Teresa Castro compartirá con el público un encuentro cercano para hablar sobre una obra que aborda la vida cotidiana, los afectos y las experiencias del colectivo LGTBI desde el humor y la narrativa gráfica
Obituario del Museo Patio Herreriano
Nueva entrega de 'Palabras contra el olvido', la sección cultural de Ágreda
Ha muerto el granado que recibía a los visitantes del Museo Patio Herreriano. Preguntado por las causas me dicen que una noche de viento violento no pudo resistir más y en vez de peregrinar de vivero en vivero decidió pasar a mejor vida. Todas las cosas tienen su ciclo, los granados también. Una pena.
Los granados y también el Museo Patio Herreriano tienen su ciclo. El granado se ha ido de manera silenciosa, como un caballero. Sin embargo, la muerte del Patio Herreriano lleva anunciándose ya muchos años; vamos, mejor dicho, lleva ya muerto no sé desde cuándo, pero sigue abriendo todas las mañanas. ¿Por qué?
Es un misterio. Porque está muerto y bien muerto. Allí ya no hay fuego donde el visitante pueda aliviarse de lo cotidiano. Allí no hay nada, y cuando digo nada, digo nada que tenga algo de vida por mucho que se empeñen los folletos del museo de venderte la pólvora. Nada hay que te despierte, que te refresque, nada que te deje indemne.
La mirada siempre es un acontecimiento. La mirada, escribe el poeta colombiano Ramón Cote Baraibar en la Revista Ínsula, es un estado de atención absoluto. Es la unión constante del yo y lo otro. Y aquí, entras en el Museo Patio Herreriano y no tienes nada que mirar. No hay nada que me interese, todo está muerto.
Y pasan los años, pasan los responsables y todo cambia para que todo siga igual o peor. Eso que llamamos arte brilla por su ausencia. Nadie corre por ver alguna exposición del Museo Patio Herreriano. Ya sabemos hace muchos años que el arte, el mejor arte es intrínsecamente inútil, y cuánto más inútil, mejor resistirá el tiempo.
Pero precisamente por eso no se puede llenar salas donde no hay nada que descubrir. Tampoco es que vaya uno buscando un Picasso o Dalí hasta un Koons, un Warhol o un Hirst, pero hombre, basta ya de artistas que solo hacen que mirarse el ombligo. Esa catarata de superyoes que llenan este museo han hecho que el público que está acostumbrado a visitar el museo ponga los pies en polvorosa.
En esta época donde la palabra se sustituye por la imagen es necesario encontrar un contrapunto, un misterio, una sutil manera de "navegar" por las salas para poder recuperar el espíritu de lo que tiene que ser un museo.
Warhol clamaba por el derecho que tenemos todos a quince minutos de fama. Cabría preguntarse, acaso, si no deberíamos empezar por reivindicar el derecho a que el Museo Patio Herreriano se convierta en invisible. DEP. Sus desconsolados visitantes ruegan una oración por su alma.
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