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Yolanda Izard retrata en El viaje de los niños sin nombre la pérdida de identidad que provoca la guerra de Ucrania
La escritora presenta en la Feria del Libro de Valladolid una novela inspirada en las imágenes de la invasión rusa
Hay historias que nacen de una idea y otras que surgen de una imagen imposible de borrar de la memoria. En el caso de Yolanda Izard, el germen de El viaje de los niños sin nombre estuvo en las escenas que dieron la vuelta al mundo durante los primeros días de la invasión rusa de Ucrania: niños con la mirada perdida tras las ventanillas de autobuses repletos, ancianos avanzando en sillas de ruedas por caminos embarrados y madres huyendo solas mientras los hombres eran llamados al frente.
De aquellas estampas surge la nueva novela de la escritora bejarana y vallisoletana de adopción, presentada este viernes en la 59ª Feria del Libro de Valladolid. Se trata de un relato marcado por la guerra, pero también por la compasión, la inocencia y la necesidad de conservar la humanidad en medio de la barbarie.
La trama arranca cuando una enfermera española rescata a varios niños y niñas tras un bombardeo en la Ucrania actual. Son seis menores de distintas edades que emprenden un largo viaje hacia la frontera para escapar del conflicto. Sin embargo, hay un elemento que da sentido al título de la obra: ninguno de ellos tiene nombre. Para protegerlos, la enfermera decide identificarlos únicamente con números, del uno al seis, hasta conseguir ponerlos a salvo.
"El derecho a tener nombre tiene mucho peso en la novela. Es la primera renuncia", explicó Izard durante la presentación. Según señaló, la protagonista entiende que no puede permitirse humanizarlos completamente hasta garantizar su supervivencia.
La autora vinculó esta decisión con los procesos de deshumanización impulsados por los regímenes totalitarios y recordó cómo en Auschwitz los prisioneros eran reducidos a números para borrar cualquier rastro de identidad. "Cuando dejamos de pensar y convertimos a las personas en clichés dejamos también de humanizarlas", reflexionó, evocando las ideas de la filósofa Hannah Arendt.
La luz frente a la devastación
Pese a abordar una realidad tan dura como la guerra, El viaje de los niños sin nombre no pretende quedarse únicamente en el horror. Izard explicó que buscó construir un contraste permanente entre la destrucción provocada por el conflicto y la luz que aún conservan quienes lo padecen.
Por ello, los personajes que acompañan a la enfermera y a los menores durante su recorrido aparecen como auténticos "seres de luz". "Quería mostrar lo que la guerra hace con ellos, pero también lo que podrían haber sido si no hubieran tenido que vivir algo así", afirmó.
Una historia dura sin caer en el sensacionalismo
Uno de los principales desafíos para la escritora fue encontrar el tono adecuado para narrar una historia tan dramática sin recurrir al sensacionalismo ni a la solemnidad excesiva.
"Quería un tono a veces poético, incluso aparentemente ligero, porque si lo hubiera llevado hacia lo grandilocuente habría resultado insoportable", reconoció.
La novela combina así episodios de gran crudeza con una mirada profundamente humana sobre la infancia, el miedo, la pérdida y la empatía. El viaje hacia la frontera se convierte también en una exploración emocional de personajes que han perdido casi todo. Algunos de ellos, incluso, narran desde más allá de la muerte en un relato que mezcla memoria, inocencia y emoción.
"Quiero que el lector no solo entienda lo que ocurre, sino que sienta que ha vivido con ellos durante un tiempo. Que se lleve el libro a la cabeza, pero también al corazón", confesó la autora.
La presentación de El viaje de los niños sin nombre se celebra este viernes, a las 20.00 horas, en el salón principal del Círculo de Recreo de Valladolid.
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