LEGADO

LEGADO
El autor esPedro Berbel Hernández
Pedro Berbel Hernández
Lectura estimada: 4 min.

Esta no es la versión del artículo que ustedes deberían estar leyendo hoy. Había escrito otra para este jueves, con la intención de rendir un pequeño homenaje a Grupo Tribuna, el periódico en el que publico cada semana, por una iniciativa que me parece especialmente valiosa: reconocer a quienes dejan algo importante en la sociedad.

Hoy debía celebrarse en Madrid la cuarta edición de los Premios Legado. Tenía previsto asistir. Pero la tragedia ferroviaria ocurrida ayer en Urda, Toledo, ha llevado a sus organizadores a aplazar la gala. Quiero reconocer expresamente esa decisión. Porque unos premios que nacen para reconocer los valores de nuestra sociedad también deben saber practicarlos. Y renunciar a una celebración en medio de tanto dolor me parece una manera especialmente digna de hacerlo.

Porque hay momentos en los que todo lo demás pierde importancia.

Mientras escribo estas líneas, las informaciones hablan de alrededor de 64 fallecidos. Poco más de nueve meses después de que otras 46 personas perdieran la vida en Adamuz. Más de un centenar de muertos en dos accidentes ferroviarios de alta velocidad en un mismo año. Una cifra espantosa que, además, esconde algo mucho más terrible: detrás de cada número había una persona, una familia, alguien que esperaba su llegada.

Y muchas vidas que ya no volverán a ser las mismas.

No conozco las causas de lo ocurrido ayer. Ni pretendo anticipar conclusiones que corresponden a los investigadores. Pero hay preguntas que, precisamente porque todavía no conocemos las respuestas, tenemos la obligación de hacernos.

¿Podemos considerarnos un país verdaderamente avanzado cuando ocurren dos tragedias ferroviarias de esta magnitud en tan poco tiempo? ¿Basta con presumir de kilómetros de alta velocidad, de trenes modernos y de infraestructuras extraordinarias? ¿O el verdadero progreso consiste también en garantizar que todo eso funciona con la seguridad que los ciudadanos tenemos derecho a exigir?

No se trata de confundir dos accidentes distintos ni de atribuirles causas comunes sin conocerlas. Se trata de preguntarnos si estamos haciendo todo lo necesario para que viajar en tren siga siendo lo que siempre debería ser: una forma de llegar a nuestro destino.

Y también convendría reflexionar sobre otras cosas. Por ejemplo, sobre qué significa gobernar un país sin aprobar nuevos Presupuestos Generales del Estado. La Constitución contempla su prórroga. Pero una cosa es recurrir a ella durante un año y otra convertirla en una situación prolongada. ¿Qué ocurre entonces con las prioridades, la planificación y las inversiones? ¿Estamos dando a cada necesidad pública la atención que merece?

No afirmo que esa situación tenga relación con los accidentes. Sería irresponsable hacerlo sin pruebas. Pero tampoco parece razonable que cuestiones tan importantes queden fuera del debate público.

Y llegamos a una palabra que debería significar bastante más de lo que a veces significa: responsabilidad.

La responsabilidad política no consiste únicamente en aparecer ante las cámaras cuando las cosas salen bien, ni en buscar a quién señalar cuando salen mal. También consiste en explicar, escuchar, prevenir, corregir y, cuando corresponda, asumir las consecuencias de las decisiones propias. Sin condenar a nadie antes de conocer los hechos, pero sin convertir las investigaciones en una excusa para que nadie tenga nunca que responder de nada.

Y es aquí donde vuelvo a encontrarme con la palabra que daba sentido a mi artículo original: legado.

Escribía que no hay nada más viejo que un periódico de ayer. Que las noticias envejecen deprisa y que, precisamente por eso, me gustaba la paradoja de que un periódico se detuviera una noche para reconocer aquello que permanece.

Porque un legado es casi lo contrario de una noticia. La noticia pregunta qué ha ocurrido hoy. El legado pregunta qué quedará mañana.

Y hoy no puedo evitar pensar en el legado de cada una de las personas que han perdido la vida en Adamuz y en Urda. No conozco sus historias, pero sé que ninguna se resume en una cifra. Detrás de cada una quedan afectos, recuerdos, enseñanzas, gestos y pequeñas costumbres que seguirán acompañando a quienes las querían.

Quizá alguno contaba unos chistes malísimos que su familia seguirá repitiendo. Otro tendría una forma especial de celebrar las buenas noticias. Y habrá quien haya dejado una profunda huella en otras personas sin haber llegado siquiera a saberlo.

Son legados que no tendrán una placa ni recibirán ningún premio. Pero no por eso serán menos importantes.

Y también dejan un legado quienes gobiernan. En las decisiones que toman, en las prioridades que establecen y en las consecuencias que esas decisiones tienen para los demás. Un legado que no siempre coincide con el que les gustaría dejar.

Hoy, por encima de cualquier reflexión, quiero expresar mi más sentido pésame a las familias y amigos de quienes han perdido la vida. Mi cercanía a los heridos y a quienes esperan noticias, y mi reconocimiento a todos los profesionales que están trabajando para ayudarles.

La gala de los Premios Legado tendrá otra fecha. Estoy seguro de que llegará el momento de celebrar a quienes hacen cosas buenas por nuestra sociedad.

Pero hoy toca acompañar a quienes sufren. Y también exigir que se conozca la verdad, que se expliquen las decisiones y que se haga cuanto sea necesario para evitar que volvamos a vivir algo semejante.

Los premios pueden esperar. Las respuestas y las responsabilidades no deberían.

Porque también eso será nuestro legado.

 

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