El primer buzo fue español

El primer buzo fue español
Fotografía: Gabriela Torregrosa
Lectura estimada: 8 min.

El 2 de agosto de 1602 fue un día para la posteridad: Felipe III y su Corte presenciaron, fascinados, cómo el primer buzo de la historia se sumergía prolongadamente bajo el río Pisuerga, pertrechado con un aparato de buceo diseñado por uno de nuestros mejores inventores de todos los tiempos, Jerónimo de Ayanz, una suerte de Leonardo da Vinci español.

La proeza tuvo lugar en el quinquenio en que Valladolid fue la capital de España. No se ha documentado una inmersión de tan larga duración previa a esta.

Décadas antes, en 1538, dos griegos idearon una campana de buceo e hicieron una demostración en el Tajo ante el emperador Carlos V y miles de espectadores, acreditando que podían respirar bajo el agua dentro del artilugio durante veinte minutos y mantener una vela encendida todo el proceso. Aunque era la primera exhibición de este tenor en España, se había realizado una hazaña similar en Italia en julio de 1535, cuando Guglielmo de Lorena y Francesco de Marchi exploraron un navío romano hundido en el lago Nemi, valiéndose de una campana de buceo individual desarrollada por el primero.

Pero el buzo provisto del equipamiento de Ayanz aventajaba en un doble sentido a sus predecesores: podía permanecer dilatadamente bajo la superficie acuática y además moverse por su entorno, lo que abría enormes posibilidades para utilizarse en la recuperación de tesoros de galeones naufragados o la búsqueda de perlas y corales.

El ingenio se componía de un traje de piel de vacuno, material adecuado por su impermeabilidad, dotado de dos conductos flexibles y diferenciados al exterior, uno para la entrada y otro para la expulsión del aire, que partiendo de una especie de escafandra metálica con una ventana de vidrio para facilitar la visión, se conectaban con un fuelle y válvulas. Esto propiciaba la renovación del oxígeno en el interior, al contrario que en las campanas, aumentando el lapso de la zambullida.

El protocolo de concesión de los privilegios de invención, las patentes de la época, requería su prueba con éxito. Por ello, Felipe III ordenó a Ayanz que mostrara ante sus ojos la eficacia de su innovación. Cortesanos y pueblo llano por igual se congregaron en gran número como testigos del insólito prodigio. Su majestad eligió como escenario las aguas fluviales del Pisuerga que bañaban el desaparecido Palacio de la Ribera, donde gustaba de pasar la temporada estival, rodeado de espacios verdes y obras de arte, sito en un barrio que aún hoy se conoce como Huerta del Rey. El soberano se emplazó a la altura del jardín de Antonio de Toledo, embarcado en su recién estrenada galera real de gala, de colores dorado y azul, bautizada San Felipe en honor de su regio propietario. Poco sospechaban que la flamante nao sería destruida a cañonazos por la armada anglo-holandesa en el Canal de la Mancha solo dos meses más tarde.

Ante la mirada atónita del rey y su séquito, y satisfecha de Ayanz, que estaba allí dirigiendo la operación, ese valiente primer buzo, cuya identidad no ha trascendido a los anales, se mantuvo tres metros bajo el Pisuerga más de una hora, solo regresando a tierra firme a instancias del monarca entre vítores de los asistentes y, una vez allí, aseguró que podría haber permanecido bajo el líquido elemento tanto como le permitiesen "la frialdad de ella y el hambre".

Jerónimo de Ayanz había logrado producir el primer equipo de buceo del que existe memoria. Posteriormente, lo perfeccionaría y simplificaría, eliminando uno de los dos tubos de cobre articulados con anillas forradas de cuero, al mantener solo el de la inspiración de oxígeno y usar una válvula que impedía entrar el agua para exhalar el aire. En 1605 el artefacto se emplearía en la isla Margarita, actualmente Venezuela, para extraer perlas, con autorización del Consejo de Indias.

Tras patentar algunas de sus creaciones en 1603, Ayanz registró en 1606 su privilegio de invención más completo, con más de 50 prototipos, cuyos planos fueron depositados en el Archivo General de Simancas. Algunos, adelantados casi doscientos años a famosos avances tecnológicos. El rey respaldaba sus derechos: "visto en el nuestro Consejo de la Cámara, habemos tenido por bien, y por la presente damos licencia y facultad a vos, el dicho don Jerónimo de Ayanz, para que por tiempo de los veinte años siguientes, siendo las dichas invenciones, ingenios y máquinas nuevos en nuestros reinos, podáis usar y uséis de ellas, so pena que cualquier otra persona o personas que sin tener vuestra licencia o de quien vuestro poder hubiere, durante el dicho tiempo hiciere o usare de los dichos ingenios o trazas de cualquiera de ellas, incurra por el mismo caso y hecho, cada vez que los hiciere, en cincuenta mil maravedís de pena."

Jerónimo de Ayanz y Beaumont había nacido en Navarra en 1553, de familia noble emparentada con la antigua realeza de esa tierra. Era el tercero de los seis hijos que alumbraron Carlos de Ayanz y Catalina de Beaumont, fallecida prematuramente, quienes ostentaban el Señorío de Guenduláin, localidad hoy abandonada.  

Debido a los servicios paternos prestados a Felipe II, tanto luchando en San Quintín y Pavía como en calidad de montero mayor del soberano, Jerónimo fue desde los 14 años paje real, criándose con los sucesores de los linajes más poderosos y recibiendo una educación esmerada con los mejores maestros, lo que le transformó en un polímata con dominio de variadas disciplinas.

Al no ser el primogénito y en consecuencia no heredar las propiedades familiares, ingresó en la carrera militar. Medía casi dos metros y su extraordinaria fuerza y destreza con las armas fueron legendarias. Combatió heroicamente en las principales guerras de su época, como en Túnez en 1574 con las tropas de Juan de Austria y en Flandes con las de Alejandro Farnesio, resultando herido de gravedad en el asalto a Zierikzee. En reconocimiento a sus méritos, fue nombrado por el monarca en 1579 caballero de la Orden de Calatrava y comendador.

En 1580, participó a las órdenes de Sancho Dávila en la campaña de Portugal. En 1581 en Lisboa desarticuló un complot francés para acabar con Felipe II.

Llegó a Murcia por mediación de su tío Francisco de Ayanz, secretario de la Inquisición, y allí contrajo matrimonio en 1584 con Blanca Dávalos Pagán, heredera de una influyente familia. Tres años después, fue nombrado regidor perpetuo de Murcia, cargo legado por su difunto suegro. Cuando su mujer murió a los pocos meses de casarse, desposó a su hermana pequeña, Luisa. Tuvieron cuatro hijos, pero ninguno llegó a la edad adulta.

Convirtió Cartagena en una base naval con flota estable, siendo elegido como lugar para invernar las galeras de la escuadra del Mediterráneo. Diseñó un sistema defensivo para la costa que aún perdura, impulsando además la actividad del puerto. Como gobernador de Martos desde 1595, revitalizó la producción local y la cría caballar.

También brilló por sus dotes artísticas: componía canciones, tañía la vihuela, cantaba con afinada voz de bajo y manejaba hábilmente el pincel. Intentó impulsar en Valladolid el establecimiento de un Museo y Academia de Bellas Artes, para las colecciones reales y la formación de creadores. Destacó asimismo como cosmógrafo y rejoneador.

Su tía Beatriz de Beaumont entró en religión con Santa Teresa de Jesús con el nombre de Catalina de Cristo, y además una de sus hermanas, Leonor, profesó en el Carmelo Descalzo como Leonor de la Misericordia. Ayanz apoyó fundar un convento en la casa solariega de su tía en Pamplona, lo que se realizó un año después de fallecer la Santa, el 8 de diciembre de 1583, siendo la primera fundación tras su muerte.

Fue nombrado en julio de 1597 Administrador General de Minas del Reino, teniendo bajo su responsabilidad las 550 minas que se explotaban entonces en los territorios de la Corona Hispánica. Tuvo que trasladarse a residir a Madrid con su familia. En ese puesto desempeñó una encomiable labor para la minería: mejoró su rentabilidad, las condiciones laborales, la pureza de los metales y el control de los proveedores, y se propuso paliar dos graves problemas mineros coetáneos: la contaminación del aire en su interior y la acumulación de agua en las galerías.

Ideó la primera máquina de vapor, anticipándose a la Revolución Industrial, y la aplicó con objeto de enfriar aire por intercambio con nieve en la superficie y dirigirlo dentro de las minas para ventilarlas, en una suerte de primitivo aire acondicionado, así como para generar una diferencia de presión capaz de extraer el agua remansada allí, en la primera aplicación del principio de la presión atmosférica, que no fue determinado científicamente hasta medio siglo después por Torricelli.

Hizo lagos trayectos sobre una mula para acceder a minas y siguiendo mapas llegó a algunas abandonadas, para analizar sus posibilidades. Estuvo en riesgo de perecer al respirar gases tóxicos, como su ayudante; su hercúlea complexión le salvó.

Ayanz dirigió un memorial al rey en marzo de 1602 denunciando los males de la minería española, como la escasa iniciativa privada, la excesiva carga impositiva y trabas legislativas, las deficiencias en técnica, infraestructuras y maquinaria, y una explotación ineficaz e inhumana. Para conocer la realidad minera, envió una encuesta en 1604 a gobernadores y corregidores de 52 demarcaciones territoriales, una moderna iniciativa sin precedentes. Sus propuestas ponían en entredicho los métodos del poder económico contemporáneo, lo que le granjeó enemigos y le acarreó dejar el cargo en 1608.

Otros de sus inventos incluyen una bomba de achique para barcos, una brújula, un horno para potabilizar agua marina a bordo, piedras de molienda cónicas y molinos de rodillos metálicos, bombas de riego, presas de embalses en arco, balanzas de precisión "que pesaban la pierna de una mosca" o un submarino con un sistema de contrapesos y ganchos para coger objetos.

En 1611 obtuvo una concesión para reactivar la mina de Guadalcanar, en Sevilla, una de las más ricas en plata de España, dejada de aprovechar por las inundaciones. Cuando adaptaba sus ingenios para drenarla, enfermó.  

Falleció en Madrid el 23 de marzo de 1613. Sus restos se trasladaron a Murcia, inicialmente al convento de San Antonio de Padua, y luego al primer templo. Quiso ser sepultado en la capilla de su familia política, la del Socorro o de los Dávalos de la girola de la catedral de Murcia, detrás del altar mayor. Hoy no queda rastro visible de su tumba, tras las obras efectuadas en el siglo XVIII. Al haber perdido su descendencia, dejó como heredero a su sobrino Jerónimo, hijo de su hermano Francés. Murió sin cobrar derechos de sus patentes, ni ver explotar sus invenciones.

Lope de Vega menciona a Ayanz, entonces recientemente desaparecido, en la comedia Lo que pasa en una tarde (1617), desgranando en un diálogo entre los personajes Marcelo y Félix las características que más célebre le habían hecho:

"MARCELO:

La fuerza corporal al cuerpo alcanza,

como la que se vio por excelencia

en el gran don Jerónimo de Ayanza.

 

FÉLIX:

Alcides nuevo llama

al fuerte don Jerónimo la fama.

 

MARCELO:

Tú sola, peregrina, no te humillas,

¡oh, Muerte!, a don Jerónimo de Ayanza. (…)

Flandes te diga, en campo, en muro, en villas,

cual español tan alta fama alcanza.

Luchar con él es vana confianza;

que hará de tu guadaña lechuguillas. (…)

Mas ¡ay! cayó. Venciste. Son engaños.

Pues, Muerte, no fue mucha valentía,

si has tardado en vencerle setenta años,

quitándole las fuerzas cada día."

En la segunda parte de El Criticón, de 1653, Baltasar Gracián cita que Ayanz era capaz de partir una baraja con sus manos.

Pese a sus extraordinarios logros científicos, y a que el Centro I+D de Electrónica y Comunicaciones de la Universidad Pública de Navarra ha sido bautizado en su honor, Ayanz hoy está lejos de gozar la fama que merecería su figura excepcional, sin parangón en nuestra historia. Su nombre es digno de ser recordado, igual que el de aquel intrépido primer buzo anónimo que, en los rigores del estío castellano, no quería salir del agua.

Últimas noticias de esta sección

0 Comentarios

* Los comentarios sin iniciar sesión estarán a la espera de aprobación
Mobile App
X

Descarga la app de Grupo Tribuna

y estarás más cerca de toda nuestra actualidad.

Mobile App