Cuero, frío y actitud: cuando la moda se sube a la moto

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Cuero, frío y actitud: cuando la moda se sube a la moto
Estilo motero.
El autor esMiguel Ángel Fernández.
Miguel Ángel Fernández.
Lectura estimada: 3 min.

Cada enero, Valladolid se convierte en una pasarela poco convencional. No hay focos ni front row, pero sí cuero gastado, botas curtidas, vaqueros con historia y miradas que dicen más que cualquier tendencia de temporada. Pingüinos acaba de celebrarse y Motauros asoma ya en el horizonte de Tordesillas, y entre ambos eventos queda claro que la estética motera no es una moda: es un lenguaje propio.

Porque el mundo de la moto viste para vivir, no para posar. Y eso, en tiempos de outfits efímeros y tendencias virales de 15 segundos, resulta casi revolucionario.

La chaqueta de cuero es al motorista lo que el trench al parisino o el blazer al ejecutivo. Pero aquí no hay concesiones. En Pingüinos se ven cazadoras negras marcadas por el paso del tiempo, otras con parches cosidos a mano, algunas heredadas y muchas reparadas. No buscan brillo, buscan resistencia. Marcas clásicas como Belstaff, Schott o Segura conviven con prendas sin firma, pero con kilómetros encima. Y eso, paradójicamente, es lo que las hace valiosas.

En Motauros ocurrirá lo mismo: cuero envejecido por el frío castellano, que gana carácter con cada invierno.

El vaquero sigue siendo el rey, pero no cualquiera. Denim grueso, muchas veces reforzado, con dobladillos que ya no se bajan porque así se ha llevado siempre. A los pies, botas de cuero, tipo engineer, militares o de inspiración workwear, que no entienden de temporadas. Dr. Martens, Red Wing, Sendra o modelos anónimos comprados hace veinte años conviven sin complejos.

Y luego están las capas: camisetas térmicas, sudaderas con logos de concentraciones pasadas, chalecos, forros polares asomando bajo la chaqueta. La estética motera es funcional, pero tiene algo que la moda lleva tiempo intentando recuperar: autenticidad.

El casco también comunica. Desde los integrales más técnicos hasta los jet de estética retro, muchos personalizados con pegatinas, calaveras, banderas o números que solo el dueño sabe explicar. El pañuelo al cuello, por estilo, por frío o por ambos, es otro clásico: negro, rojo, con estampados vintage o directamente improvisado.

Aquí no hay estilismo calculado, pero sí identidad. Cada detalle tiene sentido, aunque no se piense como 'look'.

No es casual que grandes firmas de moda lleven años mirando al universo motero. Saint Laurent, Balenciaga o Diesel han reinterpretado chaquetas biker, pantalones de cuero o botas robustas. Pero mientras en las pasarelas se juega a parecer motero, en Pingüinos o Motauros la estética nace de la necesidad y se queda por convicción.

Es la diferencia entre inspirarse y pertenecer.

Si Pingüinos es el gran escaparate urbano, Motauros es su versión más cruda y tribal. Menos ciudad, más fuego, más polvo, más negro. Allí la estética se vuelve aún más esencial: abrigo, resistencia y símbolos compartidos. Menos mirarse, más reconocerse.

La moda motera no busca aprobación. No sigue tendencias, las ignora. Se construye con el tiempo, con viajes, con frío, con caídas y con historias. Por eso resulta tan atractiva: porque es real.

Mientras Valladolid despide Pingüinos y Tordesillas se prepara para Motauros, la carretera vuelve a recordarnos que hay estilos que no se compran ni se copian. Se viven. Y eso, en moda, es lo más difícil y lo más valioso de conseguir.

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