El insulto como argumento

Mientras el aire es nuestro

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El insulto como argumento
Insulto.
El autor esJuan González-Posada
Juan González-Posada
Lectura estimada: 5 min.

El 14 de marzo de este año murió, en su casa de Starnberg, el hombre que mejor había explicado por qué merece la pena que dos desconocidos discutan de política sin insultarse. Jürgen Habermas dedicó buena parte de su obra a reconstruir el origen de algo que hoy damos por perdido: la esfera pública burguesa, ese espacio nacido en los cafés londinenses y los salones parisinos del siglo XVIII donde aristócratas y burgueses, dejando el rango en la puerta, empezaron a discutir primero de literatura y después de política, usando un solo criterio para decidir quién tenía razón: el mejor argumento. No era una utopía: era, literalmente, un local con mesas y sillas. Y de ahí, según Habermas, salió la idea misma de opinión pública tal y como la seguimos invocando.

Seis meses después de su muerte, conviene preguntarse qué queda de esa idea. La respuesta, a la vista de cualquier tertulia o sesión de control al Gobierno, es que casi nada. El insulto ha ocupado el lugar del argumento, y lo ha hecho con una naturalidad que hace una década habría sido impensable. El ejemplo más claro lleva ya años instalado en la vida pública española: el grito de "Pedro Sánchez, hijo de puta", nacido en manifestaciones de la derecha y la extrema derecha, se corea hoy con toda normalidad en mítines y conciertos, y hasta en las gradas del circuito de Fórmula 1 de Madrid hace apenas unos días, mientras sonaba el himno nacional, sin que a nadie se le exija acompañarlo de un solo argumento. Y cuando eso no basta, el siguiente escalón es la amenaza o directamente el golpe. No hace falta demostrar nada: genera más titulares que cualquier propuesta política y obliga al otro a defenderse de una descalificación en lugar de explicar lo suyo. Ya no se debate para convencer. Se gana insultando.

Funciona porque toda sociedad controla quién tiene derecho a hablar. Lo hace mediante procedimientos de exclusión: mecanismos que no discuten lo que se dice, sino que apartan a quien lo dice, como la prohibición de ciertas palabras, la separación entre razón y locura, o la voluntad de verdad que legitima unos discursos y descalifica otros. El insulto, la amenaza y la agresión son, sencillamente, la versión más rápida y más barata de todos esos procedimientos. Cuando una plaza entera corea "hijo de puta" al presidente del Gobierno, no se está respondiendo a ningún argumento suyo: se le está expulsando de la conversación, literalmente a gritos, antes de que pueda terminar una frase. Es más barato descalificar al mensajero que desmontar el mensaje, y les funciona mejor.

Lo mismo pasa con el bulo, que gana terreno tan fácilmente frente a lo que sí se puede comprobar. La verdad de los hechos siempre es frágil ante el poder, porque cualquier suceso concreto podría perfectamente no haber ocurrido, y esa contingencia es la grieta por donde entra la mentira. No necesita ser más convincente que lo real: le basta con circular más rápido y provocar más indignación, porque no compite con la verdad en el terreno de la razón, sino en el de la velocidad. Y esa carrera la gana casi siempre quien tiene el megáfono más grande, no quien tiene razón. Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de Ayuso, lo confesó este año como testigo en el juicio al fiscal general del Estado: reconoció haber lanzado, sin ninguna fuente real, una acusación contra la Fiscalía, y se defendió diciendo "soy periodista, no soy un notario que necesite una compulsa". No hacía falta que fuera verdad. Bastaba con que circulara.

Esa carrera por la velocidad tiene, en la era digital, una forma que describió el filósofo Byung-Chul Han en "En el enjambre". Lo llamó shitstorm: una descarga colectiva, anónima e inmediata de indignación que no delibera, no argumenta, no espera respuesta. El enjambre digital, escribió, ha sustituido por el ruido el respeto, esa distancia mínima entre las personas que hacía posible el debate. No hace falta ni un argumento para generarlo: basta con una foto sacada de contexto o una frase corta bien elegida. Al café de Habermas se iba a sentarse frente a alguien con nombre y cara; al enjambre de Han se entra para gritarle a un perfil, casi nunca a una persona.

Queda una última pregunta: qué gana quien se suma al griterío, no solo quien lo empieza. El pensador René Girard tiene una respuesta incómoda: las comunidades se cohesionan señalando y castigando juntas a una víctima común, y ese ritual de culpa compartida produce un placer social real, casi religioso, que no depende de si la víctima merece o no el castigo. Cuando esa plaza corea "hijo de puta", no solo lo aparta a él: se une a sí misma. El insulto compartido no es solo un arma contra el otro. Es el pegamento de quien lo lanza.

El resultado se puede medir. El barómetro del CIS de enero de este año reflejó que casi el ochenta y nueve por ciento de la ciudadanía española percibe mucha o bastante crispación política: casi nueve de cada diez personas viven ya la política como un ambiente, no como un debate. Y esto se repite, con variaciones locales, en cualquier democracia donde las redes hayan sustituido al café como espacio de discusión pública.

Lo verdaderamente grave no es que la gente se insulte, siempre lo ha hecho, sino que hacerlo se haya convertido en la forma más rentable de ejercer la política. El insulto no necesita estar justificado, ni ser coherente con lo dicho ayer: basta con que genere más reacción que cualquier propuesta. Mientras eso siga siendo verdad, ningún político tendrá incentivos para argumentar, y cada ciclo de crispación allanará el camino al siguiente, un poco más bajo que el anterior: es lo que la socióloga Diane Vaughan llamó "normalización de la desviación". Cada transgresión sin castigo no vuelve al punto de partida. Se convierte en el nuevo suelo desde el que empezar la próxima.

Habermas murió convencido de que la razón comunicativa, la idea de que dos personas pueden ponerse de acuerdo si intercambian argumentos de buena fe, seguía siendo posible, aunque los medios de masas la hubieran maltratado. Puede que tuviera razón en el diagnóstico y no en el pronóstico. Los cafés donde nació la opinión pública no han desaparecido: siguen abiertos, con wifi gratis, y la gente los sigue llenando con el móvil en la mano. Solo que ya no se sientan a discutir de tú a tú. Se sientan a mirar, cada uno por su lado, el enjambre, y a veces a lanzarle una piedra.

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