión del Maine. Portada del World del 17 de febrero de 1898.
En consecuencia… el desastre del 1898.
El 10 de diciembre de ese mismo año se firmó en París, entre unos señores de Estados Unidos y otros de España, la cesión de Filipinas, Puerto Rico y Guam a los Estados Unidos. Cuba, formalmente, no es anexada. Pero tampoco libre. Se declara su independencia bajo ocupación militar estadounidense, con la promesa de que los cubanos gobernarían la isla cuando estuvieran 'preparados'.
En 1901 nace la República de Cuba con una Constitución magulladura por un apéndice impuesto por Estados Unidos: la Enmienda Platt. Anexo que otorgaba a los Yanquis el derecho a intervenir militarmente en Cuba cuando lo considerara necesario para preservar el orden o la independencia, condicionaba la política exterior cubana y permitía la cesión de territorios para bases navales, como Guantánamo.
La República de Cuba nació, así, con permiso ajeno. Con esa nueva forma de colonialismo.
El resultado fue una sucesión de presidentes republicanos cuya duración en el poder dependía de su convergencia con los intereses norteamericanos. Algunos dicen que de no ser por esas injerencias norteamericanas Fidel hubiera podido ser un presidente republicano más y no un líder que se radicalizó en dictador.
Los contextos cambian, pero mantienen el patrón narrativo: una amenaza presentada como existencial habilita respuestas expansivas que desbordan los límites del derecho y desplazan a los pueblos afectados del centro de las decisiones que los conciernen.
Lo que distingue el presente no es tanto el método como el lenguaje. Hoy se abandona incluso el intento de disimulo. La persecución unilateral de los intereses estadounidenses se presenta sin pudor, sin vergüenza y sin respeto por el Derecho Internacional. Ese abandono del relato no hace la fuerza más legítima: la hace más peligrosa.
Por eso, más que esperar al abusón del patio, tenemos que unirnos como ciudadanía, entre naciones, entre migrantes, entre pueblos que ya conocemos este libreto. Defender nuestros derechos. Levantar nuestros países con nuestras propias manos. Luchar juntos por los cambios que queremos, para que nadie venga después a cobrarlos al precio que le dé la gana.
Sí, queremos un cambio en Venezuela. Como lo queremos en Cuba. Como lo queremos en tantos países cansados de sobrevivir.
Pero no queremos que ese cambio llegue de la mano de los yanquis, ni de pactos cerrados sin los pueblos, ni de soluciones que plantan una bandera extranjera y luego pasan la factura. Porque ya sabemos cómo termina esa historia.
Si algo pone en peligro hoy al mundo no es solo la fuerza bruta, sino la impunidad que la tolera. Si no queremos ver erosionado hasta la irrelevancia el Derecho Internacional -ese avance de la humanidad que costó siglos, guerras y millones de vidas-, la comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado. No basta con comunicados tibios ni con equilibrios diplomáticos que, en la práctica, legitiman al más fuerte.
En el mundo hay 193 Estados miembros de Naciones Unidas, más países observadores, más pueblos que existen incluso sin asiento propio. No puede ser que, entre casi doscientas naciones, solo una imponga su voluntad y el resto actúe como si no hubiera alternativa. No puede ser que la única respuesta posible ante los conflictos globales sea resignarse a la ley del más fuerte, como si la historia no nos hubiera enseñado nada.
Las organizaciones multilaterales nacieron precisamente para evitar esto: para que ningún país, por poderoso que se crea, decida solo el destino de los demás. Para que la soberanía no sea un privilegio negociable. Para que la paz no dependa del capricho del imperio de turno.
Hoy, más que nunca, hace falta contundencia colectiva, no neutralidad cómplice. Hace falta acción coordinada, firme, legítima. Porque cuando el mundo acepta que un solo país puede intervenir, sancionar, castigar o 'salvar' a otros por la fuerza, lo que está en juego no es solo Venezuela, ni Cuba, ni ningún país concreto: están en juego el orden mundial, la democracia, el derecho internacional, los derechos humanos.
Martí lo entendió antes de que existieran Naciones Unidas, antes de que habláramos de multilateralismo o de legalidad internacional. Entendió que cuando los pueblos renuncian a decidir juntos, alguien decide por ellos. Y casi siempre cobra caro.
Este no es un llamado a la pasividad. Es un llamado a la responsabilidad compartida. A que las naciones del mundo -todas-, asuman que permitir la imposición unilateral hoy es abrir la puerta a que mañana nadie esté a salvo.
La historia demuestra algo con cruel claridad: cuando la fuerza sustituye al derecho, todos perdemos.
Y cuando los pueblos callan, otros escriben el final.








