Sonia Moraleja, presidenta de la Asociación Cultural Atalaya Rock, repasa dos décadas organizando un festival gratuito y sin ánimo de lucro que ha convertido un pequeño pueblo vallisoletano en una cita imprescindible para los amantes del rock y del heavy metal
Cavalleria Rusticana/Pagliacci
Nueva entrega de la sección 'Palabras contra el olvido', como cada lunes, en TRIBUNA
Las óperas Cavalleria Rusticana y Pagliacci han formado esta noche en el Teatro Calderón un matrimonio de conveniencia que no convence ni a los familiares más allegados y me parece a mí que a los contrayentes tampoco. Aquí, el escenario parece de juguete y los besos son de mentira.
Posiblemente lo único que salva la función, se entra a las siete de la tarde, la primera parte dura 75 minutos que se me hicieron eternos, soporíferos y aburridos hasta decir basta. Descanso de 25 minutos y después Pagliacci, otros 85 minutos fue gracias al maravilloso sonido de la Orquesta Sinfónica de Castila y León (OSCyL) al Coro Calderón Lírico y al Coro de Voces Blancas.
Y vamos a dejar el argumento aparte y el ritmo narrativo que no tenía 'ni chicha, ni limoná' Por no hablar de las caracterizaciones, madre mía y el vestuario, pobre hasta decir basta. De las voces destacaría por encima de todas la de Mónica Conesa (Santuzza) en Cavalleria Rusticana y la voz del joven barítono barcelonés Jan Antem (Silvio) en Pagliacci que me sorprendió gratamente.
Los personajes masculinos parecían sacados de una novela de Muñoz Seca. Con interpretaciones planas, planísimas, derramaban sosería para regalar, ya de glamour y esas cosas mejor no hablar. Que en Valladolid hay público para la ópera, nadie lo duda, pero que solo haya un par de funciones al año como mucho y que tengamos que ver esto, hay que hacérselo mirar, como se dice ahora.
O se trae ópera de calidad o mejor no traer nada para no hacer el ridículo. Lo que interesa de un espectáculo, o de las óperas que estamos hablando es que, durante un rato, uno no pide más, la vida se revele y que se pueda disfrutar de momentos irrepetibles. Por eso, si se programa una ópera que valga la pena y que se tenga la certeza de que aquello que suceda en las tablas lleve el marchamo de la verdad y de la belleza.
Pero hubo un momento sublime e inspirador al final de la noche con Pagliacci cuando se apagaron las voces y la Orquesta Sinfónica de Castilla y León nos deleitó con un sonido delicuescente, resultando una experiencia catártica para los buenos aficionados a la música.
El mercado dicta los gustos y las preferencias del público. Pero hay que formar a públicos críticos que se permitan cuestionar los que están viendo. El ejercicio crítico problemiza lo que el mercado simplifica. En un mundo en el que el arte está tan cotizado como mercancía el ejercicio de la crítica desempeña un papel importante en todo este tinglado. Pero me parece que el canon modernista de la crítica hace tiempo que se tiró a la papelera.
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