Ximena Blázquez y la gesta de los sombreros

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Ximena Blázquez y la gesta de los sombreros
El autor esSonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria
Sonsoles Sánchez-Reyes Peñamaria
Lectura estimada: 8 min.

En una tórrida jornada de estío de 1109, los batidores llegaron apuradamente hasta el alcaide de la fortaleza de Ávila, Fernán López Trillo, para trasladarle la apremiante noticia de que las tropas almorávides del caudillo Abdalla Alhazen, habiendo mudado su acantonamiento en Cuenca tras la pérdida del enclave, se hallaban actualmente estacionadas de manera transitoria en el Puerto de Menga, distante a poco más de cinco leguas de la localidad.

Apenas recibió inteligencia del hecho, López Trillo, reunido con los integrantes del Concejo, les expuso la oportunidad que esto suponía para poder atacar al adversario de improviso y doblegarlo definitivamente, lo que redundaría en una mayor seguridad para la urbe, siempre a expensas de sufrir las incursiones de un poderoso enemigo, apostado demasiado cerca, junto a una frontera que los cruzados no lograban desplazar más allá. Todos convinieron que era, indiscutiblemente, una ocasión propiciada por la Providencia, y acordaron valerse de ella partiendo de inmediato bien pertrechados hacia allí, para asestar un duro golpe a los infieles, del que les fuera ya imposible recuperarse.

Ávila acababa de atravesar por un doloroso episodio de peste que había reducido significativamente sus habitantes. Cada hombre superviviente contaba ahora ante un ejército tan temible, por lo que los miembros de la asamblea vecinal decidieron movilizar hasta el último de sus efectivos para la misión, y dejar intramuros, exclusivamente, a aquellos no aptos para participar en la confrontación bélica: mujeres, niños, enfermos y ancianos.

 

El alcaide del alcázar albergaba una ilimitada confianza en las capacidades de su esposa, Ximena Blázquez, por lo que dictaminó que, en su ausencia, ella ostentase el rango de gobernadora de la población, atando y desatando según le dictasen su juicio y su conciencia, y que él a su regreso estaría a lo que ella hubiere dispuesto. No solo era Ximena valiente y determinada; asimismo, era buena conocedora de las artes de gobierno y tenía consumadas dotes diplomáticas.

Hacía unas décadas, los primeros repobladores del núcleo urbano se habían alineado en dos grandes bandos-linaje, uno de origen asturleonés liderado por Ximén Blázquez, natural de Salas, Asturias, y el otro de ascendencia castellana, encabezado por Álvaro Álvarez, oriundo de Burgos. Cuando ambos grupos iniciaron un enfrentamiento con visos de cristalizarse como irreconciliable, las arduas tareas de mediación en aras de conseguir la avenencia de los dos sectores en liza las capitaneó el alcaide López Trillo, de raíces asturleonesas, ayudado estrechamente por su cónyuge, Ximena Blázquez, que pertenecía a una estirpe emblemática para los abulenses: era hermana de Ximén Blázquez, al ser nacidos ambos de Blasco Ximeno y Olalla Garcés, y por tanto tía del célebre Nalvillos Blázquez, que se conocería con el expresivo sobrenombre de "El Cid de Ávila".

Aunque los desvelos por acercar posturas no surtieron éxito ante lo enconado de las posiciones, la discreción y entendimiento mostrados en el proceso habían granjeado un sólido prestigio social a Ximena, por lo que la propuesta del regidor de que ella quedase en funciones del cargo fue bien acogida por la generalidad.

Y así fue cómo el abultado contingente armado de combatientes abulenses, tanto de procedencia astur como castellana, se echó a los caminos enfebrecido, en dirección al Puerto de Menga, sin suscitarles la menor preocupación dejar la ciudad desprotegida, al dar por sentado que sus rivales estaban congregados en un punto apartado y no podrían materialmente presentarse de sorpresa para asaltar el sitio.

 

Sin embargo, la realidad se revelaría bien distinta a sus simples esquemas mentales. Poco sospechaban los abulenses que sus contrincantes sagazmente les habían tendido una emboscada, pues todo consistía en una estratagema, hábilmente orquestada por sus oponentes, para hacerles creer que se encontraban fuera, moviéndoles así a salir en masa para abordarlos, mientras el emplazamiento permanecía desamparado, coyuntura que los islamitas aprovecharían para intentar conquistarlo sin dificultad.

En esta tesitura, amanecía el 2 de julio. Afortunadamente, en Ávila aún se ignoraba que, en la infausta jornada anterior, en Toledo el monarca de feliz memoria Alfonso VI, artífice de su repoblación, había cerrado los ojos a este mundo. De haber circulado ya la desoladora nueva, lo habrían tomado como un mal augurio y posiblemente habría afectado negativamente a su acopio de compostura para encarar la desgracia que iba a acaecerles inminentemente.

En esas primeras horas del día, en las que todavía no asfixiaba el calor, el oteador que acechaba en lo alto de la muralla vislumbró en el horizonte que unas huestes se estaban aproximando presurosamente a caballo, levantando una enorme polvareda en el yermo suelo, y por los estandartes que portaban dedujo les eran hostiles, al tratarse de musulmanes. Corrió todo lo que sus pies le permitieron para dar cuenta a Ximena Blázquez del peligro que se cernía sobre ellos. La gobernadora comprendió como un rayo el engaño del que habían sido objeto, y aunque aterrorizada en su fuero interno por la gravedad del escenario, hizo gala de una aparente calma exterior y un dominio pleno de la situación, y mandó se tocase a campana tañida, para alertar al vecindario de la excepcionalidad de las circunstancias a punto de sobrevenirles.

 

Se hizo custodia de las llaves de las puertas de la ciudad, tomó juramento de obediencia de su autoridad a los más fuertes, personalmente recorrió casa por casa, distribuyendo equitativamente los alimentos disponibles, por si se produjese un asedio largo, e hizo un recuento pormenorizado del número de personas presentes y su estado, a fin de evitar deserciones y poder asignar a cada uno la tarea que su condición le aconsejase desempeñar, sin reparar en cuál fuera su bando-linaje. A todos les explicó para consolarlos que solo era preciso resistir un exiguo tiempo, pues los mahometanos aún estaban lejos y había salido ya un raudo jinete mensajero hacia las poblaciones limítrofes, por lo que pronto arribarían los auxilios de Arévalo, Segovia y otros lugares aledaños, antes ciertamente de que los invasores lograsen expugnar la urbe. Y afianzó sus bríos dirigiendo la plegaria que todos juntos elevaron al Altísimo, para encomendarse a su protección, suplicándole les favoreciese por intercesión de los tres santos mártires.

Una vez en su residencia, llamó a sus tres hijas, Ximena, Sancha y Urraca, y a sus dos nueras, Gometiça y Sancha, y les detalló su plan. La indefensión de la que adolecía Ávila en ese momento era patente, pero pretendía burlar a los asaltantes valiéndose de idénticas estrategias de falseamiento. Las cinco jóvenes le expresaron su apoyo sin ambages, y su predisposición a seguir cada una de sus indicaciones sin flaquear. Cambiaron sus ropajes por unos de varón, y entre todas organizaron al resto de mujeres, comenzando por las servidoras de su círculo doméstico, que secundaron su proceder sin titubear.

Llegado el ocaso, Ximena no sintió sueño. Con máxima lucidez, mandó prender grandes hogueras por todas las calles, al modo de los ejércitos que cuentan con vigías de guardia, reforzó la consistencia y aguante de las puertas del baluarte apilando sacos de arena, y sembró de cepos y trampas los accesos de la ciudadela. A continuación, convocó a su presencia al valeroso adolescente Sancho, hijo de Sancho Sánchez Zurraquín, ordenándole cabalgase, junto a veinte escuderos tan jóvenes como él, hasta los reales de Abdalla Alhazen, prevaliéndose de la ventaja que proporcionaba el que los invasores estarían dormidos, y que en esa escaramuza causase la baja de algún centinela, con el objetivo de dar a los islamitas una impresión ficticia de su fuerza y poderío. El noble Sancho cumplió con su misión escrupulosamente, regresando a Ávila sin que ninguno de los expedicionarios lamentase daños. La correría turbó sobremanera el ánimo del caudillo musulmán, que no había contado con encontrar resistencia alguna en los habitantes de la ciudad murada.

Asimismo, Ximena Blázquez comisionó a Alfonso Montanero, tocador de trompa, a que con sus ocho compañeros hiciesen sonar sus instrumentos vigorosamente a las afueras del caserío, enviando a cuatro de ellos a un promontorio ubicado en poniente, más allá del río Adaja, para que desde allí retumbasen sus artefactos y causasen inquietud en los contrarios, induciéndoles a deducir que los cruzados contaban con una guarnición de caballería.

Al alba del nuevo día, Ximena, con la colaboración de las cinco doncellas lugartenientes de su familia, emplazó a los habitantes en los lugares más visibles y prominentes de la cúspide de la muralla, ocupando ella misma el puesto más destacado y expuesto, en la cima del arco de San Vicente. A las mujeres, ya con indumentaria masculina, les proveyó de las pocas cotas de mallas, escudos y armas que les habían quedado tras la marcha de los hombres, y les instruyó para que ocultasen sus luengos cabellos femeninos bajo sombreros. Otros avileses, de corta o provecta edad, o bien debilitados por la enfermedad, eran dotados de cascos o yelmos de guerrero, y disfrazados de esa guisa blandían antorchas o teas encendidas, hacían resonar cuernos de guerra y trompetas, y gritaban con toda la potencia de la que disponían sus pulmones y gargantas.

Los almorávides, al ver que se enfrentaban a lo que parecía una urbe fuertemente salvaguardada, infirieron que habían subestimado sus defensas, y desistiendo de su propósito, se retiraron desmoralizados, para alivio y alborozo de los habitantes de Ávila, que vitorearon a la regidora que había logrado ahuyentarlos con su astucia y valor, evitando el derramamiento de sangre.

En esos mismos momentos, para su perplejidad, la milicia concejil abulense alcanzaba el Puerto de Menga sin descubrir el menor rastro de un destacamento militar, y comprendía dolorosamente que había sido objeto de una aviesa artimaña, concebida para alejarla de su tierra. Con el corazón encogido por la suerte que hubieran podido correr sus seres más queridos, abandonados en su vulnerabilidad, velozmente emprendían el camino de retorno a su hogar, con la peor de las premoniciones sobrevolándoles el alma. Y poco después, hacían su agitada entrada franqueando el bastión, siendo coincidente su llegada con la de los refuerzos cristianos venidos de villas limítrofes.

Todos se maravillaron de hallar la población tranquila e intacta, y a Ximena Blázquez dueña de ella, tras haber lidiado con la desesperada situación con total clarividencia, firmeza y serenidad. Los caballeros comentaban admirados entre ellos, en voz baja, que Ávila había sido ancestralmente cuna de damas aguerridas e intrépidas, y que tal era la osadía que Dios había sembrado en las entrañas de Ximena, que esa fémina no parecía fuera hembra, sino más bien recio varón.

Informado puntualmente de lo ocurrido, Fernán López Trillo se sintió profundamente orgulloso del coraje manifestado por su esposa, hijas y nueras al orquestar y ejecutar ese ardid, y celebrando sesión extraordinaria con los componentes del Concejo, concertaron unánimemente que, en lo sucesivo, como reconocimiento a su heroica e ingeniosa proeza, Ximena y sus descendientes ostentarían por derecho propio un asiento con voz y voto en el órgano colegiado, en el que hasta ese momento jamás se había sentado una mujer.

 

Los abulenses realizaron un devoto acto general de acción de gracias al Señor, en el que presentaron ofrendas en el altar. El ejemplo de la acción de Ximena Blázquez les hizo reflexionar sobre la importancia de la unidad para su propia supervivencia y limó las asperezas entre ambos bandos ciudadanos.

La notoriedad de la hazaña de la gobernadora corrió como la pólvora, de boca en boca, por todos los rincones de Castilla. Y, en los siglos venideros, la posteridad guardó perpetua memoria del encomiable suceso, al que vino a denominar "la gesta de los sombreros", erigiendo casi mil años después un monumento de la heroína en el centro de la localidad que supo defender con maestría y arrojo, y eligiendo este episodio además para representar los valores históricos abulenses en el mural de azulejos que ilustra el banco dedicado a Ávila en la Plaza de España de Sevilla, desde su inauguración en 1929.

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