Victoria's Secret confunde el espectáculo con el mérito
Hay decisiones de moda que generan debate porque son arriesgadas, otras porque rompen con lo establecido y algunas, sencillamente, porque parecen olvidar aquello que las convirtió en extraordinarias. La elección de Kylie Jenner para lucir el Fantasy Bra de Victoria's Secret pertenece, a mi juicio, a esta última categoría. Y no porque Kylie no sea una celebridad de primer nivel, una empresaria de éxito o una de las mujeres con mayor capacidad para acaparar titulares del planeta. Lo es. Precisamente por eso, su presencia no necesitaba otro escaparate. Lo que necesitaba Victoria's Secret era recordar qué estaba premiando cuando elegía a la mujer que iba a llevar su pieza más emblemática.
El pasado domingo, 18 de octubre, la pequeña del clan Kardashian-Jenner apareció en la pasarela de Los Ángeles con el Fantasy Bra más caro de la historia: una creación valorada en 50 millones de dólares, diseñada junto a Jacob & Co., con 4.410 diamantes naturales y una espectacular piedra amarilla de 75,54 quilates. Una joya extraordinaria desde el punto de vista artesanal, convertida en el centro de todas las miradas. Pero también una elección que plantea una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene recuperar una de las tradiciones más importantes de la historia de Victoria's Secret para terminar entregándosela a alguien que no ha construido su carrera como modelo?
Porque el problema no es Kylie Jenner. El problema es lo que representa su elección. Y, sobre todo, lo que deja de representar el Fantasy Bra cuando el prestigio de una modelo parece importar menos que la repercusión de una celebridad.
Conviene recordar de dónde venimos antes de celebrar cualquier regreso. El Fantasy Bra no era simplemente un sujetador cubierto de piedras preciosas ni una extravagancia publicitaria para conseguir unas cuantas fotografías virales. Era una distinción dentro del universo Victoria's Secret, una pieza excepcional que concentraba la fantasía, el lujo y la exclusividad sobre los que se construyó la identidad del desfile.
La tradición comenzó en 1996 con Claudia Schiffer y, durante años, vestir aquella creación significó ocupar un lugar privilegiado en la historia de la marca. Por allí pasaron nombres como Tyra Banks, Heidi Klum, Gisele Bündchen, Adriana Lima, Alessandra Ambrosio y Candice Swanepoel. Mujeres que no solo eran rostros conocidos: eran profesionales de la moda, modelos que habían convertido su presencia sobre la pasarela en una parte fundamental de su carrera.
El Fantasy Bra funcionaba como una coronación. Era el momento de distinguir a una de las grandes figuras de la casa, de concederle un protagonismo que iba mucho más allá de lucir una prenda carísima. Su valor económico importaba, por supuesto, pero el valor simbólico era todavía mayor. No todas podían llevarlo. Y precisamente por eso importaba quién lo llevaba.
En 2018, Elsa Hosk fue la última modelo en lucirlo antes de su larga desaparición. Después llegó una etapa de crisis para Victoria's Secret, cuestionada por sus cánones de belleza, su falta de diversidad y una imagen que había dejado de conectar con buena parte de su público. El desfile se suspendió en 2019 y no regresó hasta 2024, tras seis años de ausencia. Cuando volvió, lo hizo sin Fantasy Bra. La marca parecía dispuesta a recuperar sus alas y su espectáculo, pero había dejado en el cajón una de las tradiciones más reconocibles de su historia.
Y ahora, en 2026, cuando por fin decide recuperarla, cuando pone sobre la mesa una creación de 50 millones de dólares, cuando tiene la oportunidad de devolverle a esa pieza su condición de símbolo, elige a Kylie Jenner.
La ironía es difícil de ignorar. Después de años de reflexión sobre su identidad, Victoria's Secret recupera su mayor emblema y lo pone al servicio de la cultura de la celebridad. La pieza más cara de su historia acaba convertida en el accesorio perfecto para una mujer que ya tenía todos los focos encima.
Hay algo especialmente significativo en comparar a las dos mujeres que han protagonizado los extremos de esta historia. Elsa Hosk llevó el Fantasy Bra en 2018, cuando la tradición todavía estaba ligada a las modelos que habían crecido profesionalmente dentro de la industria. Kylie Jenner lo ha recuperado en 2026, después de ocho años de ausencia, pero con una diferencia fundamental: es la primera mujer que luce esta pieza sin pertenecer al elenco de ángeles de Victoria's Secret.
No estamos hablando de una modelo que debuta en una gran pasarela y recibe una oportunidad para demostrar su talento. Hablamos de una mujer que llega con una fama mundial construida, en buena medida, al margen de la moda. Su apellido, su participación en un reality familiar, su imperio cosmético y su presencia permanente en las redes sociales la convierten en un reclamo comercial extraordinario. Pero ninguna de esas cosas equivale automáticamente a la trayectoria de una modelo.
Y aquí está el matiz que parece haberse perdido: ser una mujer famosa que puede ponerse una prenda de lujo no es lo mismo que ser una modelo a la que se le concede el honor de lucirla.
El Fantasy Bra siempre tuvo algo de premio. No necesariamente al mérito deportivo de la profesión, porque la moda tampoco es una industria regida por criterios objetivos, pero sí a la posición que una modelo había alcanzado dentro de una casa. Era una manera de reconocer a una de sus grandes protagonistas. Con Kylie, la sensación es distinta: no parece que Victoria's Secret esté distinguiendo a una de sus figuras, sino utilizando a una de las mujeres más famosas del mundo para asegurarse de que todo el mundo hable de su desfile. La diferencia es sustancial. En el primer caso, la marca construía su propia mitología. En el segundo, alquila la mitología ajena.
La elección de Kylie no se produce en el vacío. Llega en un año en el que el casting de Victoria's Secret ha vuelto a alimentar el debate sobre las llamadas nepobabies: modelos y personalidades que acceden a oportunidades en la industria gracias, al menos en parte, a sus conexiones familiares o a la notoriedad heredada.
Iris Law, hija de Jude Law y Sadie Frost; Lila Moss, hija de Kate Moss; Amelia Gray, hija de Lisa Rinna y Harry Hamlin, o Yumi Nu, sobrina del DJ Steve Aoki, son algunos de los nombres que han aparecido en las conversaciones sobre el casting de esta edición. La presencia de mujeres conocidas por sus vínculos familiares, junto con influencers y figuras populares ajenas al modelaje tradicional, ha reabierto la discusión sobre quién consigue desfilar y por qué.
Conviene hacer una precisión: tener padres famosos no convierte automáticamente a nadie en una mala modelo. Algunas de estas mujeres han desarrollado carreras propias y cuentan con experiencia real sobre la pasarela. Reducir sus trayectorias a sus apellidos sería tan injusto como afirmar que cualquier persona desconocida carece de talento.
Pero tampoco podemos fingir que los contactos, el acceso privilegiado y la exposición mediática no influyen en las oportunidades profesionales. En una industria tan competitiva como la moda, partir con millones de seguidores y una red de contactos extraordinaria supone una ventaja evidente.
Y el debate adquiere otra dimensión cuando ese espacio se consigue a costa de modelos que llevan años trabajando, presentándose a castings y construyendo una trayectoria que no depende de su árbol genealógico.
El caso de Romee Strijd ha contribuido a alimentar esta polémica. La modelo neerlandesa, vinculada durante años a Victoria's Secret, se quedó fuera de la edición de 2026 y expresó su malestar con el proceso de selección. Su ausencia ha generado preguntas sobre los criterios utilizados por la firma y sobre el futuro de las modelos que habían formado parte de su identidad.
Y es legítimo preguntarse qué mensaje recibe una modelo cuando descubre que su experiencia, su profesionalidad y su relación con una marca pueden pesar menos que el interés comercial de incorporar a alguien famoso.
Porque la pasarela no debería convertirse en una extensión de Instagram. Si la prioridad consiste en contratar a quien más titulares genera, ¿qué espacio queda para descubrir nuevos talentos? ¿Qué sentido tiene hablar de una industria que premia el trabajo si la fama previa termina siendo el principal argumento para conseguir las mejores oportunidades?
Kylie Jenner es el ejemplo más evidente de esta contradicción. No necesita que Victoria's Secret la descubra. Su fama es anterior y su poder comercial está más que demostrado. Sin embargo, hay modelos que sí necesitan que una marca les abra esa puerta, que les conceda una oportunidad capaz de cambiar su carrera.
El problema de las nepobabies no es que desfilen, sino que la industria parezca cada vez más interesada en quiénes son antes de pisar la pasarela que en lo que saben hacer sobre ella.
Durante años, los ángeles fueron el principal activo de Victoria's Secret. Adriana Lima, Alessandra Ambrosio, Heidi Klum, Tyra Banks o Candice Swanepoel no eran únicamente mujeres con cuerpos espectaculares y rostros reconocibles. Eran figuras que habían construido una relación con la marca y que contribuían a que su desfile tuviera una identidad propia.
El público esperaba verlas. Sus apariciones generaban expectación y cada edición incorporaba nuevos nombres a una historia compartida. La firma no necesitaba que una Kardashian apareciera para justificar la atención mundial: había conseguido que sus modelos fueran las protagonistas de un acontecimiento que trascendía la presentación de una colección de lencería.
Hoy, sin embargo, parece que la marca necesita recurrir a celebridades externas para multiplicar su alcance. Y eso plantea una paradoja: si Victoria's Secret tiene que apoyarse en la fama de una Kardashian para que el Fantasy Bra vuelva a convertirse en noticia, ¿no está admitiendo que sus propias modelos ya no bastan para sostener el espectáculo?
Entiendo la lógica comercial. Kylie tiene una audiencia gigantesca y su presencia garantiza conversación, fotografías y repercusión internacional. La propia firma ha defendido la elección por su capacidad para conectar con el público y por su influencia cultural. Pero el éxito de una campaña y el prestigio de una pasarela no son exactamente lo mismo.
Una marca puede conseguir millones de visualizaciones y, aun así, perder parte de aquello que la hacía especial. Puede convertir un desfile en un acontecimiento viral mientras diluye su identidad. Y puede conseguir que todo el mundo hable de un sujetador sin que nadie recuerde a las modelos que llevan años trabajando para esa firma.
Eso es lo que me preocupa de esta elección. No que Kylie no sea suficientemente famosa, sino que lo sea tanto que su fama parezca justificarlo todo.
Hay otro asunto que ha acompañado la transformación de Victoria's Secret durante los últimos años: la inclusión de cuerpos y perfiles que durante mucho tiempo estuvieron ausentes de sus desfiles.
La marca recibió críticas por defender un ideal de belleza extremadamente limitado, y su regreso en 2024 trató de responder a esas demandas con una representación más diversa de las mujeres. Fue una reacción comprensible ante una época en la que el público cuestionaba que una firma de lencería tan influyente presentara una única silueta como modelo de belleza.
Sin embargo, creo que hemos pasado de una discusión necesaria sobre los cánones de belleza a una tendencia a exigir que todos los espacios de moda representen todas las realidades corporales. Y no estoy de acuerdo con esa obligación.
No porque existan cuerpos que merezcan menos respeto, ni porque una mujer tenga que ajustarse a una talla determinada para sentirse atractiva. Todas las mujeres tienen derecho a vestir lencería, a encontrar prendas que les sienten bien y a sentirse cómodas con su cuerpo. Eso no debería estar en discusión.
Mi discrepancia está en otro lugar: la diversidad corporal en la industria no debería significar que cada desfile tenga que convertirse en una representación estadística de la población.
Una pasarela es una propuesta estética. Una campaña es una decisión creativa. Y un desfile como el de Victoria's Secret nació como un espectáculo de fantasía, con una estética muy concreta, unas siluetas determinadas, alas imposibles, estilismos exagerados y modelos seleccionadas para encarnar una imagen aspiracional. No tiene por qué ser el único modelo de belleza existente, pero tampoco debería tener que representar todos los modelos posibles.
La moda necesita espacios diferentes. Necesita marcas que trabajen con una variedad amplísima de tallas, campañas que muestren cuerpos distintos y propuestas que se alejen de los cánones tradicionales. Pero también necesita libertad para mantener una identidad estética propia sin que cualquier elección de casting se interprete como una declaración universal sobre qué cuerpos merecen visibilidad.
No todas las pasarelas tienen que servir para lo mismo. Una firma puede defender la diversidad corporal en su oferta comercial sin que eso obligue a transformar cada desfile en una declaración ideológica. Y una mujer puede ser bella, atractiva y elegante sin que todas las marcas tengan que representarla en todos sus espectáculos.
Lo que defiendo es la libertad de una firma para construir su propio universo estético, no la imposición de un único canon de belleza sobre el resto de la sociedad. La inclusión puede ampliar las posibilidades de la moda, pero no debería convertirse en una fórmula obligatoria que determine cada decisión creativa.
Y aquí Victoria's Secret tiene una responsabilidad especial: después de décadas construyendo una fantasía muy reconocible, debería ser capaz de decidir qué quiere ser sin limitarse a responder a las exigencias del debate público. Puede evolucionar, puede ampliar su oferta y puede incorporar nuevas sensibilidades. Lo que no debería hacer es perder su identidad en el intento de contentar a todo el mundo.
El Fantasy Bra de 2026 es, desde el punto de vista material, una pieza extraordinaria. Sus 4.410 diamantes naturales, su diamante amarillo central de 75,54 quilates y las más de 1.000 horas de trabajo artesanal que requirió su elaboración justifican que se hable de una creación excepcional. Su valoración de 50 millones de dólares lo convierte en el Fantasy Bra más caro de la historia. Precisamente por eso, su elección me parece una oportunidad perdida.
Una pieza de semejante magnitud merecía convertirse en el momento culminante de la trayectoria de una modelo. Podría haber sido el reconocimiento a una de las grandes figuras de Victoria's Secret, el regreso triunfal de una de sus antiguas ángeles o la consagración de un nuevo talento que hubiera demostrado estar a la altura de ese honor.
Habría sido una manera de recuperar la tradición sin limitarse a reproducirla. Una forma de decir que la marca sigue creyendo en sus modelos y que el Fantasy Bra continúa siendo algo más que una herramienta publicitaria.
En cambio, la firma ha elegido a una celebridad cuya principal fortaleza es precisamente la notoriedad que ya posee. El resultado es espectacular, indudablemente. Las imágenes son llamativas, la cifra de 50 millones de dólares es irresistible para los titulares y la conversación está servida. Pero el espectáculo no siempre equivale a la excelencia.
Y aquí vuelvo a la cuestión inicial: no discuto que Kylie Jenner pueda desfilar. Tampoco que Victoria's Secret quiera colaborar con ella, utilizar su imagen o aprovechar su enorme capacidad comercial. Discuto que sea ella quien reciba el honor más emblemático de la casa cuando existen modelos cuya profesión, experiencia y trayectoria están directamente vinculadas a ese universo.
Porque una cosa es invitar a una celebridad a participar en un desfile y otra muy distinta es concederle el símbolo que durante décadas representó la cima de la carrera de una modelo.
El Fantasy Bra no necesitaba a Kylie Jenner para recuperar su historia. Necesitaba que Victoria's Secret demostrara que todavía cree en ella. Y quizá esa sea la conclusión más incómoda de todo este asunto. La marca ha recuperado su sujetador más caro, ha desplegado sus alas y ha conseguido volver a ocupar titulares en todo el mundo. Pero, al elegir a Kylie para protagonizar su gran regreso, ha dejado una duda sobre la pasarela: si la fama es suficiente para conseguir el mayor honor de la casa, ¿qué valor conserva entonces la carrera de una modelo?
El Fantasy Bra siempre fue una fantasía. Lo que no debería convertirse en una fantasía es la idea de que el talento profesional todavía importa en la moda.








