Relata, en una entrevista concedida a TRIBUNA, que recibió el pasado 22 de enero la noticia que, por fin, estaba curada. Ella es un ejemplo para cualquier paciente
La historia de la incombustible Esperanza, la vecina de Mayorga que ha superado cuatro tipos de cáncer
Relata, en una entrevista concedida a TRIBUNA, que recibió el pasado 22 de enero la noticia que, por fin, estaba curada. Ella es un ejemplo para cualquier paciente
Esperanza Prieto (Mayorga, 1955) habla del cáncer sin bajar la voz y sin dramatismos innecesarios. Quizá porque lo ha mirado de frente demasiadas veces. Cuatro, para ser exactos. Ah, y en 16 años, del 2010 al actual 2026. Cáncer de mama, de ovarios, de vejiga y, como derivación de este último, un carcinoma de alto grado. El pasado 22 de enero, por fin, le dijeron lo que llevaba tiempo esperando escuchar: estaba curada. La noticia llegó apenas dos días después de regresar de Santa Pola, su refugio emocional, ese lugar al que se iba incluso cuando los tratamientos no funcionaban. "La vida nadie la tiene comprada", resume en una entrevista que concede a TRIBUNA, con una serenidad que ha logrado interiorizar tras mirarse al espejo... cuando apenas tenía ganas de hacerlo.
La primera vez que oyó la palabra cáncer fue en enero de 2010, aunque ella ya lo intuía. "Me veía el bulto, lo tenía claro, pero me lo negaban", recuerda. Durante dos años pasó por mamografías y revisiones en las que le restaron importancia a lo que, para ella, era evidente. Hasta que decidió acudir a su médico de cabecera. El diagnóstico fue contundente: cáncer de mama en grado III. "Pensaba que me estaban dejando morir", confiesa. Le extirparon un pecho y comenzó un camino que no imaginaba que sería tan largo.
La primera persona a la que se lo dijo fue a su marido, que ya había superado un cáncer de vejiga tras una compleja reconstrucción intestinal: "Se lo tomó peor que yo. Se quedó bloqueado. Pensó: después de todo lo que he pasado yo, ahora le toca a mi mujer...". Él se curó, pero años después desarrolló una enfermedad autoinmune similar al lupus que no pudo superar. Esperanza, a los pocos meses de quedarse viuda, recibió un nuevo golpe: le diagnosticaron el mismo cáncer que había tenido su marido, el de vejiga. Se encontraba con otro batacazo, y este no era menor.

Aun así, ella ya había pasado también por un cáncer de ovarios, diagnosticado en el 2014, ya que el de vejiga llegó en el 2020 y, a raíz de este, apareció un carcinoma de alto grado, obligándola a convivir con dos procesos oncológicos a la vez hasta este mismo 2026. "No sabemos por qué. Si por las quimios, por el metal que introducían, por fumar... Lo desconocemos. Lo único cierto es que después de superar dos cánceres, seis años más tarde me diagnosticaron uno que provocó el otro", revela.
El tratamiento del cáncer de vejiga fue distinto a los anteriores. Una combinación de quimioterapia e inmunoterapia mediante instilaciones directas, sin efectos visibles como la caída del cabello. "No se nota por fuera, pero el proceso es igual de duro", explica. Aun así, decidió seguir sola, y no porque nadie le ayudara, sino porque no quería que la viesen "como una persona débil e indefensa". Es más, hizo voluntariado mientras convivía con la enfermedad.
Esta última ha sido una constante también en su entorno familiar, sobre todo en los hombres. "Todos ellos han fallecido de cáncer. La única mujer que ha tenido cáncer soy yo he yo. Ser pionera en muchas cosas gusta, pero en esta no", bromea Esperanza con su eterna sonrisa. Aun así, los médicos le aseguraron que tenía una genética "muy buena". De hecho, tiene dos hijas, a las que recomendaron revisiones periódicas a partir de los 35 años. Nunca han tenido síntomas, pero no ha sido fácil para ellas asumir todo lo que les ha pasado. "Venían de la experiencia de su padre. Yo he ido a urgencias sola y he salido diciendo que tenía cáncer". A ellas siempre les repetía la misma frase: "Hay gente a la que le han dado tres ictus y cuatro infartos y están vivos. ¿Por qué vuestra madre no iba a poder?".

Tras quedarse viuda, enferma y sola en casa, Espeanza encontró un salvavidas inesperado durante la pandemia. Empezó a hacer mascarillas en Mayorga con material que procedía de Lugo. "En vez de aplaudir a las ocho, yo daba mascarillas a mis vecinos. El que quería, las cogía". Aquella decisión, reconoce, la dio "la vida". Con todo y con ello, ciabética y disciplinada, la mayorgana cuidó su alimentación e hizo todo el ejercicio que pudo: caminó, limpió el río con sus amigos de AMA El Pisuerga y asumió sus límites físicos. "No me planteé ir con Las Vallkirias, perdí fuerza en los brazos y ni lo intenté", añade.
Su vínculo con la Asociación Española Contra el Cáncer en Valladolid llegó de la mano del amor de su vida: "Nos ayudaron en todo. Mi marido acabó en silla de ruedas y yo no podía con él. Nos facilitaron una cama eléctrica, una silla para ducharle, una de paseo...". A ella le ofrecieron apoyo psicológico, pero lo rechazó. "Me veía fuerte", asegura alto y claro. Hoy es ella quien acompaña a otros pacientes en sus casas como voluntaria: "Me reconforta estar a su lado".
Eso sí, y a pesar de todo, no se olvida de Santa Pola, donde vive una de sus hijas. Se va de vacaciones un mes en verano, y otro en invierno. Se trata de una tradición que ha respetado, incluso, cuando le dijeron que el tratamiento no estaba funcionando: "Decidí irme igual. Cuando volví, empezó a hacerme efecto". De Santa Pola, de hecho, regresó la última vez el día 20 de enero y, dos días después, el 22, la dijeron que se había curado. "Santa Pola... algo tendrá que ver", dice entre risas.
Este 4 de febrero, Día Mundial Contra el Cáncer, Esperanza Prieto no celebra una victoria puntual. Celebra haber resistido. Y, sobre todo, seguir al lado de los pacientes porque después de superar cuatro tipos de cáncer sigue teniendo claro que el miedo solo te hace retroceder, y ella, a pesar de todo, lo único que busca es seguir hacia adelante, algo que, desde luego, se merece.

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