Pongamos las barbas a remojo

Pongamos las barbas a remojo
El autor esEmilio Rodríguez García
Emilio Rodríguez García
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Pluma en mano (metafóricamente hablando), me disponía a escribir este artículo y me he bloqueado. No por falta de inspiración, sino por exceso. Han pasado tantas cosas malas estos días que uno ya no sabe sobre qué opinar.

Quería expresar mi rabia y mi solidaridad con el pueblo francés y la situación que está viviendo con saqueos e incluso asesinatos. También mi hartazgo con el manoseo que algunos partidos se traen con la justicia de este país. Y hablar de los riesgos económicos que tenemos delante, de una situación geopolítica cada vez más delicada, de las sombras de pucherazo electoral o de que alguien que jamás ha pisado ni cotizado en España vaya a tener voz y voto sobre su futuro. Es imposible meter todo eso en unos pocos párrafos. 

La cabeza ya me desborda. La sensación es la de vivir una pesadilla constante, pero desde dentro de un circo. Rodeados de payasos y cada uno con una broma más macabra que la anterior.

¿Saben eso de 'cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar'? Reino Unido ha seguido el ejemplo de Francia, Irlanda, Holanda o Dinamarca y pide a su población tener un kit de supervivencia para aguantar tres días sin ayuda externa. No sé si pensando en una guerra, en la falta de petróleo, en otro apagón o en un nuevo COVID. Pero viendo cómo han sido los últimos años, más vale tenerlo a mano. No perdemos nada.

¿Y por qué tres días? Porque es el tiempo que necesita el Estado para movilizar de manera efectiva policías, sanitarios, bomberos y autoridades para evaluar qué sigue funcionando y ayudar a quienes no pueden valerse por sí mismos. Es una recomendación a nivel europeo, así que yo me fiaría y tendría un plan preparado. 

Ah, y muy importante: dinero en efectivo. Aprendamos de lo que ocurrió durante el apagón de abril y lo impotentes que nos sentimos con la tarjeta en la mano. Toma ya, ahí te quedas, euro digital; nunca fuiste de mi agrado.

Y no nos olvidemos de juegos para pasar el rato y de la radio de siempre, la que nuestros abuelos llevaban en el bolsillo de la camisa. Mientras haya pilas, seguiremos conectados con ellos y con la voz que pueda darnos algo de luz en la oscuridad. 



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