José María Nieto ha protagonizado el acto que ha reunido a autoridades, cofradías y fuerzas de seguridad
Nieto pregona la Semana Santa desde la autocrítica convencido de que "a la luz de la fe, todo tiene gracia"
El ilustrador y humorista gráfico ofrece un discurso que combina tradición, memoria personal y teología en una Catedral entregada
La Santa Iglesia Metropolitana Catedral de Valladolid, abarrotada minutos antes de las 20.30 horas, acogió este viernes el pregón de la Semana Santa pronunciado por el ilustrador y humorista gráfico José María Nieto, quien utilizó la autocrítica para desgranar la pasión con ironía, reflexión religiosa, y memoria personal cuyo objetivo fue, desde el primer momento, defender la devoción que, año tras año, envuelve la ciudad.
Acompañado por el magestuoso Ecce Homo de Gregorio Fernández, Nieto optó por un tono humilde y desenfadado, reconociéndose como un pregonero "poco apropiado" para la tarea. "Qué grande es la Catedral y qué pequeños parecemos los católicos", arrancó, antes de describirse como un aficionado "torpe" de la Semana Santa, "miope en la observancia, católico mezquino en la piedad y espléndido solo en el pecado". Esa autocrítica inicial protagonizó gran parte de su discurso, ya que -según reconoció- está mucho más acostumbrado a expresarse en apenas una frase que hacerlo con la mirada de un pregonero al uso.
Lejos de quedarse en lo anecdótico, Nieto estructuró su intervención sobre una idea central: la esencia de la Semana Santa no admite artificios. De hecho, planteó lo que denominó el "mínimo pregón posible", reducido a siete frases centradas en el núcleo del Credo y en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Recordó que parte de ese texto procede del Concilio de Nicea, subrayando que, sin ese fundamento, todo lo demás sería "palabrería insustancial" para que, de esta forma, el resto se colme "de sentido".

A partir de ahí, Nieto desarrolló un discurso marcado por su mirada cómica e irónica, reflexionando sobre la dificultad de encontrar humor en el relato de la Pasión, donde -señaló- las únicas burlas proceden de los verdugos. Es más, citó ejemplos concretos de esa ironía cruel en los Evangelios y en la imaginería vallisoletana, como el cartel colocado a Cristo por orden de Poncio Pilato o la escenificación del escarnio en distintos pasos procesionales. Frente a ello, defendió una idea que se convirtió en el eje del pregón: "A la luz de la fe, todo tiene gracia", jugando deliberadamente con el doble sentido del término.
El ilustrador profundizó, por otro lado, en el carácter paradójico del cristianismo, desde la entrada de Jesús en Jerusalén sobre una "humilde" borriquilla -para él, se celebra el Domingo de Ramos una "broma divina"- hasta la propia naturaleza de las procesiones vallisoletanas, donde conviven solemnidad, silencio y belleza. En este sentido, reivindicó el carácter popular de la Semana Santa, describiendo cómo las calles se convierten en templos, pero también en hogares efímeros donde se mezclan lo sagrado y lo cotidiano.
Nieto introdujo, además, una reflexión sobre el contexto contemporáneo, criticando la corrección política y la polarización social que, a su juicio, han reducido el espacio del humor y generan incomodidad en la "gracia" mayúscula y minúscula. También respondió a quienes califican la tradición de "inventada", defendiendo que toda cultura es una construcción viva que se nutre de su propio pasado, y reivindicando la continuidad histórica de la Semana Santa vallisoletana.
DEFORMACIÓN PROFESIONAL
Uno de los bloques más personales del pregón estuvo dedicado a su experiencia como dibujante de planos procesionales en periódicos como el ABC o el Diario de Valladolid - El Mundo. Desde ese recuerdo, evocó con detalle la complejidad de los recorridos, la estética de los mapas y la emoción de seguir determinadas procesiones, como la del Santo Entierro en zonas periféricas. Esa mirada le sirvió para lamentar la progresiva concentración de los itinerarios en el centro de la ciudad y la pérdida de presencia en otros barrios.
En paralelo, reivindicó con humor el denominado "cofrade de acera", del que dijo formar parte, y al que dotó de una "regla no escrita": no abandonar nunca el sitio elegido, ayudar a turistas, respetar el discurrir de las procesiones y compartir la experiencia con los demás. A través de esta figura, construyó una visión participativa y cotidiana de la Semana Santa, alejada de cualquier elitismo.

El pregón, con el paso de los minutos, alcanzó momentos de especial intensidad al detenerse en la imaginería vallisoletana, a la que definió como una de las más impresionantes por su capacidad de mostrar con minuciosidad la Pasión. Es más, puso como ejemplo detalles concretos -heridas, gestos, posturas- para subrayar el realismo de las tallas, y reflexionó sobre la escasa presencia de la Resurrección frente al peso del dolor, apoyándose en referencias literarias para cuestionar esa tendencia.
En este apartado, dedicó especial atención a la Virgen de las Angustias, que analizó con su mirada de ilustrador -deformación profesional-, deteniéndose en elementos como la posición del hombro o la expresión del rostro como claves de su propio estilo. De hecho, extendió esa reflexión a otros grandes imagineros, planteando incluso interpretaciones artísticas sobre sus influencias y decisiones creativas.
Para terminar, Nieto recuperó un tono más ligero, con imágenes que trasladaban el relato evangélico al contexto local. Así, imaginó a Cristo resucitado quedando con su madre en la Plaza Mayor y situó escenas bíblicas en espacios reconocibles como túneles o barrios de la ciudad, reforzando la idea de una fe encarnada en lo cotidiano. Por esa razón, instó a vivir la Semana Santa en plenitud, pasando por momentos tan cotidianos como la preparación de dulces tradicionales o las visitas a iglesias. Todo ello, insistió, desde la sobriedad y discreción propias de Valladolid, "sin descomponer el gesto", pero con la profundidad que exige una pasión como esta.
Nieto cerró, con una prolongada y merecida ovación, un pregón que, fiel al estilo de su autor, logró entrelazar teología, identidad local, memoria personal y una fina ironía. Un discurso que dejó como idea central que incluso en el dolor, en la tradición y en el misterio, también hay espacio -y sentido- para la gracia.
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