La Virgen de las Nieves: Villamarciel 1808
Corren las historias fantásticas por el Serval, bajan por el pinar, entran en Mazariegos por el raso del Mimbreral. En la ribera del Manzano y hasta el alto por Carre San Miguel pasa una sombra. Es la quimera. El relato, de nuevo, ampliado y serenamente contado habla:
Es nochebuena de 1808. Napoleón, el corso, ha llegado a Tordesillas acompañado de una gran escolta formada por los más famosos mariscales de Francia. Por dos veces estuvo expuesto a perder la vida en sendos atentados. Uno a cargo de un sacerdote, exaltado patriota, que escondió una navaja entre su hábito con ánimo de hundirla en el cuerpo del emperador. Pero éste con la perspicaz mirada que le hizo célebre, observó la turbación del clérigo, le llamó la atención y su brazo cayó desarmado. Este religioso pertenecía a la comunidad de Aniago.
De inmediato, y tras hacer las indagaciones, la represalia. Una compañía de Dragones es enviada a registrar, despojar, asolar y arrancar cualquier tipo de resistencia con una orden taxativa: Eliminar, exterminar todo foco de resistencia con la fuerza que sea.
Entran los soldados en Villamarciel, casi totalmente despoblado tras el saqueo del archiduque desde el siglo anterior, según el resumen y extracto de los sacrilegios, profanaciones y excesos que cometieron las tropas en los pueblos a donde llegaron en este reino de Castilla, por su desgracia. Sin gente en el lugar ni para labrar los campos, desperdigados sus habitantes, sólo los frailes de Aniago seguían predicando y llevando el consuelo espiritual por los alrededores a los pocos que habían quedado.
Se detienen y guarecen en la antigua iglesia de Villamarciel, donde establecen su cuartel general, tras derribar la puerta. Y así, mientras dos de los hombres montan guardia en la torre, el resto se entrega al pillaje en su interior y por las cercanías. La antigua cajonería de nogal y muchas maderas sirven de estímulo a una hoguera con la que se calienta el recinto.
Cuando llegan al monasterio de la Cartuja de Aniago, con gran furor y tropelía los soldados quebrantan todas sus puertas, cajones, alacenas y altares, apearon de ellos todas las santas imágenes, arrojándolas por el suelo, trayéndolas rodando entre las patas de los caballos; se llevaron cuantos vestidos, ornamentos y alhajas había y a quienes encontraron los desnudaron y dejaron en cueros y así, desnudos y destituidos del humano remedio se despobló el lugar yéndose a otros y a los campos para reservar sus vida, cuya desnudez ocasionó pereciesen la mayor parte de los frailes.

Tras cumplir la salvaje acción un rastro desolación, destrucción y desamparo queda en Villamarciel. De las imágenes sólo el gran Cristo crucificado quedó de cuanto había y nada más.
Dos frailes y un novicio andan por la salina de Villamarciel, a la laguna del Poleo, al oeste, en el pago del Horno, en un chozo descabalgado y que apenas permite que los tres se refugien, al pie de un negrillo, entonan la melodía, la salmodia por enero, el frío y el cierzo azotan desde la paramera. Ellos se abrigan con saya parda y esperan a que escampe la ventisca de nieve para continuar hasta Aniago que ya se ve cerca. Son supervivientes de la tremenda saca. Cansados y ateridos, caladas las capuchas para taparse del frío musitan un rezo, una letanía, una oración y esperan. En el camino, buscando refugio bueno, han sentido un dulce son, una voz como de miel, una voz almibarada, una voz profunda y llena, una voz que apagó el frío, una voz sonora y vibrante, una voz del sentimiento, una voz todo pureza. Los tres volvieron la vista y allí la vieron iluminada por un aura, por una luz especial, tan intensa como el sol, tan clara como el cristal. María Nuestra Señora, la sin mancha concebida, la llena de gracia, la Madre, pisando la nieve sin hollar, sin dejar huella ni marca. Postran las rodillas en tierra y la Virgen con gesto serio aunque benevolente, con el Niño entre sus brazos. Ellos miraban henchidos y la luz los recibía. Ella dijo: "No temáis. Quedáos aquí. Quiero haceros saber que esta Villa de Marciel, custodiaba con generosidad la Cartuja donde vuestra Comunidad reza y se sacrifica por los pecadores y que ha sido destruida. Yo estaré con ellos siempre, dando consuelo a sus penas y compartiré su vida aunque desaparezca Aniago. Villa de Marciel, que no me olvida, Villamarciel que no me olvide".
Las palabras de la Virgen quedaron grabadas en las mentes de los monjes y así las transmitieron a los vecinos, hermanos y compañeros que encontraron dispersos por el lugar. Al día siguiente, la buena gente del pueblo de San Miguel se desplazó al lugar, contemplando cómo las ramas secas del negrillo por el invierno, habían florecido y por entre las hojas sobresalía un manto de nieve transparente y refulgente como el cristal y un dulce olor como nadie había visto ni olido nunca. Con respeto y consideración, en el sitio donde se produjo el portento, el pueblo levantó una ermita humilladero para dar casa y albergue a la efigie de la Santísima, en una capillita muy pequeña quedándose algunos a vivir en el lugar y a defender con su vida el deseo de Nuestra Señora.
Es la Virgen de las Nieves, a la que el pueblo rinde devoción con entrega y fe muy profunda, muy honda, llena de pasión y sentimiento. Porque las Nieves en Villamarciel es todo. Es su reina.
Uno de los monjes, hábil con la gubia, esculpió la talla hecha y con el tiempo todas las buenas gentes de Villamarciel aportarían de su faena y trajines para que el edificio tuviera la precedencia y orgullo que hoy tiene. También modeló dos imágenes, una de Santiago y otra de San Felipe, por haber sido bautizados con ese nombre ambos frailes, pero avatares del destino produjeron su desaparición. Para paliar el incidente, la parroquia años después adquirió las dos imágenes que hoy se ven y procesionan por sus calles.
Y sólo tengo de testigo de cuanto digo a la vieja torre de Villamarciel y un antiguo acuerdo del Ayuntamiento de Tordesillas que dice: "Por las extraordinarias atrocidades que en estos reinos han cometido las tropas francesas, que se haga una rogativa el 4 de septiembre implorando el desagravio del Altísimo. El regente de Jurisdicción Don Estanislao González Martín".
(Del libro 'Cuatro viejas historias para leer al amor de la lumbre' de Jesús López Garañeda).

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