Diego Olivar: "Los pensamientos pueden convertirse en okupas que terminan viviendo en nuestra mente sin que nos demos cuenta"
El educador vallisoletano debuta como escritor con 'Pon freno a tus pensamientos', un libro sobre cómo reconocer y gestionar nuestra mente y lo que nos condicionan
El director del CEI Pedro Gómez Bosque, Diego Olivar, ha publicado 'Pon freno a tus pensamientos', su primer libro, en el que reflexiona sobre los llamados "okupas mentales": esos pensamientos que se instalan en nuestra mente y condicionan nuestra forma de interpretar la realidad. Con una trayectoria ligada a la educación y al impulso de la educación emocional en las aulas, Olivar defiende que aprender a pensar es una de las herramientas más importantes para aprender a vivir. En esta entrevista concedida a TRIBUNA, habla sobre el origen de esos pensamientos, cómo gestionarlos y el impacto que tienen factores como las redes sociales o las expectativas sociales en nuestro bienestar.
PREGUNTA: Para quien no le conozca, ¿quién es Diego Olivar? ¿A qué se dedica?
RESPUESTA: Actualmente soy el director del CEI Pedro Gómez Bosque. A lo largo de mi trayectoria profesional he tenido la oportunidad de trabajar prácticamente en todas las etapas educativas, desde infantil hasta bachillerato, lo que me ha permitido observar de cerca cómo evolucionan los alumnos no solo en el ámbito académico, sino también en el emocional. Desde hace algunos años estoy muy centrado en intentar integrar la educación emocional dentro de los centros educativos, porque considero que es una parte fundamental del aprendizaje. De hecho, en nuestro colegio hemos conseguido que la educación emocional forme parte del currículo, algo que para mí es clave, porque aprender a gestionar emociones y pensamientos debería ser tan importante como cualquier otra materia.
P: Acaba de publicar su primer libro y en él habla de los llamados "okupas mentales". Para quienes escuchan el concepto por primera vez, ¿qué significa exactamente y cómo podemos identificar que una idea aparentemente positiva se ha instalado en nuestra mente de forma dañina?
R: Yo utilizo el concepto de okupas mentales para referirme a esos pensamientos que aparecen en nuestra mente aparentemente de forma inocente, casi insignificante, pero que con el tiempo pueden acabar teniendo un peso enorme en nuestra forma de vivir. A veces empiezan como pequeñas dudas o preocupaciones, algo tan simple como pensar que quizá has dejado la puerta de casa abierta. Sin embargo, si ese mecanismo se repite constantemente, esos pensamientos pueden crecer hasta cuestionar aspectos mucho más profundos de nuestra vida, como quiénes somos o cuál es nuestro propósito. En el fondo, lo que intento transmitir es que aprender a pensar es una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar, porque la forma en que gestionamos nuestros pensamientos puede determinar si vivimos desde el sufrimiento o desde una mayor sensación de bienestar.
P: Dice que el problema no es lo que nos ocurre, sino la narrativa interna con la que lo interpretamos. ¿Cómo se empieza a "desahuciar" un pensamiento que llevamos años considerando una verdad absoluta?
R: El primer paso es entender que nosotros no somos nuestros pensamientos. En algunas tradiciones, como la budista, se habla de los pensamientos como un sexto sentido, igual que puedes oler un limón sin ser un limón, puedes tener pensamientos sin que esos pensamientos te definan.
Sin embargo, aunque no somos nuestros pensamientos, sí es cierto que lo que pensamos influye profundamente en cómo vivimos. A lo largo del día podemos tener entre 30.000 y 50.000 pensamientos, y muchos de ellos son negativos. Esos pensamientos funcionan un poco como un grano: si lo rascas constantemente, empeora.
Cuando aparece un pensamiento que no nos genera paz o que no es honesto con nosotros mismos, puede provocar sufrimiento si le damos demasiada atención. Por eso es importante reconocer que muchos de los pensamientos que tenemos están condicionados socialmente y no siempre reflejan la realidad.

P: Suele mencionar que la mayoría de los pensamientos que tenemos a lo largo del día tienden a ser negativos. ¿Por qué cree que nuestro cerebro funciona de esta manera?
R: Es una cuestión que tiene una explicación científica. Durante mucho tiempo nuestros antepasados necesitaban estar constantemente alerta para sobrevivir, pensar si un depredador podía atacarles, si la comida era segura, o si existía algún peligro alrededor.
Ese sistema de alerta todavía sigue presente en nuestro cerebro. Nuestro pensamiento racional no ha evolucionado lo suficiente como para filtrar automáticamente todos esos pensamientos. Sin embargo, aunque el origen pueda ser biológico, hoy tenemos la responsabilidad de decidir si hacemos caso o no a esos pensamientos. Cada día, en realidad, hay una única votación importante, la que hacemos nosotros mismos al decidir a qué pensamiento prestamos atención.
P: Afirma que frases como "querer es poder" o "encuentra tu propósito" pueden amargarnos la vida. ¿En qué momento un eslogan motivacional se convierte en una fuente de angustia?
R: En el libro hablo de siete ideas muy arraigadas socialmente que muchas veces asumimos sin cuestionarlas. Por ejemplo, desde pequeños nos dicen que "ser feliz es lo más importante", pero nadie nos explica realmente qué significa ser feliz o cómo se consigue.
Pasamos gran parte de nuestra vida intentando alcanzar algo que ni siquiera sabemos definir. Frases como "querer es poder" no siempre son ciertas, porque en la vida intervienen muchos factores que no dependen únicamente de nuestra voluntad. Cuando esas ideas se convierten en expectativas rígidas, pueden acabar generando frustración y sufrimiento.
P: Diferencia entre "estar feliz" y "ser feliz". ¿Por qué es tan peligroso para nuestra salud mental confundir un estado pasajero con un objetivo vital permanente?
R: Cuando hablamos de "estar feliz", hablamos de un estado emocional concreto que puede cambiar rápidamente. Podemos estar felices un rato y después sentir tristeza o preocupación.
En cambio, cuando hablamos de "ser feliz", hablamos de algo más profundo: aceptar que dentro de la vida existen muchas emociones diferentes. Uno puede sentirse triste o ansioso en determinados momentos y, aun así, tener la sensación de que su vida está bien en términos generales. El problema aparece cuando creemos que debemos estar felices todo el tiempo. En ese momento, cualquier emoción negativa se percibe como un fracaso personal.
P: ¿Cree que las redes sociales han convertido la felicidad en una "métrica de éxito" que nos obliga a fingir un bienestar que no sentimos?
R: Sí, creo que actualmente se tiende a medir a las personas a través de la imagen de felicidad que proyectan. En redes sociales suele mostrarse una versión muy idealizada de la vida.
A los niños les explicamos muchas veces que incluso las personas famosas, que parecen tenerlo todo, también pasan momentos difíciles. Es una forma de recordar que lo que vemos en redes no representa toda la realidad. Mostrar constantemente una imagen de alegría permanente puede generar una visión poco realista de las emociones humanas.

P: Como educador que trabaja diariamente con niños, ¿cómo aborda estos temas con ellos? Y, además, ¿qué opinión tiene sobre las restricciones de redes sociales para menores?
R: Nosotros hemos integrado la educación emocional como una asignatura dentro del currículo. En ella enseñamos a los alumnos a diferenciar entre las emociones, que muchas veces no podemos controlar, y los pensamientos que generamos a partir de esas emociones.
Por ejemplo, emociones como el enfado, la tristeza o la ira pueden aparecer de forma natural. Lo que sí podemos aprender es a gestionar los pensamientos que surgen después.
En cuanto a las redes sociales, personalmente estoy a favor de limitar su uso en menores. Incluso los adultos, que se supone que tenemos más herramientas, muchas veces no sabemos gestionarlas adecuadamente.
P: En el libro habla con crudeza de su propia crisis personal a pesar de tener una "vida lograda". ¿Fue esa sensación de fracaso, teniendo "todo lo que hay que tener", lo que le hizo sospechar que los mitos del bienestar estaban fallando?
R: Sí, completamente. Hubo un momento en el que todo el mundo pensaba que yo tenía una vida perfecta: acababa de nacer mi hija, tenía trabajo y estabilidad. Sin embargo, para mí era uno de los momentos más difíciles de mi vida.
En ese momento me di cuenta de que nadie nos enseña realmente a vivir. Había estudiado mucho, incluso saqué un 10 en las oposiciones, pero nadie me había enseñado qué es un pensamiento o cómo gestionarlo. El libro nace precisamente de ese proceso personal de búsqueda de herramientas que me ayudaran a recuperar mi mente.
P: Menciona que la presión por alcanzar un ideal de bienestar le generó una fractura. ¿Cómo se reconcilia uno con la idea de que está bien no estar bien?
R: Primero hay que cuestionar qué significa realmente "estar bien". En nuestro colegio incluso evitamos esa expresión cuando hablamos con los alumnos. Cuando alguien dice "estoy bien", solemos preguntar: "¿Cómo estás exactamente?, ¿qué emoción estás sintiendo?".
Aceptar que podemos sentir tristeza, enfado o ansiedad sin que eso signifique que nuestra vida va mal es una parte importante del proceso.
P: Su enfoque huye de las "recetas rápidas". En un mundo que busca soluciones en tres pasos, ¿cómo se convenve al lector de que el camino real es la reflexión filosófica y la gestión de la expectativa?
R: Me apoyo en muchas fuentes distintas: textos filosóficos, religiosos, libros de neurociencia... Curiosamente, aunque proceden de contextos muy diferentes, muchos coinciden en las mismas ideas fundamentales: la gratitud, la paciencia, el perdón o el amor hacia los demás.
El libro intenta traducir todos esos conceptos a herramientas prácticas que puedan aplicarse en la vida diaria.

P: ¿Qué significa en la práctica "bajar las expectativas infladas" sin caer en el conformismo o el pesimismo?
R: Las expectativas influyen mucho en cómo percibimos nuestra felicidad. Si nuestras expectativas están infladas por lo que vemos en redes sociales o por lo que la sociedad espera de nosotros, es fácil acabar frustrado. No se trata de renunciar a crecer o a mejorar, sino de construir expectativas más realistas y más alineadas con nuestra propia vida.
P: En el día a día con los estudiantes, ¿cómo aborda el impacto que tienen los 'influencers' en las aspiraciones de los jóvenes?
R: En clase trabajamos mucho la emoción de la envidia. A veces preguntamos a los alumnos si se cambiarían por algún 'influencer', y muchos dicen que sí. Pero cuando les preguntamos si creen que alguien se cambiaría por ellos, la mayoría responde que no. Eso demuestra que las expectativas que se están generando pueden provocar mucha frustración si no se gestionan adecuadamente.
P: Si tuviera que elegir una de esas siete ideas que nos amargan la vida, ¿cuál sería y por qué?
R: Probablemente la idea de que "ser feliz es lo más importante en la vida". Cuando convertimos la felicidad en una obligación constante, acabamos comparándonos continuamente y evaluando cada aspecto de nuestra vida.
Esa búsqueda obsesiva de la felicidad puede terminar generando justamente lo contrario: sufrimiento. Por eso creo que lo importante es aprender a gestionar los pensamientos y cuestionar muchas de las ideas que la sociedad nos ha transmitido sin que nos demos cuenta.
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