12/06/2026
Come poco y vivirás más ¿y mejor?
Lectura estimada: 3 min.
No con excesiva abundancia, o eso me parece a mí, pero me gusta comer. Me encanta. Cada vez más. "Es cosa de la edad", escucho decir. También me apunto a un buen vino. No a diario. Con moderación. "Tú te lo pierdes", se oye al fondo del inconsciente. Y como me gustan los documentales y leer asuntos científicos, resulta que cada vez son más voces las que reiteran que hay que comer lo justo para vivir más. Vaya por Dios, quizá ya sea tarde para mí y para otros tantos.
Michael N. Hall, uno de los reconocidos cerebros mundiales en los asuntos relacionados con la biología molecular, acaba de sentenciar que si pretendemos envejecer lo máximo posible, además de contar con una herencia genética adecuada, es menester zampar poco y llevar una vida moderada. Es decir, dieta equilibrada, salir poco de fiesta, ejercicio y pasar un pelín de hambre. O algo parecido. Nada del prolongado aperitivo diario ni de los tradicionales atracones que tanto se ven en este país (y en otros tantos) cada vez que nos juntamos con familia, amigos o compañeros de trabajo.
Lo sabíamos. Hay que comer con moderación, que después los kilos de más van a parar allá donde resultan lamentables. Las dietas, las de verdad, las impostadas y las medio pensionistas, están más de moda que nunca. Personalmente, jamás lo he intentado. Tampoco ha sido necesario, hasta la fecha, que mi médico de familia me la recomiende. En todo caso, con el paso de los años uno se va concienciando, casi sin percatarse de ello, que hay que elegir con cabeza lo que metes al cuerpo. Eso sí, de vez en cuando, uno peca, que para eso somos humanos.
Nos gusta la vida. Las recientes generaciones mantenemos una creciente tendencia al disfrute. Lo que se pueda. Sin ostentación. Los hay que pretenden prolongar la existencia hasta el centenario y más allá. Los hay que se preguntan ¿y después qué? Otros, en cambio, convienen que la vida también cansa y que cuando se pierden las ilusiones, para qué seguir dando la turra por aquí. Sin embargo, casi nunca se elige el final del camino...
Michael Hall, eterno candidato al Nobel de Medicina, al tiempo que multipremiado por todo el planeta, ha destacado durante la recogida de su último galardón, el Balzam en Roma, que "la restricción calórica prolonga la vida". Y en una reciente entrevista se ha mostrado rotundo y contrario respecto a las nuevas teorías que buscan alargar la vida humana: "La edad máxima a la que se puede llegar hoy en día ronda los 120 años y no creo que se pueda ir mucho más allá". Quizá las preguntas pertinentes serían: ¿en qué condiciones? y ¿para qué? En esto, como en todo, cada cual hace de su capa un sayo.
El amigo Hall, al que sigo desde hace tiempo, me obliga a pensar cada vez que leo o escucho alguna de sus reflexiones sobre el crecimiento celular, las proteínas, el metabolismo o los usos de la rapamicina. Al menos, este científico norteamericano, que estudió, cómo no, en la Universidad de Harvard, me reconforta al reconocer que le gusta el vino y que lo consume con moderación. Habrá que practicar más lo de la restricción calórica, pero sin excesos que también hay que gozar un mínimo de la existencia, no sea que el cambio climático nos fulmine o que algún iluminado apriete el botón nuclear. O similar.
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