Y volvieron a retumbar los tambores de guerra

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Y volvieron a retumbar los tambores de guerra
El autor esFélix  de la Fuente
Félix de la Fuente
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Apenas el Papa había abandonado Barajas, ha vuelto de nuevo la bronca al Congreso de Diputados. De alguna forma tienen que justificar su sueldo, que, por cierto, no es el mínimo interprofesional, los representantes de los partidos.  Si en el Congreso no se aprueban leyes, pues todo se decide en el Consejo de ministros, si las sesiones de control al gobierno son una pura farsa, pues los ministros jamás responden a lo que se les pregunta, los representantes de los partidos tienen que dedicarse a insultarse mutuamente. "Cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo".  Si estas personas no nos representan, si, además, no saben comportarse en público, ¿por qué hemos de llamarlas "señorías"?.

Farsantes es lo que son. Aplauden al Papa, porque quieren sacar rédito de la personalidad de éste. Quieren salir en la foto con él. Por mucho que hayan durado los aplausos, el Papa sabe muy bien que fue mucho más sincero el abrazo que recibió de la reclusa de la cárcel de Brians que todas los aplausos y muestras de simpatía del Congreso de Diputados. La hipocresía del Congreso contra la sinceridad de los ciudadanos es lo primero que habrá constatado el Papa. O cambian de actitud o las sesiones del Congreso no deberían emitirse en televisión por amorales. Los educadores son los primeros que deberían alzarse contra el mal ejemplo de los señores del Congreso.

La visita del Papa ha supuesto un mensaje de optimismo para todos los españoles, católicos o no católicos. No siempre los políticos españoles han sido de la catadura moral de los actuales. Hubo un tiempo en el que las leyes sociales del reino de España eran las más avanzadas del mundo.  Las Leyes de Burgos, firmadas por Fernando el Católico para regular el trato con los indios eran a veces más avanzadas que las leyes dadas para los españoles de la Península. La Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza, tiene que ser un orgullo para todos los españoles por haber sido la creadora de los derechos humanos y por la influencia que tuvo en las Leyes de Indias.

Los políticos de Madrid han tratado de adueñarse de la visita de León XIV. También los independentistas de Barcelona han intentado dar la sensación de que son ellos los únicos habitantes de Cataluña. Ni unos ni otros lo han conseguido. El Papa habrá visto que los aplausos que le dedicaron no concuerdan con los nuevos insultos en el Congreso. El papa habrá constatado también que esa idea de universalidad y de ciudad abierta al mundo que han querido dar de Barcelona no concuerda con una ciudad que oficialmente ignora a más de la mitad de su población, una ciudad donde está prohibido rotular en castellano, una ciudad en la que, por cierto, Carlos V promulgó las Leyes Nuevas (1542), y en castellano, y donde los Reyes Católicos recibieron a Cristobal Colón en su vuelta a España después de su primer viaje.

Pero los ciudadanos nos quedamos con el buen sabor de boca que nos ha dejado un Papa que nos ha recordado nuestra historia y que, si España fue un día la cuna de los derechos humanos, puede volver a ser el centro de una nueva democracia. 

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