Crónica de una fiesta que transformó la derrota de 1521 en el símbolo de la libertad y la autonomía de Castilla y León
Villalar de los Comuneros: el latido de un pueblo que se niega a olvidar
Crónica de una fiesta que transformó la derrota de 1521 en el símbolo de la libertad y la autonomía de Castilla y León
El viento que recorre la campa de Villalar de los Comuneros no solo arrastra el polvo de la meseta; transporta el eco de una memoria que se ha negado a morir durante cinco siglos y que, en los últimos cincuenta años, ha florecido como el símbolo más potente de una identidad compartida. En este rincón de la provincia de Valladolid, donde el 23 de abril de 1521 las lanzas del Imperio quebraron el sueño de las Comunidades de Castilla, hoy se celebra la vida, la autonomía y una libertad conquistada paso a paso sobre el barro de la historia.
El despertar en la penumbra: 1976 y la "segunda derrota"
Todo comenzó con un gesto de desafío en los estertores del franquismo. El 25 de abril de 1976, apenas cinco meses después de la muerte del dictador, unas 400 personas -convocadas por el incipiente Instituto Regional Castellano-Leonés- se aventuraron por carreteras secundarias y caminos de tierra para burlar los controles policiales. Aquellos pioneros, entre los que se contaban intelectuales, profesores y sindicalistas, buscaban en el pasado comunero la savia para alimentar las nuevas demandas de libertad, amnistía y estatuto de autonomía.
La concentración no estaba autorizada. Cuando los asistentes intentaron colgar una bandera morada en un árbol, la Guardia Civil disolvió el acto con una dureza que algunos testigos calificaron de "sablazos". Aquella tarde, mientras el festival folclórico quedaba mudo, se empezó a hablar de la "segunda derrota de Villalar", un trauma que, paradójicamente, se convirtió en el germen de un movimiento regionalista imparable.

Celebración de Villalar en 1978. Archivo Municipal de Valladolid
La explosión de la campa: entre el mito y la esperanza
Si 1976 fue el despertar, 1977 y 1978 fueron el estallido. La fiesta, ya legalizada, atrajo a 20.000 personas en su primer año de libertad. Fue entonces cuando el poema de Luis López Álvarez, musicalizado por el Nuevo Mester de Juglaría, se convirtió en la banda sonora de la Transición en Castilla y León. El 'Canto de Esperanza' resonó bajo la Casa Consistorial, y por primera vez, el grito de 'Castilla y León entera se siente comunera' dejó de ser un anhelo para convertirse en un hecho social.
El cénit de esta participación popular llegó en 1979, cuando una marea humana de cerca de 200.000 personas inundó la campa. Eran años de una intensidad política febril, donde la reivindicación de la autonomía se mezclaba con el deseo de transformar una sociedad que salía de décadas de silencio. Los comuneros -Padilla, Bravo y Maldonado- dejaron de ser figuras de los libros de texto para ser reinterpretados como precursores de la lucha contra el absolutismo y el centralismo, convirtiéndose en emblemas del poder popular y el bien común.
La institucionalización y el exilio itinerante
La década de los 80 trajo consigo la normalidad democrática y, con ella, la institucionalización de la fiesta. En 1983, con la aprobación del Estatuto de Autonomía, el 23 de abril quedó fijado como el Día de la Comunidad. Bajo el mandato de Demetrio Madrid, el primer presidente autonómico, Villalar vivió su primer gran reconocimiento oficial en 1986, con la presencia de artistas como Loquillo y Amancio Prada.
Sin embargo, el camino no estuvo exento de espinas. La campa se convirtió a menudo en un termómetro de las tensiones políticas. El 23 de abril de 1987, una tragedia marcó un punto de inflexión: el apuñalamiento mortal de un joven de 16 años durante una reyerta nocturna. Este suceso, sumado a un clima de creciente confrontación política, llevó al entonces presidente autonómico José María Aznar a retirar el apoyo institucional a la concentración de Villalar, convirtiendo la Fiesta de Castilla y León en un evento itinerante por las distintas capitales de provincia. Durante más de una década, la campa quedó asociada casi exclusivamente a la oposición política, produciéndose un evidente divorcio entre el Gobierno regional y la celebración popular.

Celebración de Villalar en 1978. Archivo Municipal de Valladolid
El retorno y la consolidación de una identidad
El nuevo milenio trajo la reconciliación. En el año 2002, el presidente Juan Vicente Herrera decidió regresar a la campa, escenificando la unidad mediante la firma del 'Manifiesto de Villalar' por parte de todas las fuerzas políticas y sindicatos. Este gesto devolvió a la fiesta su carácter integrador, consolidándola como un espacio donde convivían lo lúdico, lo familiar y lo reivindicativo.
Villalar ha demostrado una capacidad de resistencia asombrosa, sobreviviendo a crisis económicas, intentos de desactivación política e incluso a una pandemia mundial que, en 2020 y 2021, obligó a trasladar los homenajes al mundo virtual. A pesar de los desafíos recientes, como el auge de discursos contrarios al modelo autonómico, la campa sigue atrayendo a decenas de miles de personas cada año. Como señala el historiador Enrique Berzal, la fiesta posee una "filosofía integradora" que no busca la superioridad, sino la igualdad y la dignidad de una tierra que se reconoce en su historia.
2026: medio siglo de memoria
Este jueves, 23 de abril de 2026, al cumplirse 50 años de aquellas primeras concentraciones, Villalar se presenta como un espejo de lo que Castilla y León es y desea ser. La edición de 2026 no es solo un aniversario; es una reafirmación. Bajo la mirada de una nueva escultura de bronce titulada 'Lazo comunero', obra de Jesús Hilera, miles de ciudadanos volverán a pisar la campa para celebrar que la memoria es el arma más poderosa contra el olvido.
La música seguirá siendo el hilo que une las generaciones. El Nuevo Mester de Juglaría, que también cumple 50 años de la grabación de su disco 'Los Comuneros', volverá a entonar esos versos que ya son patrimonio del alma castellana y leonesa. Junto a ellos, nuevas voces como las de Dulzaro o el Naán Trío demostrarán que la tradición es un ente vivo que se nutre de la modernidad.

Celebración de Villalar en 2025. Foto: Sergio Borja
Significación política y social: un modelo de convivencia
La importancia de Villalar trasciende el simple evento festivo. Es un espacio de encuentro único en España, un termómetro político donde se miden las inquietudes de la sociedad civil y donde los partidos y sindicatos instalan sus carpas para el debate y la protesta. Es, en palabras de sus protagonistas, un ejercicio de dignidad y conciencia de lo que fuimos y de lo que queremos seguir siendo.
El éxito de estos cincuenta años radica en su pluralidad. En la campa conviven el militante político que lanza proclamas ante el monolito, el joven que busca los ritmos del rock o el folk, y la familia que simplemente acude a compartir una tortilla y un rato de comunidad bajo el sol de abril. Villalar ha logrado transformar un episodio de derrota militar en una victoria moral y social: la de una comunidad que, lejos de romperse, utiliza su historia para construir un futuro de unión y respeto.
Al mirar hacia atrás, desde aquel grupo de 400 valientes disueltos por la Guardia Civil en 1976 hasta las multitudes normalizadas de hoy, se percibe un viaje de madurez democrática. Villalar de los Comuneros no es solo un pueblo de Valladolid; es el corazón palpitante de una autonomía que ha encontrado en sus raíces la fuerza para proyectarse hacia el mañana. Cincuenta años después, la campa sigue siendo el lugar donde, cada 23 de abril, Castilla y León se encuentra consigo misma para decir que sigue viva, que sigue siendo comunera y que su historia, como el viento de la meseta, no tiene intención de detenerse.
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