Mi amiga Olivia

Mi amiga Olivia
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Tengo una amiga que es campeona del mundo. Dos veces.

No todos pueden presumir de tener una amiga así. Yo sí. Incluso la he tenido comiendo una paella en mi casa.

Se llama Olivia Monjas Gramaglia. Tiene veinte años. Y sí, han leído bien: tengo una amiga de veinte años. Aunque, desde que volví a la universidad, tener amigos de esa edad ha dejado de ser una rareza. Lo verdaderamente extraordinario es lo que ha conseguido ella con la suya.

Olivia acaba de proclamarse campeona del mundo de hockey en línea con la selección española. Ha sido en Paraguay, frente a Francia, por 3-2.

Pero hay algo que parece inventado por un guionista. En 2022, con dieciséis años, Olivia marcó en la prórroga el gol que dio a España su primer título mundial. También contra Francia. Y fue elegida mejor jugadora del campeonato.

Cuatro años después, ha vuelto a marcar el gol decisivo de otra final contra las francesas. Esta vez, en el último minuto. Y por segunda vez, ha sido elegida mejor jugadora de un Mundial.

Hay futbolistas que se pasarían la vida viviendo de uno solo de esos goles. Olivia ha marcado dos. Y después tendrá que volver a clase.

Porque mi amiga estudia tercero de Ingeniería en Diseño Industrial y Desarrollo de Productos en la Universidad Politécnica de Valencia. Empezó a jugar siendo una niña en el Club Patinaje en Línea Valladolid, nuestro CPLV, donde coincidió con mi hijo Juan. Uno de esos clubes que llevan años acumulando títulos sin acumular necesariamente titulares.

Y ahora que lo pienso, casi es mejor que haya sido Olivia y no Juan quien haya terminado en lo más alto de un Mundial. Porque si el elegido hubiera sido mi hijo, probablemente no habría quien me aguantara. Ni siquiera yo mismo.

No sé cuántas horas habrá entrenado Olivia, cuántos fines de semana habrá dedicado a competir ni cuántos exámenes habrá preparado entre entrenamientos y viajes. Pero sospecho que no han sido pocos.

Y estoy bastante seguro de que llegar a lo más alto le ha exigido tanto sacrificio como a muchos deportistas cuyos contratos se cuentan por millones. Porque el esfuerzo no entiende de derechos de televisión.

Una lesión duele lo mismo delante de cincuenta espectadores que delante de cincuenta mil. Una derrota puede quitarte el sueño aunque nadie la comente al día siguiente en televisión.

Sin embargo, hemos construido una curiosa escala de valores deportivos. Hay campeones cuyos contratos necesitan más ceros que sus marcadores. Otros ganan medallas, el reconocimiento de quienes conocen su disciplina y, con suerte, alguna ayuda para seguir compitiendo.

No pretendo discutir lo que gana nadie. Cada deporte tiene su público y sus ingresos. Pero una cosa es comprender cómo funciona el mercado y otra confundir el precio de un deportista con el valor de su esfuerzo.

Porque no es lo mismo ser poco conocido que ser poco importante. En Valladolid sabemos algo de esto. El CPLV lleva años formando deportistas extraordinarios y consiguiendo éxitos que merecerían más atención. Olivia es una de sus mejores demostraciones.

Hablamos a menudo del deporte como una escuela de valores: esfuerzo, disciplina, compañerismo, sacrificio. Pero después aparecen chicas como Olivia y nos recuerdan que esas palabras significan algo.

Jóvenes que estudian carreras exigentes mientras compiten al máximo nivel. Que persiguen sus sueños sin que necesariamente haya una fortuna esperándoles. Que trabajan durante años por unos minutos de felicidad que quizá apenas ocupen un pequeño espacio en los informativos.

Y que lo hacen porque les apasiona.

No quiero convertir a Olivia en representante involuntaria de todos los deportes minoritarios. Bastante tiene con estudiar, entrenar y seguir ganando campeonatos como para cargarle además con la responsabilidad de arreglar nuestras prioridades deportivas.

Pero su historia me recuerda a las muchas Olivias que hay por ahí. Campeonas y campeones que casi nadie reconoce por la calle. Familias que organizan su vida alrededor de competiciones. Entrenadores que dedican horas que probablemente nunca aparecerán en una nómina.

Todos ellos merecen algo más que un aplauso ocasional.

Y vuelvo a aquella paella. Recuerdo una comida estupenda, una conversación agradable y a una chica encantadora sentada a nuestra mesa. No recuerdo que habláramos demasiado de sus títulos.

Quizá hicimos bien. Porque aquella tarde Olivia no necesitaba ser la mejor jugadora de ningún campeonato. Le bastaba con ser Olivia.

Aunque ahora que lo pienso, debería haberle pedido un autógrafo.

Por si alguien algún día me pregunta si conozco personalmente a una de las mejores jugadoras de hockey en línea del mundo, contestarle con orgullo:

  • Conozco a la mejor. Y es amiga mía.

 

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