15/08/2026
El profeta de Ávila
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El 25 de abril del año del Señor de 1295, las campanas de la noble ciudad de Toledo tañían solemnemente, anunciando la malhadada noticia de que Sancho IV "El Bravo", sin haber llegado a cumplir 37 años ni poder consumar su campaña militar planeada contra Algeciras, había presentado con entereza su alma al Creador. Dejaba a su desconsolada viuda y tía, María de Molina, como regente del convulso reino durante la minoría del infante heredero, Fernando, de solo nueve años de edad.
Hasta en dos episodios anteriores, hacía años, los físicos, con expresión cariacontecida, habían desahuciado al monarca, y por dos veces se había repetido el patrón de que el arzobispo le administrase los santos óleos y los cortesanos comenzaran ya a preparar los crespones y colgaduras de terciopelo negro que aguardaban doblados en los arcones, hasta ser requeridos en momentos luctuosos de duelo popular. Pero el fervor de los súbditos por su justo rey, ofreciendo misas sacrificiales y guardando vigilias para elevar sus plegarias en aras de su curación a esa otra majestad, la omnipotente y eterna, indudablemente encontró el favor del Altísimo, porque de manera inexplicable el amado soberano castellano se recuperó de su mal, para regocijo de su pueblo.

En esta tercera ocasión, empero, su rostro se había quedado enjuto y tenía la color mudada, y sus constantes accesos de virulenta tos no lograban arrancar de su dolorido cuerpo más que unos hilillos sanguinolentos, que arrastraban en pos de sí el escaso vigor que restaba en sus magras carnes. Ni toda la devoción de miles de corazones, manifestada en el transcurso de su agonía, al unísono e ininterrumpidamente día y noche, fue capaz de ahuyentar un infausto sino y El Bravo caía bajo la guadaña de la cruel muerte, que en su avidez a todos iguala.
En la aljama de Ávila, el deceso de Sancho IV se vivió como una desgracia para la comunidad judaica, pues bajo su reinado, a pesar de que la relación de los cristianos con los seguidores de la confesión semítica se había ido enrareciendo y crispando, los hebreos continuaron ocupando posiciones prevalentes en la Corte y se hicieron indispensables al prestar ayuda financiera a su alteza para sufragar la toma de Tarifa. Uno de los más relevantes arrendadores de impuestos de los dominios reales era el almojarife Yuçef de Ávila, lo que se tradujo en que en la urbe, que contaba con una de las juderías más señeras de la península, esta gozara de un trato más favorable y tolerante que muchas otras de la corona de Castilla, suavizando para sus moradores las medidas de corte discriminatorio o abiertamente dejándolas sin efecto.
La desaparición de quien ocupaba el trono causaba una gran incertidumbre y ensombrecía los ánimos de los judíos. La colectividad abulense constaba de medio centenar de familias, la mayoría dedicadas al desempeño de oficios relacionados con la artesanía, el comercio y el curtido y tinte de pieles. Contaban con una floreciente escuela talmúdica y disfrutaban de su período álgido de esplendor cultural, desde su asentamiento en Ávila como participantes en la repoblación capitaneada por Raimundo de Borgoña dos siglos atrás.
Apenas hacía un lustro, el 18 de julio de 1290, un edicto de Eduardo I de Inglaterra había decretado la expulsión forzosa de los israelitas de sus tierras, con lo poco que pudieran llevar consigo, concediéndoles un plazo límite de ejecución que expiraba el 1 de noviembre. A todos los hijos de Sión de la localidad amurallada había llegado conocimiento de casos abusivos y lacerantes generados por ese éxodo masivo, que un astrólogo se aventuró a augurar sería solo el primero de muchos similares, destinados a acaecer en otros lugares diversos en los siglos siguientes.
La situación, que hacía brotar inseguridades y miedos larvados, fue interpretada por algunos como premonitoria de un fin de ciclo del que ninguno podría sustraerse, avivando así el cultivo de la religiosidad y el misticismo, y hallando muchos un refugio para el espíritu revuelto en la inmutabilidad e infalibilidad de sus Libros Sagrados. Fueron numerosos quienes en las comunidades de León y Castilla comenzaron a hacer penitencia y a prepararse para la llegada de la Redención, lo que culminaría en la venida del Mesías, emergiendo movimientos que propugnaban la vuelta a la pureza.

En ese ambiente generalizado de zozobra interior, poco después del fallecimiento del monarca, Yuçef de Ávila, también influyente pensador y rabino, invitó a residir durante una prolongada temporada en su casa al docto cabalista Moisés de León, que inmerso en el patente desaliento extendido por doquier, aceptaba hacer un paréntesis en su vida itinerante para establecerse en la urbe murada.
La entrada de la celebridad en la ciudad coincidía aproximadamente en el tiempo con la de una figura que había cosechado cierta notoriedad en su localidad de origen, en cuyo honor había sido apodado "El profeta de Ayllón", y franqueaba el cinturón pétreo avilés atraído por el prestigio de su judería.
Su nombre era Nissim ben Abraham y venía provisto de una carta de recomendación de un tal David Ashkenazi. Aunque era un hombre cuya extracción social humilde no le había permitido adquirir una formación académica reglada, sin embargo, su atinada conversación y su admirable interpretación de la Torá y el Talmud le habían granjeado cuantiosos adeptos, hasta el grado de surgir una increíble historia que se replicaba de boca en boca, y que sostenía que era un elegido, que había recibido la ciencia y el don de la profecía directamente de un ángel. La inspiración otorgada desde los cielos habría sido de tal calado, que el iluminado la había recopilado y vertido en un texto místico de su autoría, que circulaba con el título de Libro de las maravillas de la sabiduría.
El inesperado advenimiento a Ávila de un personaje tan peculiar y carismático como Nissim ben Abraham, máxime en sincronía con una tesitura tan delicada en la que a todo se le atribuía una explicación sobrenatural, suscitó suspicacias entre ciertos residentes de la aljama, que dieron parte de inmediato al barcelonés Salomón ben Adret, conocido como Rashba, a la sazón el más afamado maestro de la ley hebraica. El sabio inició una rigurosa investigación, conducente a analizar la bondad de los motivos para que el escudriñado hubiera recalado allí de improviso, concluyendo en la reprobación de Nissim ben Abraham al descubrir que su verdadera pretensión era autoproclamarse profeta y heraldo del Mesías.
Pero muchos otros miembros de la populosa barriada abulense se vieron seducidos por la atractiva personalidad del reciente visitante y la potencia de su mensaje, por lo que, cuando el afectado hizo caso omiso de la sentencia de Salomón ben Adret y continuó adelante con su predicación como si aquella nunca hubiera sido formulada, los rabinos por prudencia optaron por no insistir en el tema, para evitar un cisma que los debilitase en la encrucijada por la que transcurrían.

Esta omisión permitió que su reputación creciera libremente, hasta ser imparable. Nunca habrían sospechado que Nissim ben Abraham con presteza empezase a ser denominado "el Profeta de Ávila", y que su osadía alcanzase hasta el punto de impulsar un movimiento mesiánico popular, al afirmar veladamente que él mismo era el mesías al que el pueblo judío llevaba centurias aguardando. Y, para rubricar su insinuación, y su aspiración a ser aclamado como tal, vaticinó que, en el último día (29) del mes hebreo de Tamuz de 1295, que corresponde al verano, se produciría un signo inequívoco que señalaría la llegada del redentor: todos escucharían nítidamente el tañido de un shofar o cuerno de carnero.
El vaticinio sonó verosímil a muchos habitantes de la aljama, pues el Tamuz era un momento especialmente propicio y significativo del calendario, al ser considerado un tiempo de reflexión en recuerdo de calamidades históricas ocurridas al pueblo hebreo, destacando el día 17 como la jornada de ayuno que da inicio a las tres semanas que componen los Días de la Angostura. Por ello, los que asignaron crédito a sus palabras empezaron a prepararse espiritualmente para el importante acontecimiento y hasta vendieron sus pertenencias, para no tener ataduras y poder dedicarse por entero a la causa del mesías, agradecidos y dichosos por el honor de corresponderles ser los testigos de su comparecencia.
Apenas despuntado el amanecer de la fecha prevista, ante la enorme expectación levantada entre la sociedad de Ávila, independientemente de su religión o de su disposición, crédula o escéptica, a conferir veracidad a la predicción, los habitantes de la judería se lanzaron a la calle y permanecieron atentos y en silencio para no perderse el sonido del cuerno, si el prodigio se efectuaba.
Los miembros de la sinagoga se reunieron en ella, luciendo sus ropajes blancos propios del luto, que reservaban para ser usados en el Día de la Expiación. Nissim ben Abraham, con sus mejores vestimentas y esbozando una sonrisa complacida, se situó delante de todos, visibilizando de ese modo ostentar el control. Representantes de las distintas comunidades castellanas habían acudido allí también, ante la promesa de la inminente redención mesiánica, que los liberaría de su cautiverio. Uno de los asistentes era Abner de Burgos, un ilustre médico, astrólogo y filósofo de 25 años.
Poco después de congregarse en el edificio sagrado, para su sorpresa, no solo no escucharon ruido alguno de la naturaleza que esperaban; lo que vieron sus espantados ojos fue aflorar cruces, perfectamente perceptibles en las paredes de la sinagoga, e incluso en las propias vestimentas y capas que envolvían a todos, incluyendo al Profeta de Ávila. Este, adoptando una expresión de hondo dolor, abandonó el lugar de inmediato, dándose el inconcebible fenómeno de que, dondequiera que intentaba entrar, aparecía una cruz sobre su fachada y su puerta. Algunos comenzaron a proferir gritos atribuyendo tales hechos inauditos a la perversa obra del maligno; otros, entre sollozos y mesándose los cabellos de pura desesperación, marcharon a las parroquias más cercanas y pidieron ser bautizados en la fe cristiana.

Abner de Burgos sufrió una impresión tan profunda y perenne, que siempre citaría este incidente como un factor clave que decantó su propia conversión al cristianismo y la adopción posterior del patronímico Alfonso de Valladolid, y documentó los sucesos, que se conocerían como "El milagro de las cruces", en su obra El mostrador de justicia.
En la confusión, nadie supo qué ocurrió con el visionario Nissim ben Abraham. Se desvaneció tan misteriosa y sigilosamente como un buen día había arribado. Sin embargo, aún permaneció por mucho más tiempo en la memoria abulense.
Durante su estancia en la ciudad, Moisés de León escribió El Zohar o Libro del Esplendor, obra fundamental del pensamiento místico-filosófico judío, que logró ascender a Ávila a la categoría de foco hispánico de la Cábala. Un tiempo más tarde, se trasladaría a Arévalo, donde acabó sus días, una década después del asombroso evento.
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