La necesidad de seguir mirando
Los tres artículos publicados en este mismo blog en TRIBUNA durante las últimas semanas han descrito, desde distintos ángulos, el mismo proceso: el insulto como estrategia, la judicialización como arma y la justicia capturada como consecuencia. Lo que los tres tienen en común no es solo el diagnóstico político. Es la pregunta que dejan abierta: ¿cómo se sostiene la capacidad de pensar en un entorno diseñado para destruirla? Montaigne ofrece una respuesta.
Erich Auerbach, filólogo y crítico literario alemán exiliado durante el nazismo, escribió en 'La cicatriz de Ulises' por qué Montaigne sigue siendo necesario. Michel de Montaigne, escritor y filósofo francés del siglo XVI, considerado el inventor del ensayo moderno, fue para Auerbach el primer autor que abordó las grandes cuestiones desde una mentalidad laica: el primero que, alejado de dogmas y certezas religiosas, observó la condición humana desde sí mismo y no desde un sistema previo.
No escribe tratados morales, sino observaciones concretas. Su caso, no el caso. Lo que sabe, no lo que debería saberse. Esa humildad -yo no sé lo que es el hombre en general; solo sé lo que soy yo en este momento- constituye una de las posiciones intelectuales más subversivas en un tiempo de certezas exhibidas. Porque exige mirar sin un sistema previo y sostener la incomodidad de no tener una respuesta definitiva.

Vivimos en el tiempo opuesto. El tiempo de los marcos que preceden a la observación, de los lenguajes que ya no describen la realidad, sino que la sustituyen. El insulto no es una opinión: es la negación misma de la opinión, la destrucción del espacio donde esa opinión podría formarse. La judicialización no es un argumento: es la sustitución del argumento por un mecanismo en el que ya no importa quién tiene razón, sino quién dispone de más recursos para sostenerlo. Y la justicia capturada no es justicia: es poder que ha aprendido a hablar en el idioma de la justicia sin serlo. Montaigne habría reconocido en todo ello algo familiar: la rigidez doctrinal de su tiempo también tenía respuestas para todo antes de haber formulado ninguna pregunta.
Frente a esa lógica, Montaigne no levantó otro sistema, sino una forma de atención. La capacidad de ver lo que hay, de nombrarlo con las palabras que le corresponden y de sostener la incomodidad de no saber qué hacer con ello. Sus "Ensayos" están llenos de momentos en los que contempla algo perturbador y, en lugar de resolverlo, lo deja ahí, en el texto, para que el lector cuente con ellos. Esa disposición -mirar sin huir, nombrar sin clausurar- es precisamente lo primero que destruye la degradación del debate público. Antes incluso de erosionar las instituciones, el insulto y la judicialización deterioran la capacidad de percibir: contaminan el espacio perceptivo con tanto ruido que ya no puede distinguirse lo que se ve de lo que se teme ver.
Eso es lo primero que destruyen. No las instituciones. La mirada.

Hay una frase de Montaigne que ilumina con precisión lo que estamos viviendo: "Cada hombre lleva la forma entera de la condición humana". No es solo una afirmación sobre la dignidad humana, aunque también lo sea. Es una advertencia epistemológica: lo que ocurre en una persona, en una institución o en un momento histórico concreto contiene, en miniatura, todo lo que puede llegar a ocurrir. La degradación del lenguaje político que observamos no es una anomalía local ni un exceso coyuntural: reproduce un patrón histórico que ya hemos visto antes y cuyo desenlace conocemos. Montaigne lo habría reconocido. Lo habría nombrado. Y habría añadido, con esa ironía suya que nunca es cruel, sino simplemente lúcida, que lo sorprendente no es que ocurra, sino que sigamos sorprendiéndonos.
La pregunta que los tres artículos anteriores dejan abierta no es política, sino filosófica: ¿cómo sostener la capacidad de juzgar en un entorno diseñado para erosionarla? Montaigne ofrece una respuesta que no es una solución cerrada, sino una actitud: volver siempre a la experiencia concreta, desconfiar de los sistemas que ya tienen todas las respuestas y negarse a que el ruido sustituya al pensamiento.
No porque eso vaya a cambiar el mundo de golpe, sino porque constituye la condición previa de cualquier cambio verdadero: sin ello no hay argumento posible, no hay resistencia articulada, no hay democracia que merezca ese nombre.
Montaigne no tenía soluciones. Tenía algo más valioso: la voluntad de seguir mirando. En un tiempo diseñado para destruir esa voluntad, conservarla no es un gesto intelectual. Es un acto de resistencia. Un acto que no requiere una valentía extraordinaria, sino algo más difícil: la decisión cotidiana de no acostumbrarse. De no normalizar el insulto. De no aceptar que la justicia capturada es simplemente así. De no rendirse ante la judicialización como si fuera un fenómeno natural. La democracia no muere de un golpe. Muere de la suma silenciosa de pequeñas rendiciones de ciudadanos que decidieron que resistir era demasiado costoso. Montaigne resistió desde la escritura. Nosotros tenemos que decidir desde dónde resistimos.
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