"A veces siento que no tengo escapatoria": el día a día de una trabajadora sexual en Valladolid

Una mujer que ejerce la prostitución habla en primera persona sobre la violencia, el abuso y la dependencia de drogas y alcohol que enfrenta a diario

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"A veces siento que no tengo escapatoria": el día a día de una trabajadora sexual en Valladolid
El autor esMiguel Ángel  Fernández
Miguel Ángel Fernández
Lectura estimada: 3 min.

Cada 8 de marzo, el mundo recuerda la lucha de las mujeres por sus derechos, su seguridad y su autonomía. Pero detrás de los discursos, los actos simbólicos y las pancartas, hay historias que raramente se escuchan. Historias de mujeres que ejercen la prostitución en España, muchas veces invisibilizadas, señaladas o criminalizadas, y que enfrentan diariamente abusos, explotación y aislamiento. Son vidas marcadas por la soledad, el miedo y la necesidad de sobrevivir en un entorno que rara vez ofrece comprensión o protección.

Este domingo se celebra el 8M, Día Internacional de la Mujer. En una calle poco iluminada del centro de Valladolid, una mujer se sienta en un banco, hablando a media voz. Su mirada es seria, cansada, pero firme. Tiene 32 años y ejerce la prostitución. Dice que lo hace voluntariamente, pero lo que revela sobre su rutina deja en evidencia la delgada línea entre elección y supervivencia.

"Hay días en los que no quiero levantarme, pero tengo que hacerlo. No por alguien más, sino porque necesito comer, pagar el alquiler, seguir existiendo", confiesa la protagonista de esta historia que prefiere permanecer en el anonimato, mientras se envuelve en su chaqueta y mira al suelo. Sus palabras se sienten pesadas, como si llevara meses cargando un peso que nadie más puede ver.

La joven cuenta que muchos clientes son violentos. Algunos la insultan, otros la presionan para hacer cosas que no quiere. "No siempre es golpe físico. A veces es psicológico. Te hacen sentir pequeña, te humillan... y nadie lo ve", dice, con un hilo de voz que transmite cansancio acumulado. Relata cómo hay momentos en los que siente miedo incluso antes de abrir la puerta: "Nunca sabes con quién te vas a encontrar. Algunos días me tiemblan las manos de anticipación y aun así tengo que mantener la calma, sonreír, fingir que todo está bien".

Para soportar la tensión, la trabajadora sexual recurre al alcohol y a las drogas. "Sé que no debería, pero a veces no hay otra salida. Una copa o una pastilla me permite llegar al final del turno sin derrumbarme. No quiero depender de esto, pero es la manera de seguir", explica mientras su voz se quiebra. Añade que no es algo de lo que se sienta orgullosa: "Me duele darme cuenta de que necesito sustancias para soportar la vida. Pero es la única manera de que mi mente y mi cuerpo aguanten".

Su vivienda es modesta, compartida, sin mucho espacio ni privacidad. "Cuando llego, me quito los tacones y me desplomo en la cama. Y aun así, los recuerdos del día me siguen. Escucho ruidos y siento que los momentos que viví siguen conmigo, como si no pudiera escapar", dice. Habla de la falta de intimidad, del hacinamiento y de cómo la vida dentro de esas paredes parece tan controlada como su jornada laboral. "Vives cada día con la sensación de estar atrapada. No hay espacio para ti, para pensar, para llorar tranquila. Todo es rendimiento, trabajo, supervivencia".

Para ella, el 8M tiene un significado ambiguo. "Es un día para recordar que somos mujeres, que tenemos derechos, pero muchas de nosotras vivimos al margen de esos derechos. No se trata solo de pancartas o discursos. Se trata de escuchar, proteger y ofrecer alternativas reales", dice con firmeza. Reflexiona sobre la necesidad de políticas públicas que protejan a quienes trabajan en el sector y la urgencia de crear redes de apoyo sin estigmas. "Se habla mucho de libertad, pero en la práctica muchas veces la libertad se traduce en vulnerabilidad, miedo y soledad. Ese es el otro lado del discurso que pocos quieren mostrar".

En declaraciones a Tribuna Valladolid, habla de alternativas laborales y protección frente a abusos, pero también de empatía. "No necesitamos que nos juzguen. Necesitamos que nos escuchen. Que se vea la complejidad de nuestra vida. No todo es blanco o negro. Yo elegí esto, sí, pero no significa que no sufra. La libertad también debería incluir la protección. Hay que reconocer que la autonomía sin seguridad es un privilegio que no todas podemos permitirnos".

Mientras se levanta para seguir su día, sonríe débilmente. Su voz, aunque cansada, transmite un mensaje claro: "No somos cifras ni historias de portada. Somos mujeres, con derechos, miedo y fuerza. Eso también debe contarse". Añade que contar su historia no es un acto de valentía, sino de necesidad: "Si mi experiencia puede abrir los ojos de alguien, aunque sea un poquito, entonces valdrá la pena. No quiero que se nos siga viendo como un número o un estigma. Queremos humanidad, respeto y opciones".

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